Marcona, la revolución de las algas

Andrés Velarde. Fotos: Bruno Cámara y Mónica Suárez / PNUD Perú

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Hace un año exactamente visité por última vez la ensenada de San Fernando, en Marcona, un paraje inolvidable de la costa de Ica muy vinculado a los primeros años de la revista Viajeros y, efectivamente, retorné con la misma impresión que advierte la nota que les presento: los pescadores de Marcona han encontrado en la recolección de macroalgas una fuente nueva, y al parecer muy potente, de generar ingresos en estos tiempos de pesquerías colapsadas y tantas carencias sociales.

No dejé de comentárselo entonces al biólogo Pablo Merino, pajarero y defensor como nadie de la intangibilidad de la Reserva Nacional San Fernando, mientras recorríamos algunos de los rincones más notables del área natural protegida.

Anoté en mi cuaderno de campo lo siguiente: “Observo un cambio notorio en la actividad pesquera en la bahía, de la pesca en peñas y desfiladeros realizada por pescadores que solían desplazarse a pie, o en destartaladas motocicletas, se ha pasado a un tipo de actividad que me desconcierta, veo ahora camionetas 4 x 4 muy bien puestas en cada playa o sector de la ensenada. Efraín, el buzo local que nos acompaña, nos comentó que los hombres de mar de San Fernando ahora se dedican con esmero a la extracción de aracanto y sargazos”.

Lo dejé allí para regresar a Lima con muchas preocupaciones. Una de ellas, la principal, se relacionaba con la importancia que cumplen en la conformación de las cadenas tróficas del mar peruano, las llamadas magroalgas (sargazos, aracantos y cochayuyos; huiros para los antiguos peruanos), esas interminables praderas submarinas que alimentan y dan vivienda a peces y tantos otros seres vivos. Que se destruyan estos ecosistemas debido a la extracción desmedida del recurso sería catastrófico para todos. De verdad, no es solo un juego de palabras.

Me alegra por tanto comprobar que mis especulaciones tenían más de exageración que de realidad. Al menos eso es lo que se desprende de la revisión de este alentador artículo que da cuenta del trabajo que vienen realizando pescadores, autoridades y técnicos del Programa Piloto Demostrativo de Recuperación de Ecosistemas Acuáticos y Usos Sostenibles de su Biodiversidad que se viene ejecutando en el pujante distrito de Marcona gracias al apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

La maricultura, si es que se desarrolla dentro una lógica de sostenibildiad y gestión concertada de los recursos, es una actividad que tenemos que impulsar. Somos tantos y la presión sobre los recursos que nos quedan es de tal naturaleza que no es posible concebir el futuro del mar de todos sin el adecuado ordenamiento pesquero y ciudadanía ambiental.

Voy a volver sobre este tema, me interesa explorar con más detalle asunto tan importante como éste de las pesquerías marinas. Buen fin de semana.

Desde hace casi una década, la comunidad pesquera de Marcona encontró que el mar varaba oportunidades en forma de algas. El sargazo, un recurso que antes era considerado como una plaga, fue convertido en una fuente de sustento y una nueva forma de trabajar y progresar. Ahora, cooperativamente, los pescadores de Marcona se han convertido en guardianes de la biodiversidad y agentes de cambio para su comunidad.

Su costa tiene un atributo peculiar: es la principal zona de afloramiento en el mundo. Movimientos ascendentes de masas de agua fría traen consigo gran cantidad de nutrientes desde el fondo marino hacia la superficie. Gracias a esto, la producción biológica es muy rica y variada, pero también bastante frágil.

Este distrito ecológico tiene dos áreas naturales protegidas (la Reserva Nacional San Fernando y Punta San Juan) y un área de comanejo, o PPD, que es su proyecto bandera. El PPD es el Programa Piloto Demostrativo de Recuperación de Ecosistemas Acuáticos y Usos Sostenibles de su Biodiversidad. Se estableció gracias al apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el marco de la segunda fase del proyecto Humboldt, que tiene como uno de sus objetivos crear oportunidades productivas con personas organizadas e integradas.

Manuel Milla, pescador artesanal de Marcona y presidente de COPMAR.

Manuel Milla, pescador artesanal de Marcona y presidente de COPMAR.

Reserva de San Fernando, una de las dos áreas naturales protegidas del distrito.

Reserva Nacional San Fernando, una de las dos áreas naturales protegidas del distrito.

UNA COMUNIDAD ORGANIZADA

Allí viven cerca de 600 pescadores que aprovechan su abundante vida marina. Se han agrupado en 16 asociaciones, que a su vez integran dos gremios: el de pescadores embarcados, que trabajan extrayendo peces en sus botes; y los no embarcados, que viven de los recursos en la orilla. Todos ellos conforman la Comunidad Pesquera Artesanal de Marcona (Copmar). Consiste en designar un área a sendas asociaciones, que se hacen responsables de su cuidado y, a cambio, se benefician de la extracción sostenible de sus recursos.

“Aquí nosotros tenemos un encargo: preocuparnos por cuidar la biodiversidad asociada a los recursos de pesca artesanal”, dice Manuel Milla, presidente de Copmar.

Puerto de Marcona, en donde alrededor de 600 pescadores se han agrupado en 16 asociaciones para proteger los recursos del mar.

DE BASURA A TESORO

Los pescadores de esta parte del Perú han aprendido a aprovechar un recurso que antes era denostado. Se trata del sargazo, o Macrosystis pyrifera, una planta submarina, que al cumplir su ciclo de vida, se desprende del fondo y flota a la deriva hasta que llega a amontonarse en las costas.

Para los pescadores, estas algas eran consideradas basura, porque se pudrían en la orilla y se llenaban de mosquitos y alimañas. Sin embargo, todo cambió cuando se enteraron que existía un mercado ávido de este producto. Esto fue lo que los llevó a asociarse para recolectar el sargazo y venderlo a la industria.

El alga tiene un sinfín de aplicaciones. Algunos de sus componentes son insumos en la producción de alimentos elaborados; como helados, alimentos para bebés, etc. En la industria farmacéutica se utiliza para el tratamiento de la obesidad y se estudian algunas propiedades que podrían servir para tratar la diabetes. Además, su alto contenido de azúcares puede ser aprovechado en la elaboración de biocombustibles como el etanol.

“A base de las algas, tenemos un sustento, y esto me ha permitido educar a mis hijos. El mayor acaba de graduarse en ingeniería mecánica y el segundo está estudiando Derecho”. Antonia Paz Aguilar, pescadora no embarcada de la Asociación “Arca de Noé”.

Aquí el desarrollo y las oportunidades no distinguen género. Antonia no es la única mujer. En su asociación son otras diez mujeres que comparten los mismos derechos y responsabilidades que los hombres.

 

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“Todos trabajamos en armonía. Acá no existe discriminación”, dice Antonia Apaza, pescadora no embarcada de la Asociación Arca de Noé.

UN CÍRCULO VIRTUOSO

Al norte de Marcona se encuentra el Área Natural Protegida San Fernando, una gran reserva que alberga poblaciones de lobos marinos, pingüinos de Humboldt y muchos tipos de aves guaneras. Este santuario ecológico ha recuperado a la población de mamíferos y aves. Gracias al aprovechamiento del alga, la presión sobre la explotación del pescado es mucho menor.

Ahora, los pescadores ya no tienen como única fuente de ingreso la extracción de pescado. La colecta pasiva de algas se ha convertido en una fuente adicional. Esto ha generado una reducción en la presión del recurso pesquero. También ha significado mayor bienestar para las otras especies que también prosperan.

“Antes los pescadores salíamos en los botes y utilizábamos las redes de cortina. Eso nos hacía pelear con los lobos, porque rompían las redes para llevarse nuestro pescado. Ahora somos amigos de los lobos y de las aves. No afectamos nada. Todo gracias a la colecta pasiva”, relata Felipe Cahuana Sea, presidente de la asociación de pescadores embarcados Apromar.

Lobo de mar en la Reserva San Fernando.
Recolectores de algas trabajando en la playa "Carro Caído", San Juan de Marcona.

Recolectores de algas trabajando en la playa “Carro Caído”, San Juan de Marcona.

Ahora, los miembros de la comunidad pesquera sueñan con construir un complejo pesquero que les permita acopiar y procesar el alga, tener astilleros para reparar sus embarcaciones y una planta que les permita procesar los mariscos que recogen de las playas.

La experiencia de Marcona es una prueba de que el mar puede brindar al hombre sustento y desarrollo, si se le cuida y trata con responsabilidad.

12/11/2017