Mi primer viaje a Machupiqchu / Alfonsina Barrionuevo

El día en que viajé por primera vez a Machupiqchu  me tocó beber el sol  de madrugada, tal como hacían los sacerdotes inkas en la Plaza Mayor de Qosqo. Al respirar pude ver mi aliento congelándose en el aire mientras el frío traspasaba mis huesos penetrando hasta los tuétanos.

El tren iba a salir  a las siete en punto, pero antes solía hacer  sus  ejercicios de rutina moviéndose ruidosamente en el patio de la antigua Estación de San Pedro. Admiré las  nubes de vapor  que envolvían sus ruedas. Densas a tal punto que parecía que lo iban a levantar en peso.

Cuando nos instalamos salió rápidamente, resoplando con fatigas de altura, y comenzó a trepar el cerro de Piqchu en zigzag, anunciando en cada esquina su salida con un largo pitazo de advertencia, como las teteras de las bodegas de la Cuesta de San Blas, cuando avisaban que el agua estaba hirviendo para servir el té piteado. Es decir un té “bautizado “con un chorrito de pisco puro para calentar a los parroquianos.

Por esos pitazos los cusqueños llamaban al tren, “la teterita de Latorre”, el apellido de un señor que fue contratista de la construcción de la vía férrea de trocha angosta allá por 1926. Una vía doméstica de segunda para un destino de primera.

Mis entusiasmos desbordaban las expectativas. Visitar el santuario era un sueño que iba a compartir con Manuel Chávez Ballón, arqueólogo y apasionado historiador del Qosqo inka.

En su recorrido el tren se detendría en Huarocondo, en plena panpa de Anta. Allí tomaríamos un café y podríamos comprar unos deliciosos tamales para la hora del hambre. En Machupiqchu había un pequeño albergue,  sólo para turistas.

En nuestro descenso por el Valle Sagrado, mientras los sembríos se filtraban en mis pupilas en procesión de colores luminosos, el doctor Chávez Ballón me fue contando como el joven Kusi Yupanki, hijo del Inka Wiraqocha,  organizó  la defensa de la ciudad sagrada cuando los feroces chankas se acercaban  para arrasarla.

 Al abandonarla su padre se llevó a los únicos defensores que podían haberse quedado. Kusi Yupanki tomó las banderas de guerra sin arredrarse, multiplicándose como si tuviera alas. Su arrojo y don de mando se pusieron a prueba al convocar a los pocos señores que vivían en la región.

“¡Qué hacen allí sentados, hermanitos!  ¡Vamos a pelear!”Le secundó Wilka Uma, el gran sacerdote, quien con suma sagacidad mandó vestir a unas enormes piedras, existentes en las alturas de Xaquiqawana,  con atavíos de guerra que hizo sacar de los tanpus o tambos donde se guardaban abastecimientos. Mantos, chu’kus o gorros a manera de casquetes reforzados, rodelas de maguey con malla de metal y piel, petos de cuero que se colocaban sobre los unkhus o túnicas y porras. Desde lejos parecía un ejército agazapado, amenazante, espectando las acciones, para levantarse prestamente en el momento preciso y combatir.  Tan reales, tan altivos, que al pasar por allí Kusi Yupanki y les gritó sonriente, pensando en refuerzos inesperados.

A su llamado los “guerreros de piedra” se pusieron de pie avanzando con una fuerza arrolladora, agitando las unanchas sobre sus cabezas y vociferando imprecaciones que hicieron vibrar de valor a las escasas huestes que tenía. Así pudo desarticular a los belicosos chankas que retrocedieron desbandándose ante el empuje de su gente. Al terminar Kusi Yupanki conoció la identidad mítica de sus refuerzos y los llamó purun aukas o pururaukas.  ¡Valerosos guerreros de piedra!

La visión del poderoso Willkamayu,  el río que nace de una lágrima solar, me emocionó. Faltaba poco para llegar a la ciudad inka. Instintivamente bajé la cabeza cuando entramos en un pequeño túnel y en mis labios se prendió una sonrisa.

No creí haber llegado cuando el tren se detuvo en un pequeño villorrio. Aquel era la estación final llamada Aguas Calientes porque tenía un afloramiento de aguas termales. Bajamos sin más en un andén polvoriento. Al frente unos chiquillos de pies descalzos miraron con curiosidad los viajeros que descendieron del tren. Este se quedó estacionado hasta media tarde, para devolvernos al Qosqo.

Nos acomodamos en un microbús que esperaba y nos fuimos cuesta arriba, zigzagueando por la ladera del cerro viejo. Hasta que llegamos a un espacio abierto, en medio de la vegetación, donde se recibía a los visitantes.  El administrador del hotel salió presuroso a la puerta y nos abrumó con sus atenciones, invitándonos a tomar un mate de coca.

A unos pasos, oculto por la vegetación, Machupiqchu aguardaba  con sus silencios,  desafiando al tiempo en la eternidad de la piedra. Entonces se  entraba por un pasadizo estrecho que al terminar mostraba su majestuoso  escenario.  Al fondo me estremeció  la magia del paisaje que ofrecen  los fértiles valles de Kollpani y la cadena de picos con el Kutija y el Phutukusi emergiendo de  frondas azules  como guardianes abuelos. Recuerdo haberme recreado escribiendo sobre las viejas parcelas de hierba en su airosa arquitectura, sus acrobáticos andenes, sus escalinatas hechas entre vértigos y precipicios.  Tenía que volver y lo hice por el camino inka haciendo ch’allas de flores y dejando k’intus de coca en los templos de paso.

1/7/2018