Organizar la calle

Mi opinión

Es evidente que el confinamiento decretado por el Ejecutivo no se está cumpliendo. Ha fracasado en ese bolsón citadino que engloba a los distritos más populosos y poblados de la capital. En esos confines metropolitanos donde la calle es una selva de cemento y de fieras salvaje como no, como en la vieja canción de Willie Colón y Héctor Lavoe, el incumplimiento de las tres condiciones básicas para enfrentar con éxito al maldito virus (distancia, mascarilla, lavado de manos) es la norma.

Hay que organizar el desorden, hay que ordenar la calle. Parece un galimatías, pero no lo es. Lurín, miércoles 3 de febrero, 7 am. Obligado por las circunstancias tomo un ómnibus de la Ruta 8510 San Bartolo-Lurín-San Miguel para llegar a tiempo a la sesión de terapia física que tengo programada en el Instituto Nacional de Rehabilitación “Dra. Adriana Revaza Flores” de la avenida Defensores del Morro, en las cercanías de los pantanos de Villa, Chorrillos, que felizmente no se ha interrumpido por el confinamiento impuesto por el gobierno nacional.

Conozco esa zona de Chorrillos a la perfección, ese ha sido mi barrio durante más de quince años, de manera que puedo afirmar que he visto  la transformación de esos extramuros citadinos en un polo de desarrollo social y económico de dimensiones colosales. Un cono más de esta Lima achorada y cuando se trata de cumplir normas y excepciones, absolutamente despiadada. Digo más todavía. Esa salida (o ingreso) a la Gran Lima y sus anexos -Conchán, José Gálvez, Pachacamac y Lurín- y también sus conexiones suburbanas que llegan hasta Manchay y Cieneguilla –o hasta Pucusana, ha devenido en las últimas décadas en una de las zonas de la ciudad más dinámicas de todas. Así que voy a hablar de la Lima popular, esa que habitan mayoritariamente los que vivimos en la informalidad, o para decirlo más elegantemente los freelances, los frilos, los que si no trabajamos hoy no comemos, es lo más probable, el día de mañana.

Y en este sector de la capital de la República las directivas que dio el presidente Sagasti para organizar el confinamiento social obligatorio no se cumplen. La calle -la Panamericana Sur, la avenida Huaylas, los paraderos por donde paso: los de Lurín y Pachacamac, sobre todo- ha sido tomada, invadida por el desorden. Miles de personas han salido a trabajar en modo salvensequienpueda así que el contingente infinito de autos particulares, taxis, colectivos, mototaxis, motolineales, combis, buses como el mío, camiones y hasta carretillas los están trasladando a las bodegas, ferreterías, farmacias, mercados, puestos de abastos, comercios de todo tipo, seguramente fábricas, talleres y oficinas, donde habrán de hacer, como siempre, como todos los días, lo que tienen que hacer por obligación, que no es otra cosa que trabajar o hacerse del cachuelito que les permita llevar algo de comer a casa.

Presumo que detrás de esta primera oleada de infractores, a media mañana o en la tarde, saldrán los chicos en uso de sus vacaciones escolares a jugar fulbito en la losa deportiva del barrio o en el parque, las seños que compran en la paradita del barrio o en el mercado, los jubilados y los que se quedaron sin chamba y por supuesto  se aburren a rabiar en casa, los sapos que alientan el desborde popular, los choros y casi todos los otros habitantes de la llamada Lima emprendedora.

Es evidente que el confinamiento decretado por el Ejecutivo no se está cumpliendo. Ha fracasado en ese bolsón citadino que engloba a los distritos más populosos y poblados de la capital. En esos confines metropolitanos donde la calle es una selva de cemento y de fieras salvaje como no, como en la vieja canción de Willie Colón y Héctor Lavoe, el incumplimiento de las tres condiciones básicas para enfrentar con éxito al maldito virus (distancia, mascarilla, lavado de manos) es la norma.

Propongo abordar la problemática de otra manera a partir de la siguiente premisa: si no se puede confinar a los ciudadanos, organicemos la calle utilizando los ingentes recursos humanos que se están gastando en incentivar el desacato. Lo digo porque en las calles guachimanes, serenos, fiscalizadores municipales y hasta policías son rebasados todos los días por una multitud que les falta el respeto a vista y paciencia de todo el mundo. Conclusión: el hago lo que me da la gana y no me pasa nada se ha convertido en la peligrosa lección que aprenden de sopetón las gavillas de infractores que se matan de la risa viendo como a la autoridad, cualquiera que esta sea, no se le respeta porque no sirve para mucho.

Propongo que todo ese personal, alineado detrás de directivas bien dadas y en el marco de una estrategia que devuelva a la gente a la  calle  que ha sido ocupada a lo bestia  sea colocado estratégicamente (para empezar) en cada uno de los lugares donde se producen las bataholas humanas y el incumplimiento con el propósito de organizar el vaivén de la gente. Punto. Ejemplo: micros, combis y demás vehículos de transporte público. En esas unidades de movilización colectiva el desorden es la ley. En cambio si en cada combi o bus hubiera un sereno, policía o voluntario civil (desarrollo la idea enseguida) exigiendo que los pasajeros usen la mascarilla y el protector facial, ocupándose además de poner un poco de orden, un poco nada más, ganamos una batalla colosal, la primera de las que hay que vencer para doblarle el brazo al desacato generalizado.

Y si cada uno de esos encargados de organizar el transporte público, paraderos informales incluidos, tuviera un termómetro digital que  abundan por todos partes podríamos disuadir a los faltosos para empezar a poner en jaque al virus. ¿Cuántos miles de “auxiliares” necesitaríamos para tamaña empresa? ¿Doscientos mil, trescientos mil? Presumo que si sumamos al personal municipal a los miembros de la PNP,  los soldados de las tres ramas de las FF AA que han vuelto a salir, suficiente.

Ojo: no propongo el manu militari como doctrina, no. Se trata simplemente de aceptar que seguimos siendo un país adolescente cuyos habitantes, heterónomos por naturaleza, necesitan de una ayuda externa para cumplir la norma. ¿Acaso no han visto lo bien que se portan los infractores de los que me estoy ocupando cuando entran a un centro comercial de los que abundan en Lima o van a un mercado bien acondicionado y vigilado? Allí son unos santitos. Claro: se sienten vigilados y lo están.

Viernes 5 de febrero, 11 de la mañana. He debido tomar un taxi para llevar los resultados de mi resonancia magnética a Miraflores. La famosa Curva de Chorrillos y la avenida Huaylas, arterias principalísimas del cono sur por donde me muevo esta vez en un Uber, hierven de paseantes, limeños y limeñas que continúan desafiando el confinamiento y a la razón.  En una esquina dos muchachos –tabla de bodyboard en mano- esperan muy campantes al bus que habrá de acercarlos a la Costa Verde. A su lado un par de señoras despachan los últimos sánguches de sus muy bien surtidas carretillas.

¿Recuerdan los Juegos Panamericanos Lima 2019 ? Para llevar a cabo con éxito ese evento inolvidable 33 mil limeños fueron capacitados con el propósito de apoyar a la organización -maravillosa palabra-  en lo que fuese necesario. De ese universo, 19 mil se batieron cada uno de los días que duró el evento en mil funciones, todas útiles, por cierto. Verlos celebrando el éxito de los juegos en el estadio Nacional durante  la clausura fue hermoso. A esa multitud solidaria y convencido del papel que les tocó jugar no se le había convocado por decreto supremo, sus miembros no se inscribieron coactados por una autoridad rígida y prepotente. Lo hicieron libremente como también lo han hecho los peruanos que se inscribieron para los experimentos de las vacunas contra el Covid-19 que se llevaron, y se llevan a cabo, en Lima. Ese es el enfoque que propongo: en lugar de la represión que no sirve utilizar la razón, el arte del convencimiento. La fórmula que sugiero es la que he utilizado con mis alumnos durante los treinta años que ejercí el oficio de maestro. Y por supuesto que da frutos: los maestros que la usan pueden dar fe de lo que digo.

No es un imposible, no hay que claudicar en la tarea de formar ciudadanos. Si logramos convocar a un contingente de vecinos dispuestos a poner un poco de orden en el absurdo callejero transformamos el caos actual en el estado que se necesita para enfrentarnos con mejores armas al Covid-19 y a lo que venga.  Eso es lo que vienen haciendo las mujeres de los barrios populares desde la década de los ochenta para derrotar el hambre y frenar el desamparo estatal en los comedores populares y en los comités del vaso de leche que crearon y siguen creando. También los ronderos que en Cajamarca vencieron al abigeato y convertidos en rondas campesinas, en la sierra central, se enfrentaron al PCP-SL para acabar con su vesania.

Me imagino a miles de voluntarios muy bien capacitados con polos y gorras vistosas, estoy soñando en voz alta, donados por la empresa privada organizando el runrún callejero: el vía crucis del transporte público y los paraderos, primero y luego la actividad en las losas deportivas, los centros comerciales, las playas, los parques, los parques zonales y el resto de la ciudad. Y dentro de ese grupo de voluntarios, también miles de maestros invitados a utilizar la infraestructura ociosa de colegios y universidades para convocar a la muchachada pata hacer deporte y otras actividades guardando, por supuesto, la distancia requerida para llegar por fin a la tantas veces mencionada nueva normalidad.

Paro aquí. Es necesario confiar que es posible cambiar las cosas que no andan bien. El empresario Carlos Neuhaus que ha estado metido en el tema de la compra de las benditas vacunas sabe cómo hacerlo, estoy seguro. Él y su equipo fueron convocados cuando el barco de los Juegos Panamericanos, al garete durante varios años, estaba a punto de hundirse para siempre y enderezaron de sopetón la navegación para llegar a buen puerto. Esos peruanos con experiencia en deshacer entuertos y los alcaldes de los distritos metropolitanos tienen que asumir la conducción de esta revolución ciudadana. Lo pueden hacer, en mi barrio actual de San Bartolo, el alcalde y sus munícipes, estoy seguro, harían la chamba a la perfección. Es cuestión de confiar en ellos y  convertirnos cada uno de nosotros en sujetos activos del cambio que queremos. Es fiscalizadores de la nueva manera en enfrentar el desorden urbano que nos aflige.

Aclaro ideas: la nueva normalidad no puede construirse a partir del melifluo encierro al que han sometido a los limeños que suelen cumplir la normas que se dan. Ese porcentaje de peruanos que pierden las esperanzas en un país sensato no puede quedar a la buena de dios. Hay que organizar la calle, no nos queda otra, la receta del confinamiento obligatorio, diez meses después de iniciada la pandemia que nos sigue zarandeando, no ha sido eficiente. Cambiemos de enfoque, organicemos los espacios donde se da la algazara social que tanto criticamos.

Buen viaje…