Pedro Navaja camino a Antofagasta

Mi opinión

Las ciudades peruanas, todas, no se salva ninguna, se definen por su desborde permanente. Pareciera que es imposible ponerles límites, impedir que detengan por un momento su crecimiento horizontal; no hay día en que no se funde una nueva calle, un nuevo suburbio, una nueva invasión. ¿Dónde acaba Lima? ¿en qué momento dejamos atrás Chiclayo? ¿cuándo empieza la campiña arequipeña y termina la ciudad que, pensábamos, acabábamos de dejar atrás?. Difícil saberlo.

– Peshosha, me escuchás, estás allí

– Hola Peshosha, un besito de tu tío que te quiere…

– Peshosha, peshosha, nos acabamos de despedir y ya te extrañamos…

Las ciudades peruanas, todas, no se salva ninguna, se definen por su desborde permanente. Pareciera que es imposible ponerles límites, impedir que detengan por un momento su crecimiento horizontal; no hay día en que no se funde una nueva calle, un nuevo suburbio, una nueva invasión. ¿Dónde acaba Lima? ¿en qué momento dejamos atrás Chiclayo? ¿cuándo empieza la campiña arequipeña y termina la ciudad que, pensábamos, acabábamos de dejar atrás?. Difícil saberlo.

Apenas la ciudad de Tacna, la Heroica, por donde me muevo, empieza a sucumbir ante la ferocidad del desierto, una nueva reunión de casas destartaladas, de reciente edificación, se impone a la dura geografía y las banderitas peruanas se afanan en saludar el esfuerzo por evitar la finitud urbana y definir una geografía sin límites.

Es por ello que en el Perú las carreteras son avenidas (a veces calles) que comunican al vecino, no necesariamente arterias viales útiles para el transporte de mercancías y viajeros. La noción del descampado, no existe, dejó hace mucho tiempo de ser parte del lenguaje de la ruta; tampoco la ilusión de las carreteras sin gente, sin tráfico humano que las intercepte. En los extramuros de  Madrid, Zurich o Tromsø, en Noruega, viajar es asunto de solitarios, de luces que se prenden en la noche para tratar de asir el infinito.

Lo mismo sucede en esta porción del mapa de Chile que empiezo a recorrer. Calama, la ciudad del cobre y las casuarinas, se encuentra exactamente a una hora de haber partido, en bus, de San Pedro de Atacama. Entre aquella villa al borde del salar y ésta, solo se divisa el desierto, nada más. Dos  horas después de silencio carretero y descanso de villorrios, aparece, milimétrica, una nueva ciudad, Antofagasta, la del malecón interminable y aromas de otros tiempos.

Miro mi reloj y  empiezo a medir las horas. Son las doce de la noche y el bus de Turbus sigue consumiendo kilómetros. En las paradas de rigor se han bajado algunos de los turistas que venían conmigo desde San Pedro y han subido nuevos pasajeros. Aguzo mis sentidos y sé que al fondo dos o tres viajantes están bebiendo alcohol: una cerveza, varias, no lo sé.

No tengo mayores reparos  en que lo hagan, solo me molesta  la evidencia de que debo estar  un poco más atento.

– Hola Peshosha, de nuevo soy yo, tu tío, ¿querés que te pasé con la tía?
– …

– ¿Peshosha? Soy yo, tu tía, ¿cómo le va, Peshosha?

Vuelvo a escuchar la cantaleta, el concierto desafinado de unas voces que se imponen en la noche buscando, a través de la comunicación por celular, respuestas de alguien que no sabe qué decir. Prendo el foco de lectura de mi cómodo asiento para empezar, en medio de la oscuridad, la necesaria identificación. Se trata, me doy cuenta, de una pareja joven que ha debido subir en Calama y que se dirige a algún destino lejano a juzgar por los maletines que cargan sobre sus piernas y la excitación de su parloteo incontenible. Me esfuerzo en definir mejor los contornos que me llegan desde el asiento vecino. 

Ella debe estar en cinta, esbozo una primera interpretación a tantos mimos y remilgos. Por eso es que él, consciente de su estado, la engríe y la protege. Sobre el brazo de mi ocasional vecino de al lado, observo una multitud de tatuajes y marcas de cicatrices. Alerta total: en mi país y en el suyo, los trazos en el cuerpo delatan casi siempre al que pasó por chirona, son marcas del destierro carcelario, de la prisión que amansa a los bravos.

Los minutos se renuevan y el bus sigue su marcha.  Mi vecino sigue en lo suyo: hablando y hablando como quien se afana en marcar territorio, en definir una zona de exclusión antes de dormir. De allí su necesidad expresiva, su afán por mostrarse, por ubicarse en la geografía del enorme Turbus. Pienso en el penal de Lurigancho y en las cárceles del Perú: antes de entregarse al sueño los reclusos deben mear como los perros espacios y escenarios imaginarios. Qué horrible.

Pedro Navaja se quita el polo y a trasluz veo sus tatuajes de indudable factura carcelaria y también los chuzos, ese es el nombre preciso de los cortes ex profeso que recorren su humanidad y destacan los pormenores de una vida azarosa. Es joven, me imagino que debe andar por los 25. Ella se nota mayor y ya está durmiendo. Atrás siguen las risas, los cabildeos orales de una noche que nadie pretende apagar.

Navaja se levanta de pronto y busca el camino al baño. Lo veo caminar sin zapatos rumbo al cubículo en la zona posterior, allí donde se ríen los que eligieron pasarla bebiendo más de la cuenta.

Me imagino un desenlace fatal. Escucho las voces más de cerca, los tres pasajeros de atrás deben estar esperando al de la voz cantarina y las llamadas por teléfono. Obviamente no han tenido tiempo de diseccionar su apariencia ni ver los dibujos que lo engalanan. Le dicen algo y él responde como responden los gatos, sus movimientos son rápidos y muy seguros, también su vocabulario, sus palabras subidas de tono y las amenazas que esgrime a diestra y siniestra. Se armó en un  segundo el quilombo inevitable.

Su mujer hllega en su búsqueda llevando consigo un maletín de los tantos que tenía en su regazo. Me imagino el contenido: un cuchillo o algo peor. Pasan los minutos, pocos en realidad, Pedro Navaja ha dominado la situación, no me queda ninguna duda. La luz del bus se enciende y veo tres rostros confundidos y el brillo inconfundible del metal del matarife.

La calma llega de inmediato. Pedro Navaje vuelve a su asiento tan cerca del mío. La noche continúa su trazado inalterable y a mi lado Navaja ya no habla, ya lo dijo todo y ahora intenta descansar con un ojo abierto y el otro cerrado. Debe haber apagado el teléfono celular, presumo y aguarda la llegada del sueño.

Me acomodo en mi asiento buscando la mejor posición para dormir. Sé que va a ser una mala noche para mí y para mis compañeros de ruta. En el interior de este Turbus con destino a Santiago, como tantos otros buses en las carreteras de nuestro continente, el peligro es un compañero que no deja de estar a nuestro lado. Pedro Navaja no se mueve, estoy seguro que cuenta los minutos que quedan para que la luz del día irrumpa de nuevo en nuestras vidas.

El silencio se ha hecho inmenso, nadie habla y las voces y risas de hace un rato vagan en mi memoria.

Buen viaje…