¡Qué no mueran el turismo de naturaleza y el ecoturismo!

Mi opinión

La situación del turismo en Puerto Maldonado es crítica, por no decir patética. Los alojamientos y albergues en la propia ciudad, el corredor Tambopata y en las cuencas de los ríos Madre de Dios y Tambopata tuvieron que cerrar sus puertas a poco de iniciada la pandemia: sin ingresos que sostengan la operación turística, carísima cuando se trata de mover insumos en botes, resulta a todas luces imposible continuar.

Mario Napravnik prepara el almuerzo en casa pendiente del celular. Desde que se inició la crisis del Sars-Cov-2  el gerente general de Rainforest Expeditions no ha dejado de conducir un solo instante las riendas de la empresa líder en turismo de naturaleza en Madre de Dios que el año pasado -el primer año de la peste- llegó a alojar en los tres albergues que opera en la Reserva Nacional Tambopata 91.83 % menos pasajeros que en el 2019.“La pandemia ha sido horrible, me dice a poco de comenzar nuestro diálogo telefónico, nos ha sacado la mugre, pero en medio de tantas cosas malas tenemos motivos de sobra para mantener la calma y mirar el futuro con optimismo”.

Preparo en estos días un largo reportaje sobre el impacto de la pandemia que nos está matando en el desarrollo de la ciencia y la investigación científica en Madre de Dios, una región que he recorrido muchísimo en los últimos años que sin temor a exagerar es donde he encontrado más empresas peruanas invirtiendo en ciencia y tecnología, dos actividades ligadas estrechamente al concepto que me gusta de ecoturismo.

Ese es el caso de Rainforest Expeditions, la compañía fundada por Eduardo Nycander en 1989 que solo en el 2019 invirtió un millón de dólares en sus proyectos de investigación y ciencia ciudadana, uno de ellos, tal vez el más conocido, el mítico proyecto de los nidos artificiales de guacamayos colgados en los árboles de shihuahuaco y palmera aguaje de las proximidades de la colpa Colorado, la más grande y poblada de psitácidos del planeta.

La situación del turismo en Puerto Maldonado es crítica, por no decir que es patética. Los alojamientos y albergues en la propia ciudad, el corredor Tambopata y en las cuencas de los ríos Madre de Dios y Tambopata tuvieron que cerrar sus puertas a poco de iniciada la pandemia: sin ingresos que sostengan la operación turística, carísima cuando se trata de mover insumos en botes, resultaba a todas luces imposible continuar.

Las empresas formales y también las que operaban a la buena de dios se vieron obligadas a prescindir del personal asignado y la bendita cadena de pagos se rompió en un santiamén como en todos los rincones de un país cuyos habitantes no disponen de ahorros a la mano ni regímenes previsionales. La gente, sin chamba, me lo han referido en estos días, se tuvo que volcar al bosque para vivir del uso irracional de sus recursos, como siempre: de hecho, el último reporte MAAP indica que en el 2020 se destruyeron más hectáreas de la selva amazónica que el año anterior. Y eso sí que es gravísimo.

La actividad turística tuvo un amago de retorno hacia octubre, me lo cuenta ahora Rocío Guzmán, responsable del marketing de Rainforest Expeditions, los empresarios se entusiasmaron con la esperada reapertura, las ofertas y promociones abundaron y como en toda época de crisis y vacas flacas los precios de las mismas se fueron al suelo. La informalidad reinó en las pocas semanas que brilló la ilusión de la reactivación del sector que se apagó del todo con la decisión del Ejecutivo de volver a confinarnos.

Hoy que escribo estas líneas el bulevar de la vocinglera ciudad de Puerto Maldonado, el escenario donde se oferta por lo general el turismo tambopatino, debe ser  un espacio tomado por la desazón. A pesar de que Madre de Dios es uno de los pocos departamentos calificados por quienes monitorean la crisis sanitaria y económica como de riesgo moderado el turismo brilla por su ausencia. Es natural, si las principales ciudades emisoras se cierran, los destinos del interior se ven obligados a languidecer, verdad de Perogrullo.

Hay que buscar soluciones de corto y largo plazo. Rainforest Expeditions pudo solucionar el corto plazo apelando al apoyo de sus socios en el extranjero y a los fondos que dispuso el gobierno para detener la agonía de las pocas iniciativas que existen en nuestro país en ciencia y tecnología. Gracias al aporte de CONCYTEC y al respaldo de una fundación estadounidense la empresa de ecoturismo pudo costear gran parte de su presupuesto del 2020 y 2021 en estos dos pilares de su propuesta. Premio al trabajo bien hecho y al prestigio ganado en buena lid durante tres décadas.

 La solución a los problemas de largo plazo en cambio, si es que no ocurre un milagro, va a depender del reinicio de las actividades turísticas. Si no se reactiva el tránsito de pasajeros no hay posibilidad de sobrevivencia para las empresas de ecoturismo en Madre de Dios y presumo que en el resto del país, así de sencillo. Ya lo dije, la compañía que gerencia Mario Napravnik movió el año anterior a la crisis doce mil pasajeros. En el 2020, apenas mil, todos o casi todos antes del fatídico mes de marzo. Si esa caída libre no se detiene perdemos todos.  Las empresas grandes y las pequeñas, el turismo responsable peruano.

Hay que confiar en la reactivación económica y el turismo interno. Napravnik me comenta que se prepararon para recibir turistas peruanos en medio del sinsabor de la crisis y la apatía generalizada. Haciendo caso al anunciado retorno del turismo auspiciado con bombos y platillos por el gobierno, la empresa adecuó sus procesos a los protocolos de seguridad aprobados invirtiendo el dinero que le hacía falta en pruebas moleculares y  en la compra de los equipos ad hoc exigidos y cuando ya empezaban a recibir a sus primeros visitantes limeños en noviembre y en diciembre (“no tanto para mantener el costo de la operación si no para llenarnos de entusiasmo en el futuro”) les cayó como pedrada en ojo tuerto la ingrata noticia del nuevo confinamiento general.

Soy de los que piensa que el turismo de naturaleza y el ecoturismo que practica Rainforest Expeditions en estas fronteras de nuestro país mancilladas por la barbarie deben considerarse como actividades económicas a priorizar. Los socios que han puesto dinero en la chanchita que se hizo para sostener los proyectos de investigación en curso -uno de estos contribuyentes el propio Estado peruano- lo hicieron porque reconocen el importante papel que cumplen los albergues y operaciones turísticas en zonas del país donde impera la ilegalidad minera y maderera, entre otros males. Los albergues de ecoturismo en el Tambopata, en el Manu y en otras áreas naturales del Perú son en la práctica barreras protectoras que impiden el avance, hasta donde pueden, de la ofensiva extractivista y el caos. “Somos aliados de la conservación”, lo repite como un mantra Napravnik mientras termina de preparar en Lima el arroz chaufa que almorzará con su familia.

“Por eso es que no entendemos el cierre que nos han impuesto, me cuenta. Lo que nosotros hacemos es turismo de naturaleza, una actividad recomendada por la propia Organización Mundial del Turismo (OMS). Es indignante saber  que no podemos operar cuando otras actividades, los centros comerciales y el comercio ambulatorio, por ejemplo,  lo están haciendo como si nada”. Por supuesto que se han reunido, desde APTAE y otros gremios de turismo, con las autoridades del gobierno, con la ministra del MINCETUR, con las autoridades de la PCM pero nada de nada, no se avanza. El temor a que nos ahogue la bendita segunda ola, me imagino, paraliza a los funcionarios a cargo de tomar las decisiones más complejas.

La crisis a la que me refiero no solo golpea a las empresas más reputadas del medio, en la Comunidad Nativa de Infierno, socia de Rainforest Expeditions desde hace más de veinte años, el desasosiego es mayor: el año pasado la comunidad dejó  de percibir los tres millones y medio de soles que recibía de las utilidades del albergue Posada Amazonas, el que fundaron con la gente de Napravnik que es a la fecha  un referente mundial de turismo de base comunitaria.

Así están las cosas por Madre de Dios, la capital peruana de la biodiversidad, un territorio que bien gestionado podría recibir a los que siendo habitantes de las ciudades que se han cerrado (sin éxito, como es visible) mantenemos la creencia en que esta pandemia se puede enfrentar cumpliendo las recomendaciones que se dieron desde el primer momento y con harto aire libre por delante. La naturaleza cura y está allí, esperándonos. Hay que organizar la calle, lo vengo diciendo y también la vida en las áreas naturales que protegimos para preservar la biodiversidad que nos queda en beneficio de todos. Tenemos también la obligación de curarnos.

Buen viaje…