Ruth Buendía, la guardiana de la Amazonía

Joseph Zárate para Etiqueta Verde

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Retorno a Lima después de visitar durante dos semanas experiencias de desarrollo impulsadas en el contexto del programa Iniciativa para la Conservación en la Amazonía Andina (ICAA-USAID) en las cuencas de los ríos Cumbaza, Gera, Mayo, Huallaga y Marañón, regiones San Martín y Loreto. En estos pocos días de guardar reposo en Lima antes de volver a salir en dirección a Pucallpa y Puerto Maldonado les iré contando detalles de esta singular travesía por una Amazonía mágica pero llena de contrastes y paradojas.

Durante este recorrido de trece días tuve la oportunidad de entrevistarme con un grupo grande de colonos instalados desde hace mucho en las montañas de Lamas y Moyobamba; con pobladores kiwchas de las comunidades nativas de Ricardo Palma, Túpac Amaru y Achinamisa, en las proximidades de Chazuta; con mujeres cocama cocamilla de Puerto Prado, muy cerca de Nauta, en Loreto; en fin, con hombres y mujeres de todas las pelambres y edades. Y en todos los casos los problemas que deben enfrentar para vivir con dignidad en esas tierras tan feraces –me consta- siguen siendo enormes y están cargados con el peso de olvidos históricos y promesas incumplidas.

La Amazonía peruana a pesar de los esfuerzos de las organizaciones de la sociedad civil y el Estado sigue siendo un campo de Agramante, una bomba a punto de estallar. Una realidad que debemos enfrentar con resolución y mucho tino.

En fin, les dejo este texto sobre Ruth Buendía, la lideresa asháninka que detuvo con su lucha una revuelta social de proporciones.

La primera vez que intentaron sobornarla, la dirigente asháninka Ruth Buendía respondió a la oferta de un traficante de madera con tres palabras: «Quiero tu cabeza». El tipo, con un reloj reluciente en la muñeca, miraba de reojo la oficina con escritorio, silla y una máquina de escribir algo oxidada donde Buendía trabajaba sola. Eran las ocho de la mañana y Satipo, antiguamente una laguna y hoy una ciudad cercada por bosques altos como murallas, en la selva central del Perú, despertaba con los últimos hits de cumbia en los puestos callejeros de comida y el ruido de motocicletas sobre las calles a medio asfaltar. Buendía había llegado temprano a su oficina, sin imaginar que un desconocido la estaba esperando. El hombre quería sacar camiones repletos de tablones de una comunidad amazónica sin que la policía lo supiera. Necesitaba de su influencia.

—¿Dime cuánto quieres? —insistió.

—Si te digo una cantidad, no me vas a poder pagar —respondió Buendía—Entonces quiero tu cabeza.

Y lo echó de su oficina sin dejarlo despedirse.

Seis años después, una mañana de 2014, a bordo de un bote largo que navega por un río caudaloso, Ruth Buendía recuerda esa época. Por esos días, ella había sido reelegida presidenta de la Central Asháninka del Río Ene (CARE), una organización que defiende los derechos y el territorio de los asháninkas, el pueblo indígena más numeroso de la Amazonía del Perú. Buendía tenía treinta y dos años, había terminado la secundaria en la escuela nocturna, acababa de dar a luz a un bebé y vivía en un cuarto alquilado de cuatro metros cuadrados con sus tres hijos y su marido. Cuando echó de su oficina al hombre que intentó sobornarla esa mañana, su reputación de mujer firme y honesta se fortaleció en las más de treinta comunidades asháninkas del río Ene, una arteria de agua que recorre el valle donde los primeros asháninkas habitaron desde tres mil años antes de Cristo.

Ahora, sentada en la parte de atrás del bote, Ruth Buendía come yuca sancochada junto a Santani, su hijo de dos años. Los hombres asháninkas a bordo llevan sandalias, shorts e imitaciones de camisetas deportivas de Portugal, Real Madrid o Barcelona FC. Las mujeres visten cushmas moradas, verdes y rojas, una especie de túnica sin mangas que les llega hasta los tobillos. A diferencia de ellas, Buendía lleva una blusa azul, unos jeans gastados y una gorra morada. El bote navega rumbo a Boca Anapate, una comunidad a ocho horas de viaje, donde habrá un congreso que realiza CARE cada año. Allí, durante tres días, los jefes asháninkas del valle discutirán con la presidenta Buendía asuntos sobre la vida de los nativos: las cosechas, la seguridad, los impactos de las petroleras y de las hidroeléctricas. Ruth Buendía, la primera mujer asháninka en presentarse a la presidencia de CARE, sintió desde niña que tenía que hacer algo por su pueblo. Su determinación la puso a prueba desde la adolescencia.

***

Ruth Buendía tenía trece años cuando cargó a su madre para salvarle la vida. Llevaban semanas viviendo en el bosque del valle del río Ene, huyendo de la guerra entre los militantes de Sendero Luminoso y los soldados del ejército del Perú. Cada vez que escuchaban las hélices de un helicóptero o unos pasos cerca, corrían a esconderse. Ya no tenían yuca ni pescado ni agua. Sus túnicas estaban sucias de tierra. Sus cuatro hermanos menores lloraban de hambre. Su madre, enferma de malaria, tenía la piel pegada a los huesos. Su padre estaba muerto. No había quién los defendiera.

Una mañana Ruth Buendía decidió que tenían que salir al río.

—Si nos matan —dijo— que nos maten, pues.

Entonces ayudó a su madre a meterse en una de esas canastas que usan las mujeres asháninkas para llevar yuca durante la cosecha, y la cargó durante el camino al río como quien lleva una mochila.

Era el verano de 1991. Sendero Luminoso había llegado a mediados de los ochenta para controlar todo el valle del río Ene, luego de huir de los militares desde Ayacucho, en la sierra sur del Perú. Saqueaban las chacras, quemaban postas médicas y oficinas municipales, asesinaban a quienes se oponían a su lucha.

Los asháninkas más viejos los llamaban kamári: demonios. Espíritus que se esconden en el bosque, en las cuevas. Seres malignos que trituran los huesos, que chupan los ojos. Que pueden matar a un recién nacido o al guerrero más fuerte, y obligar a un asháninka a eliminar a su propio hermano sin remordimiento.

Kamári es la esencia del mal y para ellos Sendero Luminoso era su encarnación. Los asháninkas aceptaban el discurso de los maoístas por convicción o por miedo. Rigoberto Buendía, el padre de Ruth, tenía treinta y nueve años cuando intentaron reclutarlo. Era un agricultor y cazador muy respetado que vivía en una chacra a tres horas de Cutivireni, la comunidad asháninka más poblada del valle del río Ene, con su mujer y seis hijos: cuatro mujeres, dos varones. Los miembros de Sendero Luminoso llegaron y le pidieron que los guiara a donde estaba el sacerdote de la comunidad, que había escapado con decenas de familias a las tierras altas del valle. Rigoberto Buendía se rehusó. Pero algunos asháninkas, al ver que no lo habían tocado, corrieron el rumor de que también él era un líder terrorista. Un día, luego de desayunar con su familia, Rigoberto Buendía fue a coordinar la defensa de los territorios con el grupo del sacerdote, pero los asháninkas le dispararon por la espalda con una escopeta. Arrojaron su cadáver a un barranco junto con los de cuatro hombres más que venían con él. Nunca hallarían los cuerpos.

Después del asesinato de su padre, Sendero Luminoso llevó a la familia de Ruth Buendía a una suerte de campo de concentración levantado en la espesura del bosque amazónico, donde estaban cautivos más de trescientos nativos. Allí vivieron hacinados durante meses. Los obligaban a trabajar la tierra, a cocinar para los mandos terroristas, a abandonar su lengua para hablar quechua o español. Los rebeldes eran acuchillados o ahorcados delante de sus familias. Violaban a las mujeres. Secuestraban a los niños de diez a quince años para adoctrinarlos y convertirlos en combatientes. Como la comida no era suficiente para tantos, Ruth Buendía escapaba al monte con sus hermanos a pescar carachamas, traer yuca, fruta o algún insecto que pudiera alimentarlos. Tardó un año en convencer a su madre de huir y esconderse con sus hermanos en el monte. Así fue como escapó por el río Ene, cargando sobre la espalda a su madre moribunda.

La fotógrafa Vera Lentz escuchó la historia de la niña heroína que había salvado a su madre en la base militar de Cutivireni. Cientos de nativos llegaban hasta allí, rescatados por los militares y el ejército asháninka: un batallón de guerreros indígenas armados con escopetas, arcos y flechas que hacían asaltos sorpresivos a los campamentos terroristas para liberar a sus familiares.

A diferencia de otras etnias amazónicas que conquistan territorios, los asháninkas son guerreros defensivos. Desde niños aprenden a esquivar las flechas antes que lanzarlas. Pero cuando son atacados, cuando invaden sus territorios, tienen la reputación de ser los guerreros más fieros —los mejores con el arco y la flecha— de las sesenta y cinco tribus amazónicas que existen en el Perú.

Vera Lentz estaba allí para fotografiar las historias de esa resistencia. Ya había estado en campamentos militares de El Salvador y Honduras, y había documentado los escenarios más sangrientos de la guerra interna en Lima y en la sierra de Ayacucho. Pero cuando el capitán de la base militar le contó la historia de aquella niña heroína, Lentz quedó asombrada. Supo que tenía que fotografiarla: en su retrato en blanco y negro está Ruth Buendía de trece años, flaca como un palo, hilando debajo de un techo de palma. Al lado está su madre, recostada sobre una mesa con el cuerpo raquítico. Su hermano menor acostado, quizá dormido, y su hermana menor sentada de espaldas. La cesta de yuca al fondo, en una esquina del encuadre. Ruth Buendía no mira a la cámara. Pero sonríe nerviosa, como una niña incómoda ante un intruso. Lentz sólo pudo hacer dos disparos. Ruth Buendía no dejó que sacara más fotos.

A mediados de 2012, la fotógrafa envió a la oficina de CARE las imágenes que había tomado en esa época para una exposición en Lima sobre la violencia política en las comunidades asháninkas. Ruth Buendía recuerda que las imprimieron y las tendieron como ropa, para que todos los nativos pudieran verlas. Ella se reconoció en una de las fotos. Es la única imagen que existe de su niñez. Hoy, sobre las paredes amarillas de la casa alquilada donde ella vive en Satipo, hay fotos de viajes y paseos por el bosque con sus hijos, hay medallas y diplomas, hay dibujos de animales y garabatos infantiles hechos con crayolas y plumones de colores. Para Buendía son imágenes de tiempos más felices.

—Aún así esta herida todavía no cierra —dice mientras avanzamos por el río.

Después de huir del campamento de Sendero Luminoso, Ruth Buendía fue enviada a Lima como empleada doméstica de una familia evangélica, porque su madre no tenía dinero para mantenerla. Pero a los diecisiete años regresó a Satipo. Allí trabajó como cocinera y mesera mientras terminaba la escuela y criaba sola a su primera hija. A los veintiuno, mientras atendía en una juguería, un cliente la invitó a unirse a CARE al enterarse de que era asháninka. Viajando por el río Ene, Buendía ayudó a otros nativos a obtener los documentos de identidad que habían perdido durante la guerra contra los militantes de Sendero Luminoso. En esos viajes se encontró con líderes asháninkas que habían conocido y respetado a su padre. Entonces se sintió otra vez en casa. En 2005, cuando el presidente de la Central Asháninka del Río Ene renunció a su puesto, ella se presentó a las elecciones y ganó con el apoyo masivo de las mujeres. Era la primera vez que una mujer asháninka se atrevía a ser candidata a presidenta.

Ahora, cada vez que el bote llega a una comunidad, Ruth Buendía baja con una comitiva a buscar al jefe. La escena parece la de un alcalde popular que visita un pueblo: Buendía recibida con abrazos y sonrisas. Buendía cargando a un niño descalzo. Buendía saludando a los hombres de la comunidad. Buendía dando besos a las mujeres que le sirven pescado frito y masato, una bebida hecha de yuca sancochada fermentada con agua y saliva. Como señal de respeto, a ella siempre le sirven primero.

Buendía siente que el trabajo que hace ahora es una manera de honrar el nombre de su padre, de reencontrarse con su raíces. Por eso en cada acto público ella viste una cushma marrón adornada con semillas y plumas de petirrojos, y pinta formas geométricas en su rostro con la tinta roja de un fruto llamado achiote, el maquillaje de las mujeres asháninkas. Mientras algunos nativos llaman a sus hijos Walter o Jhonny, Buendía le puso nombres asháninkas a sus hijos menores: Metzoqui (suave), Yanaite (espíritu que elimina a quienes invaden su territorio), Eni (hormiga guerrera) y Santani (avecilla que vive en las rocas). También quiere volver a la chacra de su padre para sembrar cacao, yuca y frutilla, entre otras plantas amazónicas. Algo que no puede hacer en el patio de su casa alquilada, donde apenas ha sembrado unas cuantas hortalizas. En el jardín de Ruth Buendía no hay flores. La mujer que protege la selva amazónica dice que no tiene buena mano con ellas. Cree que las asusta: la energía de su carácter es tan fuerte, dice, que las flores mueren al poco tiempo de sembrarlas.

***

Los asháninkas evitan el conflicto. Cuando un nativo se enfada con su vecino, prefiere irse solo al monte para calmarse y luego regresar a conversar. Para un asháninka —nombre que en su lengua significa ‘nuestros hermanos’— no hay nada peor que odiar o matar a un miembro de su familia.

Los asháninkas comparten la comida. Si un nativo llega a casa de otro, se le sirve masato y alimento sin que lo pida. Los nativos cubren el ochenta por ciento de su dieta de los huertos donde cultivan yuca, plátano, maíz, cacao, entre otros alimentos. Ni la tierra ni los sitios de caza o pesca tienen dueño.

Los asháninkas no se casan. Tener hijos, para ellos, representa lo mismo que el matrimonio para los hombres blancos. Ruth Buendía no se ha casado ni siente la necesidad de hacerlo.

Los asháninkas son tíos o primos o sobrinos entre sí. Todos son familia. No importa que pertenezcan a otra comunidad o no compartan el mismo apellido. No hay linajes ni clases. Sus apellidos occidentales –como Bustamante, Buendía, Vega, Marcos, Samuel, Pedro– vienen de los antiguos patrones de las tierras y los misioneros que bautizaban a los nativos. Ruth Buendía dice que los funcionarios de los Registros Públicos solían cambiarles el nombre por no entender lo que decían.

Los asháninkas tienen jefes en sus comunidades. Un hombre que lidera al resto por la fuerza de su carácter y su persuasión. En todo el valle del río Ene, solo hay jefes varones. Ruth Buendía es la presidenta de todos ellos.

***

 

Fotografía de Musuk Nolte

Según el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el pueblo asháninka fue la etnia amazónica más castigada por la guerra interna con Sendero Luminoso. Más de treinta comunidades desaparecieron, unos diez mil nativos fueron desplazados, cinco mil secuestrados y seis mil fueron asesinados. Para el antropólogo Óscar Espinoza, autor del capítulo del informe de la Comisión de la Verdad dedicado a la masacre de los asháninkas, esos datos no lo cuentan todo. Cuando se hizo el informe, recuerda él, no hubo presupuesto ni botes para ir a todas las comunidades del río Ene. Se recortó el número de páginas, se eliminaron detalles, anécdotas, casos. Y muchos nativos no quisieron hablar.

—A los asháninkas no les gusta hablar de sus muertos —dice el antropólogo.

Una madre asháninka no puede nombrar a su hijo muerto. Cree que, si lo hace, no dejará que su espíritu vaya al cielo. Durante la última década, sin embargo, las mujeres asháninkas han sido las primeras en contar los horrores de las violaciones y los asesinatos para transmitir a sus hijos la memoria de esos años. Para que la memoria de lo que pasó con su pueblo no dependa solo de relatos familiares, Ruth Buendía quiere pedir al Estado que construya en la selva central un museo. Quiere que se recuerde la violencia que sufrieron los asháninkas, que hoy suman casi cien mil nativos. Quiere que los jóvenes conozcan esa historia que no salió en los noticieros.

Buendía está segura de que la gente de la ciudad no siente lo que vivieron los asháninkas, ni lo que sucede ahora en sus tierras con la explotación de petróleo o los proyectos para la construcción de centrales hidroeléctricas. Por eso ella ahora habla para que no vuelva a suceder. Para que no los vuelvan a engañar.

—No es justo que para que vivan bien los limeños, yo tenga que arriesgar mi vida, mi pueblo, mi territorio —reclama la dirigente, abriendo los ojos—. Primero el terrorismo nos desplazó. Ahora van a hacer represas para desplazarnos otra vez.

Para Ruth Buendía eso también es terrorismo, pero de inversiones.

***

Mientras navegamos por un cañón angosto y profundo en la parte baja del río Ene, en el corazón de la selva peruana, Ruth Buendía se acerca al borde del bote y señala un cerro enorme, salpicado de árboles frondosos.

—Ahí está, mira —me dice.

El cerro se llama Pakitzapango. ‘Casa del Águila’ en lengua asháninka.

El mito dice que hace siglos, en este cerro más alto que la torre Eiffel, vivía un águila que comía carne humana. Cada vez que un nativo cruzaba el cañón, el pakitza volaba, lo cazaba con sus garras y lo llevaba a una cueva en lo alto para devorarlo. Pero el animal nunca quedaba satisfecho. Así que intentó construir un enorme muro de piedras de orilla a orilla para que los nativos jamás escaparan. Un día, mientras el pakitza construía su muro, los asháninkas se cansaron de sus ataques y decidieron vengarse. Moldearon un hombre con arcilla y caucho, lo vistieron con una cushma y lo pusieron en una balsa que navegó hasta el cañón. El águila pensó que era un nativo y salió a cazarlo. Clavó sus garras en aquel muñeco pero quedó atrapado en el barro. Los asháninkas salieron gritando de entre los árboles. Lo acorralaron, le arrojaron piedras y flechas hasta matarlo. Sus plumas flotaron río abajo. De ellas —cuenta el mito— nacieron todos los otros pueblos de la Amazonía.

En este mismo cerro —recuerda Ruth Buendía— se escondieron los jefes terroristas de Sendero Luminoso que llegaron al río Ene a finales de los ochenta para dominar el valle. Igual que el pakitza, cada vez que un asháninka cruzaba el cañón o se detenía a pescar y bañarse, los senderistas le disparaban desde la cima o lo capturaban. Sendero Luminoso era el nuevo monstruo de la misma leyenda.

—La gente se baña y pesca acá todavía —dice Buendía—. Pero algunos tienen miedo de que ese tiempo vuelva.

Como si cada cierto tiempo una amenaza distinta acechara el mismo lugar, en 2008 el Estado peruano autorizó que se construyera en el cañón del río Ene un muro de concreto de ciento sesenta y cinco metros de altura. La represa de una central hidroeléctrica llamada igual que el mito del águila comehumanos: Pakitzapango.

El proyecto anunciaba grandes beneficios para el país. La central produciría más de dos mil megavatios, suficiente para abastecer de luz eléctrica a casi ochocientos mil hogares. Los peruanos consumirían energía más barata y los brasileños comprarían el ‘excedente’ durante treinta años, gracias a un acuerdo energético firmado entre ambos países. El gobierno juraba que ello no sólo cubriría la demanda futura de energía, sino también atraería más inversiones, más ‘desarrollo’ para los nativos, más dinero para construir escuelas y postas médicas en una zona donde siete de cada diez niños padecen desnutrición crónica y apenas terminan la primaria.

Eran buenas noticias, por supuesto. Pero Ruth Buendía no creía en ellas. A inicios de 2010, un equipo de ingenieros de CARE y la fundación inglesa Rainforest viajaron hasta el cañón de Pakitzapango para hacer estudios. Las mediciones de sus GPS y las simulaciones digitales de sus computadoras sólo corroboraron lo que ya sospechaban. La laguna artificial creada por la represa iba a inundar más de setecientos kilómetros cuadrados de selva: como sepultar bajo el agua la cuarta parte de la ciudad de Lima. Diez comunidades perderían el sesenta y cinco por ciento de sus tierras de cultivo y serían desplazadas hacia las partes altas del bosque. El gobierno peruano nunca consultó a los asháninkas del río Ene si estaban de acuerdo con ese plan. Y no lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que en el país existe una ley de consulta previa y convenios internacionales que exigen hacerlo.

—Es como si el gobierno se metiera a tu casa sin pedirte permiso y dijera: señor, hemos encontrado petróleo debajo de su terreno. Así que retírese, por favor, es de ‘todos los peruanos’. ¿Qué harías pues? —pregunta Buendía— ¿Te vas, nomás?

El bote avanza lento bajo el sol tirano de la tarde.

El río Ene es un torrente que arranca árboles de raiz; una extensa avenida de agua.

Algunos dirigentes asháninkas a bordo miran el cañón de Pakitzapango en silencio hasta que lo dejamos atrás. Para gran parte del pueblo asháninka, este sigue siendo un sitio sagrado. Para otros, los que temen el regreso de Sendero Luminoso y la construcción de la represa, es un lugar maldito.

***

Ruth Buendía se enteró de la noticia al encender la radio en su oficina. Hasta ese momento, a finales de 2008, había enfrentado a aquel traficante de madera ilegal y a Pluspetrol, petrolera argentina que intentaba explorar tierras asháninkas que el Estado le había dado en concesión sin consultar a los nativos. Pero construir una represa en el río Ene, como anunciaba la radio aquella mañana, era un peligro superior.

—La razón de ser asháninka es tener un territorio —me dijo Buendía—. Pero si la represa inunda el valle, ¿a dónde voy a ir? Sería como desaparecernos.

Las represas de todo el mundo han inundado en total una superficie del tamaño de España. Sus depósitos contienen tres veces más agua que los ríos de todo el planeta, y generan el dieciséis por ciento de toda la electricidad que consumimos en el mundo. El problema —informa la Comisión Mundial de Represas— es que más de ochenta millones de personas han sido desplazadas debido a ello, que es como expulsar a todos los alemanes de su propio país para construir hidroeléctricas.

Philip M. Fearnside, investigador que lleva treinta años estudiando el impacto ecológico de las hidroeléctricas en Brasil, asegura que es un error pensar que las represas producen energía limpia o ‘verde’. Para empezar, bloquean la migración natural de los peces, pues el gigantesco muro no les deja volver a los lugares donde se aparean y ponen sus huevos. La vegetación sepultada bajo el agua se pudre y genera enormes cantidades de gas metano, veinte veces más potente que el dióxido de carbono que emiten los coches, y contribuye a aumentar el calentamiento global. El agua pierde oxígeno y acumula mercurio. Los peces se contaminan. Los nativos se alimentan de esos peces y se enferman. Los caudales aguas afuera de la represa disminuyen. Los ríos se vuelven inservibles para navegar, y las tierras se secan y pierden los nutrientes minerales para fertilizar los campos. La contaminación no se detiene ni aún después que la hidroeléctrica deja de funcionar (luego de ochenta años, en promedio). Los lodos acumulados en los reservorios de las represas desactivadas son tan tóxicos como los relaves mineros. Para un pueblo indígena como el asháninka, cuya cultura depende del río y del bosque, el daño ocasionado por una represa sería tan brutal como si un incendio arrasara la selva.

A cambio de eso, la empresa constructora de Pakitzapango ofrecía a las casi mil quinientas familias asháninkas que serían desplazadas talleres para construir viveros y elaborar panetones, pollo a la brasa, chocolates y artesanías.

—¿Artesanías? ¿Qué se hace con eso? —me dijo Ruth Buendía al recordar la historia.

Fingió una sonrisa como si acabaran de contarle un mal chiste.

El equipo de CARE pidió asesoría a ingenieros, contrató a una abogada y enviaron solicitudes a los ministerios para pedir el expediente sobre los planes del proyecto: qué pasaría con ellos, a dónde iban a ir. Durante varias semanas Buendía visitó las comunidades asháninkas para informar sobre los impactos de Pakitzapango. Preparaba su discurso. Investigaba desde cómo funciona una represa hasta qué es un megavatio. También viajaba ocho horas en bus de Satipo a Lima para entrevistarse con funcionarios del Ministerio de Energía y Minas. A veces no la recibían, y cuando lo hacían, era con desgano. La respuesta era siempre la misma: que lo sentían, que no podían hacer nada, que era un proyecto de ‘interés nacional’.

Ella insistió durante dos años. Pero nunca le dieron la información que exigía.  Cansada de esperar, Buendía inició una campaña para exponer el peligro que corrían los asháninkas, con ayuda de la cooperación internacional. En marzo de 2010 viajó hasta Washington para demandar al Estado peruano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ruth Buendía y un abogado contra doce funcionarios. Vestida siempre con su cushma marrón, y la cara pintada con líneas rojas, la dirigente asháninka visitó una decena de países —entre ellos Inglaterra, Noruega, España, Francia, Bélgica y Holanda— para juntarse con ministros del ambiente y banqueros que financiaban proyectos hidroeléctricos en el Amazonas. Incluso se reunió con ejecutivos de la constructora Odebrecht —inversionista del proyecto Pakitzapango— y los ministerios de Energía y Relaciones Exteriores de Brasil. Les advirtió sobre lo que pasaría si levantaban la represa en tierras asháninkas. «Pero si a pesar de todo no nos escuchan, correrá sangre —les dijo aquella vez—. Si nuestro gobierno no nos respeta, entonces nos haremos respetar».

A finales de 2010, la Comisión envió una carta al gobierno del Perú pidiendo que se garantice la protección del territorio asháninka. El gobierno no tuvo otra opción que detener el proyecto, y un año después Odebrecht se retiró de Pakitzapango diciendo que respetaría la decisión de los nativos. Ruth Buendía y CARE habían logrado paralizar la concesión sin hacer marchas, quemar llantas o bloquear carreteras. Algo poco frecuente en el Perú, donde según la Defensoría del Pueblo hay más de cien conflictos sociales cada año causados por impactos ecológicos.

Por esos días, Ruth Buendía esperaba su quinto hijo. También había empezado a estudiar Ciencias Políticas en la universidad. Cada tarde después del trabajo, iba a clases y regresaba agotada a casa cerca de la medianoche. Casi nunca llegaba a tiempo para la cena. Su marido, el ingeniero Fredy Antezana, un hombre bajito y de voz amable, solía levantarla a las cuatro de la madrugada y ayudarla a estudiar para los exámenes. Los viajes la alejaban de casa durante días. Sus hijos le reclamaban que nunca asistiera a las actuaciones de la escuela. Algunos familiares le decían que tenía abandonados a los niños. Ruth Buendía intentaba cumplir con todo, pero no podía. Entonces su embarazo se complicó y abandonó la universidad luego de un año, frustrada por haber reprobado casi todos los cursos.

Sus opositores políticos dentro de los asháninkas se endurecieron. Querían la construcción de la hidroeléctrica y la entrada de las petroleras y empezaron a desprestigiarla. La acusaban de ser hija de terrorista, madre soltera sin preparación y de impedir el progreso de su pueblo. Los jefes de tres comunidades se separaron de CARE para crear una organización paralela. Ruth Buendía, uno de los cien personajes más influyentes de Iberoamérica en 2012 según el diario EL PAÍS, recuerda aquella ruptura como su primera derrota.

—A veces no aguanto más y digo: «Bueno, si quieren que entre la petrolera, la hidroeléctrica, ¿entonces qué mierda hago acá?»

Hubo un tiempo en que la dirigente solía hacerse esas preguntas con frecuencia. Sobre todo cuando los ataques llegaron de su propia familia.

Durante los días en que la lucha contra la hidroeléctrica de Pakitzapango y la oposición de otros dirigentes asháninkas empeoraba, su hermano menor robó un cheque por tres mil dólares de la oficina de CARE, destinado a proyectos sociales. Ruth Buendía tuvo que denunciar a su hermano y pedir un préstamo personal al banco para devolver el dinero. Su madre se resintió con ella, al punto de acusarla de que le hiciera eso a «su propia sangre», y su hermana corrió el rumor de que había sido Ruth quien había robado el dinero. La dirigente de los asháninkas se alejó de su madre y sus hermanos por casi un año. En una asamblea tuvo que dar explicaciones ante todos los jefes de las comunidades.

—Mi nombre y la organización que represento no podían mancharse. Pero eso no me debilitó, al contrario. Ahí conocí a mi familia, quién te acompaña, quién no.

Una tarde, Ruth Buendía recibió la llamada del banco que le había prestado dinero para que ella pagase el robo de su hermano. Debía cancelar a tiempo las cuotas del préstamo para que no la multaran. Después de colgar, Ruth Buendía mandó a sus hijos a jugar un rato en el parque. Sin nadie en casa, la mujer que tres años después ganaría la batalla contra la construcción de la central hidroeléctrica, se permitió llorar.

***

El cielo se oscurece rápido en la comunidad Boca Anapate, en la parte alta del valle del río Ene, y Ruth Buendía cruza deprisa el pasto húmedo de una cancha de fútbol. El pelo negro, la cara pintada con líneas rojas, la cushma marrón adornada con plumas de petirrojos. Ella corre. Es el tercer y último día del congreso asháninka y quiere darles una noticia a los jefes antes de que anochezca.

Al llegar al lugar donde están reunidos más de cuarenta dirigentes que toman masato, bajo un techo de calaminas, Ruth Buendía les muestra una escultura de bronce en forma circular.

—Parece una anaconda que se está mordiendo su cola, ¿no? —dice, y todos se ríen.

La estatuilla simboliza el poder que tiene la madre naturaleza para renovarse. Buendía recuerda que le dijeron eso la noche de abril de 2014 que recibió aquel trofeo en el teatro Opera House de San Francisco, junto con otros seis activistas de la India, Indonesia, Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. El premio Goldman. El Nobel Verde, le dicen. El premio ambiental más importante del mundo. La noche que recibió el Goldman, luego de dar un discurso algo nervioso de tres minutos, Buendía fue nombrada heroína del medio ambiente por unir al pueblo asháninka para impedir la construcción de la central hidroeléctrica Pakitzapango. Era la tercera peruana que ganaba este premio.

Durante diez días, ella estuvo de gira en San Francisco y Washington en homenajes y conferencias con líderes políticos y ecologistas. Dio entrevistas a la BBC y Fox News. La revista The Atlantic tituló: «The Woman Who Breaks Mega-Dams». Incluso Robert F. Kennedy Jr. la abrazó, fascinado por su historia. Ruth Buendía era una celebridad ambiental y Lima la esperaba. La condecoraron en los ministerios de la Mujer, de Cultura y del Ambiente. La entrevistaron en la televisión y en la radio. Su foto salía en los periódicos. Un hombre bajó de su camioneta para pedirle, por favor, que aceptara tomarse una selfie con ella a mitad de la calle.

Pero esta tarde en Boca Anapate, un mes después de que tres mil personas la aplaudieran de pie en San Francisco, sólo tres comuneros asháninkas levantan la mano cuando Ruth Buendía pregunta si saben algo del premio. Uno dice haberla visto en la televisión de casualidad. Otro leyó algo en el periódico, pero no recuerda exactamente qué. Ruth Buendía sonríe y con paciencia explica en su lengua de que se trata el premio, qué es, por qué se lo han dado. Dice gracias —«pasonki, hermanos»—, y se sienta.

Pero nadie aplaude, nadie pregunta, nadie dice nada.

Entonces el líder que dirige la reunión pide más palmas, por favor, hermanos, y explica una vez más, en asháninka, en qué consiste el premio. Luego de un rato todos parecen entender y aplauden. Ya es de noche. Unas mujeres sirven más masato para celebrar.

—Lo que pasa es que sobre un premio ambiental nunca hemos escuchado —me explicará después—. No entendían por qué me habían dado eso, y es normal. Solamente piensan que en deporte o en fútbol te dan premios.

—Parece mezquindad, pero no lo es —dirá el antropólogo Óscar Espinoza, quien asegura no haber encontrado a un indígena amazónico que hable bien de sus líderes—. Piensan que si lo hacen le harán daño, que el líder puede volverse soberbio. Es su forma de vigilarlos. No los felicitan por hacer bien su trabajo, porque están haciendo eso: su trabajo.

Ruth Buendía tampoco entendió la vez que, estando en Madrid, la llamaron de madrugada al hotel donde se hospedaba para avisarle que había ganado el premio Goldman más un bono de ciento setenta y cinco mil dólares. Pensó que era una broma. Pensó que la querían estafar.

—Incluso mi esposo pensaba que al llegar a Estados Unidos un traficante de órganos nos iba a secuestrar para sacarnos los ojos —ríe—. Yo no tenía idea de qué era el Goldman ‘prize’, ‘prais’, ¿así se dice?

Buendía no sabía que la habían postulado al premio.

—Es que estoy enfrentándome a empresas que tienen una economía muy grande y también al gobierno de mi país. Ahorita la empresa le ha dejado de interesar construir la represa en Pakitzapango. Pero eso no quiere decir que el Estado piense igual. La lucha no ha terminado.

Dos días después de presentar el premio ante los jefes asháninkas, Ruth Buendía volvió a Cutivireni, la comunidad donde nació. Un delegado de la fundación Rainforest y tres periodistas ingleses habían llegado hasta el río Ene para realizar un documental sobre ella y la cultura asháninka. Al llegar con ellos a Cutivireni, un primo suyo le gritó delante de todos lo que algunos dirigentes decían sobre ella: que el premio era mentira, que la empresa hidroeléctrica le había dado ochenta millones de dólares por permitir que se construya la represa, que ellos no eran perros para que llegara con gringos a hacer fotos y luego irse.

Ruth Buendía desmintió con paciencia a su primo hermano. Minutos después, cuando ya todo se había calmado, dio un suspiro.

—Yo sabía que algunos podían usar el premio en contra mía, diciendo que la empresa me ha dado plata. A mí me duele que esto suceda en mi comunidad, en mi familia.

***

María Metzoquiari tiene la voz aguda y el cabello lacio y largo, como el de su hija. La madre de Ruth Buendía vive en las afueras de Satipo, en una casa de cemento con un patio, un huerto, un gato y dos perros que merodean por la sala donde ahora almorzamos tallarines con yuca sancochada. Un radio a pilas sobre la mesa deja oír, bajito, la voz gritona de un predicador. Dice algo sobre el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—Cuando me enteré del premio, me alegré como mamá —recuerda María—. Le dije que debía agradecer a su padre y a Papalindo. No por gusto estás abandonando a tus hijos, le dije. Nunca imaginé que se iba a convertir en lo que es ahora, después de todo lo malo que hemos pasado. Aunque ahora nos llevamos a veces bien, a veces no.

—¿Por qué?

—Es que ahora, como dicen sus hermanos, como ella tiene plata, no nos quiere. Siquiera dale trabajo a tu hermano, le digo. Ella me dice: «Mami, ¿cómo puedes pedirme eso? Es burocracia, nepotismo, yo no soy así, mamá». Pero yo pienso: tanta gente que entra a trabajar así. Antes, cuando Ruth era más chica, decía: «Cuando yo sea alguien voy a dar trabajo, voy a ver por mis hermanos». Ahora cumple eso, pues, le digo. Ahora que tiene el cargo no los ayuda.

—¿Pero no se siente orgullosa de ella, del premio?

Afuera, el sol del mediodía parece querer derretirlo todo.

—Poquito nomás —dice, y toma un poco de limonada.

Los perros ladran. La voz del predicador sigue sonando por el radio a pilas; el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—El premio está bien, es para ella y para su organización. Pero para nosotros no. Para la familia no. No nos llama la atención.

***

Es una tarde calurosa, dos días antes del congreso asháninka, y en la oficina de CARE Ruth Buendía ayuda a su hijo de seis años con la tarea del nido. La dirigente suele traer a sus hijos menores para que estudien o jueguen en el patio mientras ella despacha oficios, firma documentos, contesta e-mails, atiende a jefes asháninkas y autoridades. Es la única forma que ha encontrado de pasar más tiempo con ellos. Tiempo es lo que más necesita ahora, dice. Tiempo para llegar a casa y ver la telenovela de las nueve con sus cinco hijos y su esposo, todos tirados en su cama. Tiempo para buscar mariquitas en el patio con su hijo de dos años, como esas que vieron una vez en Discovery Channel. Tiempo para criar a sus gallinas ponedoras y para sembrar rosas en su jardín, a ver si esta vez puede conseguir que florezcan.

—Ya hablé con mi junta directiva, para asumir el cargo ahora como si estuviera muerta —ríe Buendía, mientras ayuda a su hijo a pintar un árbol en su cuaderno.

Por estos días, la líder asháninka que evitó la construcción de una central hidroeléctrica dice que quiere volver a la universidad y ser alcaldesa distrital en unos años. Usará la mitad del dinero del premio Goldman para educar a sus hijos. La otra mitad será para CARE y comprarle un nuevo motor al bote que tienen y que les permite llegar a todas las comunidades del río Ene. Les servirá para informar y unir a los asháninkas contra lo que para ella es una nueva amenaza.

Pluspetrol es el principal productor de gas y petróleo del Perú. En 2005 el gobierno del Perú le dio en concesión un territorio amazónico de más de un millón de hectáreas, diez veces más grande que la ciudad de Nueva York. El territorio se llama Lote 108. Debajo de él, en el subsuelo, abundan el gas natural y el petróleo ligero. Y hay tanto, según la empresa, que podría ser otro Camisea, la reserva más grande de gas natural del Perú. El problema es que todo el valle del río Ene —donde viven más de veinte mil asháninkas— está dentro del Lote 108. En la parte norte de ese sector hay campamentos, ruido de helicópteros que surcan el cielo, obreros abriendo trochas para hacer detonaciones que ahuyentan a los animales del bosque. En la parte sur, la petrolera no ha hecho nada todavía. Los asháninkas no los dejan.

—Dicen que con la petrolera vamos a tener plata para carro, bote, casa. Pero nadie nos consultó antes —dice Ruth Buendía, con su voz firme y aguda—. Para nosotros eso no es desarrollo. No queremos estirar la mano ni regalos.

Buendía me cuenta que un mes después de recibir el premio Goldman, un equipo de topógrafos de Pluspetrol ingresó sin permiso a una comunidad del río Ene para abrir trochas. Los nativos, enfurecidos, los echaron de sus tierras semidesnudos y los bañaron en agua de huito, un tinte natural de color negro que se borra de la piel luego de quince días. Los topógrafos dijeron que se habían equivocado de lugar. La petrolera tuvo que disculparse. —Las comunidades están bien informadas. Saben de sus derechos, ya no los pueden engañar. A las siete de la noche, no queda nadie más en la oficina. El niño que colorea un árbol en una esquina de la mesa, interrumpe a su mamá para preguntarle si ya pueden ir a casa. —Un ratito, mi amor —dice ella—. Estoy trabajando. —No —dice el niño, sin dejar de pintar— estás conversando nomás ♦