San Agustín de Guaquis / Sierra de Lima

Conozco a Lucho Vereau desde hace varios años; en realidad, he estado siempre al tanto de sus devaneos por el mundo de los viajes y el turismo de verdad, de ese mismo turismo -justo, responsable, cuidadoso del medio ambiente- que venimos empujando desde nuestras trincheras de lucha y que a pesar de todo seguimos considerando como la mejor alternativa para el desarrollo de la provincias y el interior de nuestro querido país.

Aunque soy un poco mayor, pertenezco a la misma generación, a ese mismo grupo de muchachos que al alborear los años ochenta tuvo que dejar la adolescencia para acomodarse a un tiempo de violencia, de enfrentamientos desquiciados. De esa mala época, pienso, hemos sabido salir indemnes, pero con una inmensa rabia por lo que perdimos y sumamente conscientes de que hay que enmendar caminos para construir, de una vez y para siempre, el territorio libre de la desesperanza que soñaron también nuestros mayores. Uno de ellos, sin duda, su padre, Carlos Manuel Vereau, patriarca vivo de los periodistas que hemos elegido el aire libre como objeto de estudio y de trabajo.

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Con Lucho nos encontramos en el Diplomado de Turismo Sostenible de la UARM y últimamente hemos recorrido San Fernando, Paracas, La Tunga, Lunahuaná, Canta, el Bar Queirolo y otros horizontes: siempre a mil por hora y con un montón de ideas para armar. Ya lo dije, pertenecemos a una de las últimas generaciones peruanas crecidas al compás de las utopías, de los sueños por venir. Por eso es que me ha emocionado mucho haber recorrido con el Chato las alturas de la cuenca del río Cañete buscando nuevas rutas para el turismo que venimos empujando. Vereau es un conocedor exagerado de estos parajes maravillosos y un defensor a ultranza, como Pocho Ochoa, de la fisonomía exterior (e interior) del Pariaqaqa, el apu de los yungas que poblaron las quebradas limeñas. Con él y con Luis Beingolea, del equipo de Viajeros, saltamos hace un par de semanas a la cancha del Alto Cañete para buscar el pueblo perdido de San Agustín de Guaquis, cerquita como está de las lagunas de Huancaya, allí donde gira el río Cañete para deslizarse hacia el mar.

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Vereau nos refirió en su pizzería de Lunahuaná que hacía varios años había reculado por el poblado de Miraflores donde se dio de bruces con dos sucesos insospechados: la adoración de sus pobladores por el pueblo que sus mayores tuvieron que abandonar para aposentarse en los nuevos linderos y la existencia de otro Vereau, Veró en la pronunciación local, avecindado en esas lejanísimas serranías de Lima. Un pariente menos francés, de rasgos norteño-serranos, dedicado por entero al oficio de estos pagos, la agricultura y la ganadería de altura. Con ese “primo” desconocido como guía, Lucho caminó las dos horas de distancia hasta el pueblo de San Agustín de Guaquis, en una de las paredes que miran al valle y bullen de andenerías. En las sierras de Lima existen terrazas de cultivos tan extraordinarias como las del Colca o el Vicanota. Su relato nos conmovió y salimos ipso facto a buscar la ruta al pueblo perdido de Guaquis. Y vaya si no nos fue bien…

En el valle del Cañete vienen ocurriendo hechos de importancia fundamental que pocos valoran. Desde octubre del año pasado Cementos Lima ejecuta el proyecto hidroeléctrico El Platanal, una megaconstrucción que llegó a alborotar años atrás a alcaldes y pobladores locales, generando una resistencia cívica nunca antes vista en la zona. Recuerdo haber subido con los proyectistas del Platanal en el 2001 y hallar en casi todas las paredes de los pueblos, pintas contra el consorcio y alegatos en defensa del río. Toda esa batahola, qué raro, cedió y a la fecha la obra camina sin interrupciones. Hace unos días Alan García llegó en helicóptero y salmoneó de lo lindo a favor de las obras de esa envergadura y pidió el apoyo de los pueblos para sacar adelante iniciativas de similares. Lo hemos dicho en la última edición de la revista Viajeros, en casos como estos, el silencio ciudadano no ayuda a generar desarrollo sostenible…tampoco, claro está, la grita destemplada.

Recorrí con Vereau y Beingolea la parte media de la cuenca admirado por el avance de las obras y convencido también de que la generación de un tejido social sólido es la única garantía para que la propuesta del consorcio nacional vigorice de verdad una región donde se han hecho endémicas tanto la pobreza como las exclusiones sociales.

Ciento veinte kilómetros hay que avanzar desde Lunahuaná para llegar a las proximidades de Huancaya, el refugio en verde esmeralda que sigue siendo el ícono de este sector de la bellísima Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas. Uno cuantos kilómetros antes de ingresar a dicha localidad, se toma un desvío a la izquierda que conduce a Miraflores, un pueblo típicamente serrano que ronronea entre un arroyuelo que baja de los nevados y la maravillosa vista de su antiguo esplendor agrícola. Los miraflorinos siembran con esmero papas (“las más deliciosas del mundo”, al decir de don Mauro Crispín Martínez), ocas, mashua, cebada y se dedican al cuidado de sus rebaños de camélidos sudamericanos y ovinos. Todos reconocen que el pueblo actual es relativamente contemporáneo, que la diáspora comenzó en 1931 cuando sus mayores tuvieron que abandonar el pueblo antiguo presionados por una carestía hídrica de los mil demonios y el deseo impostergable de acercarse a la carretera. Lo abandonaron todo, su iglesia colonial y sus viviendas en piedra, construidas en tiempos prehispánicos y que ellos habían sabido mantener en pie, sus callejuelas ordenadas y sus regios andenes.

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Machu Picchu en Lima

Desde entonces, cada año, durante la celebración de sus fiestas patronales, los hijos de Miraflores retoman el camino que los llevó a su actual espacio físico para visitar la villa donde moran sus antepasados, limpiar de vegetación las calles de sus barrios más característicos y darle una renovadita a su vieja iglesia donde alguna vez los extirpadores de idolatrías hicieron de las suyas. Nosotros vagamos de lo lindo en San Agustín de Guaquis y en una de sus avenidas principales nos sentamos a rememorar otros caminos: ¿A qué iglesia colonial se parece la de Guaquis?, ¿Qué paisaje hace tono con este apacible paraje de la cuenca del río Cañete?, ¿Qué andenería similar se nos había quedado en la retina? Las respuestas llegaron solas y no nos dejaron duda alguna. Los restos de lo que alguna vez fuera la majestuosa iglesia de San Agustín, con su torre independizada de su cuerpo principal, nos remitió a la de Chinchero, camino al Valle de los Incas; su andenería, a la de Pisac. No es exagerado decirlo: en las laderas limeñas de Carania, Laraos, Yauyos y Miraflores se encuentra lo mejor de la andenería prehispánica.

Por último, la visión desde lo alto del pueblo viejo de Miraflores guarda proporciones idénticas a la que se tiene del Urubamba y sus montañas circundantes, desde lo alto de Machu Picchu. Quien decide sentarse, como nosotros, a observar el pueblo perdido de Guaquis, no puede ocultar la emoción de sentirse Hiram Bingham a poco de llegar a Choquequirao o a los aposentos principales de Machu Picchu. Una verdadera fiesta visual, un homenaje al sempiterno gusto por conocer el Perú.

De regreso a Miraflores fuimos a la casa de doña Aurora, la consorte del primo campesino del Chato Vereau, quien nos esperaba con un bistec de alpaca de campeonato y una triste historia por contar: al marido lo había tenido que dejar partir a su Chimbote natal, debido a que un grupo de delincuentes, por llevarse lo poco que tenían, lo habían malherido y lo mejor había sido derivarlo a la costa para que sus familiares se hicieran cargo de él de mejor manera. Una tragedia para una familia que a duras penas soporta la triste realidad de vivir tan cerca y tan lejos de la capital de la república. Por eso es que confiamos en el turismo, el de verdad, el que va a traer beneficios económicos a las comunidades y les va a enseñar a defender lo suyo. Hemos quedado en volver este próximo feriado, para llevarle un poco de vitalidad a su pueblo, de pronto Ud. se anima acompañarnos.

Más info en Caminando hacia un pueblo fantasma: Huaquis / Pablo Solórzano

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Julio de 2008

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Hiram Bingham de Pimentel. Foto Lucho Vereau.