Selfie de escalador, un texto de Miguel Podestá

Mi opinión

Miguel Podestá, del equipo de Viajeros en el exilio, por decirlo de alguna manera, nos ha mandado esta nota sobre su retorno a la escalada, una afición, un deporte para bravos, que alguna vez, en Lima, intentó practicar con denuedo… y que los azahares de trashumante jugaron en contra. En Marsella, gajes del oficio, el huamanguino ha vuelto a las andanzas y ha querido compartir con nosotros esta pequeña crónica a manera de selfie. Abrazos a la distancia, compañero. Bonne chance, péruvien.

Para Les nuls 2021
 
“Usted debe vaciar su mente señor con nuevas experiencias o alguna que realizó en algún momento de su vida y que no ejerció más durante muchos años, de lo contrario el autismo va a jugarle una mala pasada” 
 
Así le dijo el doctor a ese tipo que no sabía por qué transcurría el día buscando el píxel irreconocible en la pared bien pintada. No era depresión, ni placer de encierro, ni exagerada reflexión política. Era la espalda curva. El puesto de trabajo que lo sometía a la sádica auto contemplación. Era cocinero en el restaurante de una sala de escalada en París donde cada día miraba a través de la puerta las cientos de nalgas que caían sobre un colchón para volver a trepar sin cuerda. Cada día cocinaba para escaladores queriendo ser escalador sin poder escalar, ¿por qué? no había manera exacta de responder. Había un bloqueo. Pero bloqueado igual lograba evocar el origen de su gustosa perturbación.
 
La primera vez que escaló tenía 15 años. Su tío lo llevó a probar una palestra que se había instalado en el muro exterior de un edificio de la Universidad Agraria, en Lima. La mensualidad y el precio del equipo no acabaron por quitar de su cabeza la expectativa, pero un poco sí la ilusión inmediata. Al cabo de unos años se compró con cien dólares (todo su sueldo de practicante en un diario) sus primeros “pies de gato” , los famosos zapatos de base de caucho que han de usarse con dos tallas menos a la normal para que los dedos se ajusten como si se estuviera empuñando la vida. Con algunas salidas en solitario a un muro público en Camacho -en el distrito de La Molina- le pareció ir comprendiendo que algo no calzaba en su percepción del entorno, mucho menos social. La rumia mental fue acumulándose con los años y la poca escalada. 
 
Al no alcanzar el simple objetivo de un rutinario entrenamiento le pareció seguir un curso de trabajos de altura en Toulouse, de difícil acceso, como le dicen en Francia a toda actividad que se realiza sujeto de un arnés y una cuerda para trabajar en superficies verticales a una distancia del suelo que puede dar miedo. Al cabo de una semana el profesor le dijo: “Te repruebo para protegerte, regresa el próximo año en mejor condición física y veremos”. No volvió. Jamás había sentido vértigo, pero durante esos días de clase el fantasma del fracaso lo obligó hasta sudar en chorros. Sin decepcionarse tanto de la derrota volvió a París y encontró el trabajo de cocinero en la sala de escalada. Pero escaló tan poco… quizá una vez cada tres meses, pero eso sí, respiró al menos el espectro de lo que abrigaba su obsesión silenciosa. El acercamiento a una actividad sin practicarla todo el tiempo, pero allí estaba, cocinando para escaladores soñando con serlo. ¿De qué literatura alimentarse para dibujar al personaje?, se ha preguntado infelizmente durante los cuatro años que limpió la cocina de tal lugar. Hasta que fue al médico porque la cuerda no se mantiene tensa para siempre.  Ya no podía dudar que algo se mantenía enredado. 
 
“El microadenoma detectado en su cerebro a los diez años le pudo haber causado el mutismo prolongado en ciertos espacios de virtual liberación emocional”, le explicó el especialista. 
 
En la tomografía solo ciertos colores turquesa terminaron por confirmar el no tan malo ensimismamiento patológico que lo obliga al placer de la soledad y la sola apariencia triste. El tratamiento con plantas le resultó caro, así que lo mejor fue abandonar su trabajo de cocinero, abandonar París, la gran ciudad eterna para quienes buscan la página tórrida (así se convenció) e instalarse en Marsella donde ya ha perdido mayor contacto con el médico y todo consejo desatado. Ese silencio que grita cuando empuña la piedra y maltrata sus yemas y fuerza la vejez de sus falanges es batalla contra todo autismo y soledad, se ha convencido. 
 
“Qué bien que se mudó a Marsella, señor, le hará bien en no pensar tanto en el futuro”, fue lo último que le dijo el médico, “piense más en escalar en silencio y despacio”.