Los bosques de algarrobo y su importancia económica, un texto de Antonio Brack Egg

La nota que colgamos en esta plataforma en la mañana para dar cuenta de la mortandad -todavía inexplicable- que se cierne sobre las comunidades de los algarrobos norteños se viralizó rápidamente. No era para menos: la tragedia ambiental que supondría el colapso de una especie considerada por los habitantes de los departamentos donde crece (Tumbes, Piura, Lambayeque y La Libertad) como un regalo de Dios es de proporciones inauditas.

Un Armagedón ecosistémico en una región tantas veces castigada por los desastres de El Niño y otros más.

De los algarrobos y los algarrobales se ha dicho y se dice mucho en los cenáculos académicos. Muy poco, lamentablemente, en la prensa: el público común y corriente, ese que se horroriza con la votación del Frepap o con los escándalos de Odebrecht, no sabe de su importancia, no ha tenido contacto con el arbolito del que hablamos: un coloso adaptado a vivir en los calores del bosque seco ecuatorial y en los desiertos abrazadores del departamento de Ica que define la vida tal como la conocemos en las geografías donde se ha desarrollado.

El algarrobo peruano (Prosopis pallida) es una especie emparentada con una familia arbórea que crece en condiciones extremas en nuestro continente y en otros confines del planeta. Anne Marie Hocquenghem, autora de un libro extraordinario sobre el bosque seco de Piura, lo caracteriza mejor que nadie cuando dice que “allí crece, en primer lugar, el algarrobo americano, leguminosa de hojas caducas, ramas abiertas en forma de sombrilla, follaje verde obscuro muy delgado y frutos, unas vainas de color ámbar y de intensa dulzura [que] compone la silueta más familiar de todo el norte costeño”.

“Cubre extensiones del despoblado, pero también las terrazas fluviales y los lechos de las quebradas y ríos secos. Gracias a su aptitud de hundir sus raíces a 30 metros del pie y a 15 o 20 metros de profundidad, resiste a los deslizamientos de terrenos y a los escurrimientos superficiales durante las lluvias extraordinarias y busca la humedad en las profundidades de la tierra en los años secos. Este árbol, que llega a alcanzar hasta 20 metros de altura, es el árbol de vida: provee al hombre madera, combustible, forraje, sombra y belleza”.

Los piuranos, la gente del norte sabe muy bien lo que trató de expresar la peruanista francesa.

Tengo uno en el jardín de mi casa en San Bartolo que cuido con esmero y renovada admiración. Hoy lo he acariciado más de la cuenta. Y al terminar de hacerlo corrí a buscar las notas que les dejo sobre la especie escritas por Antonio Brack Egg para un libro sobre los bosques peruanos. Tenemos que retomar la tarea de peruanizarnos. Desconocemos lo que tenemos, lo que es nuestro y puede salvarnos de la hecatombe ambiental que se nos viene y en estos tiempos de poca memoria histórica y desapego por la ciencia, la ignorancia es suicida. No exagero esta vez.

Los dejo con el maestro Brack.

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El queñual, el árbol nativo que puede salvar al mundo

Me encantan los poyilepis, los árboles que aprendí a identificar desde mis primeras incursiones por la Cordillera Blanca y el Parque Nacional Huascarán. Los he visto y admirado a lo largo de casi toda la sierra del Perú y Bolivia. Y aunque también habitan las zonas altas de Chile y Argentina, la queuña – también queñual o queñua- es para mí el árbol más representativo de la riqueza forestal de los Andes del Perú. Por eso es que saludo el inicio de la versión Queuña Raymi 2019 , singular campaña de reforestación, que empieza en Huilloc este primero de diciembre.

Como se sabe, la feliz iniciativa viene siendo impulsada por ECOAN, la institución líder en nuestro país en conservación de los bosques andinos y sus imprescindibles entornos, desde el 2014.

El año pasado nutridos grupos de campesinos de 21 comunidades de la cordillera de Vilcanota, una de las más afectadas por la desaparición paulatina de la especie, se reunieron para plantar 140 mil arbolitos de queuña en las alturas del Cusco.

Tino Aucca, el hombre fuerte de ECOAN y curtido soñador en tiempos mejores, lanzó hace unos días la meta del Queuña Raymi que se aproxima: plantar 220 mil árboles de polylepis con la intención de dar batalla frontal al calentamiento global y a la pérdida de una memoria verde que estamos en la obligación de recuperar. Y hacerlo, además, con las manos de comuneros y activistas ambientales de diversos colectivos y empresas comprometidas con el cambio y el desarrollo social.

El 13 de diciembre me sumo al esfuerzo. He quedado en acompañar a mis amigos de La Base Lamay en la siembra de siete mil plantones de queuña en las tierras de la comunidad campesina de Huama. En estos días les cuento más de la iniciativa en marcha que debe estar terminando en febrero del próximo año.

Se puede, claro que se puede…

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