Cazadores furtivos matan a Rafiki, uno de los gorilas de montaña más famosos de Uganda

Como para no creerlo, la insania humana no tiene cuando acabar, pareciera ilimitada. En febrero cazadores furtivos abatieron a una jirafa blanca y su cría, las únicas en el planeta, en la reserva de Ishaqbini Hirola, Kenia y ahora otros bárbaros acaban de hacer lo mismo con Rafiki, uno de los gorilas de montaña más famosos de Uganda.

El Parque Nacional del Impenetrable Bosque de Bwindi, hogar del célebre Rafiki, amigo en suajili, se encuentra en una frontera compartida por Uganda, Ruanda y la República Popular del Congo. En abril, en el Parque Nacional Virunga, Congo, trece guardaparques al cuidado de la misma población de gorilas de montaña fueron asesinados por la guerrilla que opera en la zona. No digo más: mientras algunos soñamos, todavía, con un mundo mejor después de la pandemia que continúa haciendo estragos entre los terrícolas, otros se ensañan con la poca vida silvestre que nos queda y con los que la cuidan con tanto esmero y a costa de sus propias vidas. Patético.

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El ranger que se juega la vida por los gorilas de Virunga en el Congo

Hace unos días les pasé por aquí una nota que daba cuenta del trabajo de las akashingas de Zimbabue, en África, un vigoroso ejército de mujeres enfrentadas a la caza ilegal. Ahora les propongo esta otra historia: la de Innocent Mburanumwe, guardaparque –ranger- como su padre y también su tío en los bosques del Parque Nacional Virunga, en la República Democrática del Congo, el lugar en el mundo con la mayor concentración de gorilas de montaña.

Mburanumwe, como miles de rangers en todas partes, se enfrenta cotidianamente a las huestes, muy bien armadas, de uno de los negocios más viles y rentables de este, a veces, incomprensible planeta. Ciento treinta guardaparques han sido asesinados en Virunga en los últimos veinte años. Increíble, la cifra es de espanto y grafica por sí misma la situación en una región del continente africano extremadamente violenta y rica en recursos naturales. No digo más para no caer en simplificaciones. África sigue siendo un enigma para los que vivimos fuera de sus entornos.

Acabo de leer la crónica del escritor senegalés Boubacar Boris Diop sobre su terruño en el especial “Contar(nos) el mundo” que acaba de publicar Altaïr. Allí comenta: “Me ha ocurrido que un europeo, después de saber que soy senegalés, me diga con una gran sonrisa que su yerno vive en Chad, pareciendo creer que por fuerza debo conocerlo”. Trataré de ser más cuidadoso cuando me toque hablar de África, un continente que apenas conozco y apetezco recorrer. Quiero ir al Congo, lo estoy anotando en mi cuaderno de viajes. Y quiero hacerlo por Mburanumwe, las akashingas de Zimbabue y por los tantos yerros que vamos cometiendo en función a nuestra supina ignorancia ante una de las geografías más subyugantes de la Tierra.

Lindo fin de año, nos vamos despidiendo; les dejo por aquí la crónica de José Naranjo para El País, me ha encantado. Quiero volver a África.

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