Denuncian atroz cacería de guanayes y chuitas en playas de Huarmey

Si hace unas semanas nos sumamos a la denuncia del tráfico inmisericorde de pihuichos en Bagua nos toca referirnos ahora a otra bestialidad propia de la sinrazón humana: la matanza con fines comerciales de chuitas y guanayes en la costa norte de Lima.

Las chuitas o cormoranes de pata roja (Phalacrocorax gaimardi) hace mucho que fueron incluidas en la lista de especies amenazadas de la UICN y en la actualidad brillan por su ausencia en los rocadales de Lima y gran parte del litoral donde antes era común verlas. Junto a cushuris y guanayes fueron en épocas pretéritas la base de la riqueza guanera de nuestro país. Hoy su carne es buscada, como antes la de los delfines, para la preparación de ceviches y picantes. Tremendo.

Lo mismo sucede con las colonias de guanayes (Phalacrocorax bugainvilii), otrora las más numerosas
de la corriente de Humboldt. Nosotros, de niños, llamábamos a los individuos de la especie simplemente patillos.

En Chile, donde arriban en una determinada época del año en busca de las concentraciones de anchoveta que se refugian en busca de las aguas más frías, recibe diferentes nominaciones: pato cholo, pato Lilo, pato Yeco, pato de mar.

Hay que frenar esta matanza. Los guanayes cumplen una función importante en los ecosistemas marinos que habitan y el sistema de protección que el Perú creó en sus islas y puntas guaneras más representativas les sirve como espacio de nidificación. Mano dura contra estos criminales y que se activen las reglamentaciones que penan este delito.

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Un paseo por Pampa Galeras y San Fernando [FOTOS]

Hace unos días, creo que se los había comentado, en medio de un merecido descanso después de varias horas de grabación sobre la inclemente pampa de Nazca -cervecitas heladas de reglamento- me encontré con Marc Dourojeanni y su linda familia. Venían de Pampa Galeras y estaban eufóricos, Marc y Maria Tereza, su esposa, me contaron con tremendo entusiasmo que habían tenido la suerte de toparse en plena puna con una tropilla de guanacos en excelente estado.

Dourojeanni y Antonio Brack, es bueno recordarlo, protagonizaron a lo largo de la década de los años setenta una ardua batalla por la adecuada protección de las vicuñas de Pampa Galeras. En esa justa se gestó el movimiento conservacionisita peruano. Los arrebatos de la dupla, el profundo contenido social de sus propuestas, la terca polémica que Brack sostuviera con Felipe Benavides, entonces figura señera del cuidado ambiental, sirvieron para consolidar, entre otras cosas, el modelo de gestión sobre las áreas naturales protegidas que hasta ahora nos caracteriza.

En otras palabras tuve la suerte de encontrarme con el maestro en uno de sus hábitats preferidos.

Solo agregar que San Fernando, en Marcona, el segundo destino de su periplo sureño, fue una de las preocupaciones que compartí en vida con Antonio Brack, quien fue la persona que mejor supo referirme la importancia que guardaba la ensenada y su entorno desértico, cerro Huaricangana incluido. De manera que este encuentro en Nazca tuvo ingredientes personales que lo van a convertir, en mi memoria al menos, en inolvidable.

Marc me agradece en un atento mail que me acaban de pasar por las revistas Viajeros que les dejé y el interés que puse en contactarlo con un buen baquiano en esto de navegar sobre las dunas del desierto que se extiende entre Nazca y San Fernando. Y como buen caballero y hombre de acción me envía, calientitos, sus apuntes sobresu paseo por las incontrastables reservas nacionales del sur peruano. Disfruten las fotos y la precisión del análisis.

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