Tiempos modernos: La utopía urgente de volver al campo

Pablo del Llano para El País de España

Mi opinión

Matias Ballon y Nadia Balducci, con Julián, su hijito de un año, se han mudado a una casita a pocos minutos de la apacible ciudad de Urubamba, en el Valle Sagrado de los Incas. Dejan en esta urbe de la que se alejan por un tiempo a sus padres, mis vecinos de toda la vida en San Bartolo, a los amigos de siempre y el departamento que habitaron con tanto amor frente al mar de La Herradura. Eduardo, el papá de Matías, el contramaestre del proyecto Alto Perú, me cuenta que los chicos ni bien alquilaron su huarique chorrillano liaron bártulos y se fueron a respirar el aire fresco que desciende de las alturas del apu Chicón.

Como ellos, otros muchachos y algunos lecherazos como Manolo de la Cuba, en las afueras de Tarapoto, o los Shoobridge-Leyva, también en la campiña que riega el río Willcamayu, o Rocio Flórez y su prole que quiero tanto en Cocachimba, departamento de Amazonas, hace tiempo que abandonaron la selva de cemento para clavar su pica en Flandes, que no es otro lugar que el que alguna vez soñaron para tomar el desayuno bajo la sombra del huaranhuay, el molle, la pomarrosa o el árbol que fuere: el espacio buscado para saborear el olor de la tierra mojada por la lluvia y entender por fin la trascendencia que tienen las noches pobladas de hadas que invitan a esperar el día siguiente con la ilusión invicta.

Los envidio, a medias: pronto habré de tomar, como ellos y los chavales de esta historia que acabo de recoger del madrileño diario El País, el camino de retorno a la levedad de las horas que es el vivir de cara al sol.

Y digo a medias porque tengo la fortuna de estar haciéndolo al lado de la mamacocha, en un bordecito de los andes limeños confiado en el arribo de los buenos tiempos y en la victoria colectiva de los que nos afanamos en creer, pese a tanto, en ese #otromundoposible que se merecen los que vienen.

El retorno a los orígenes, la vuelta a la ruralia de la que habla John Berger en sus textos de feliz exiliado en la campiña francesa empieza a tomar cuerpo, la pandemia de marras lo está posibilitando. En España, un país que concentra a 41 de sus 48 millones de habitantes en el 30 por ciento de su territorio, la vuelta al campo empieza a notarse y de eso habla la nota que les propongo.

Qué bueno, cuánta dicha me da que tantos chicos como Matías, como Nadia estén dando el salto. Quién sabe si lo que necesitamos para enderezar el rumbo que ha tomado la vida tal como la concebimos en las ciudades que hemos creado, tan irracional, tan consumista, tan insulsa, sea un baño de campo, que importa si éste es cortito, que nos sirva para embriagarnos con el perfume de las flores o el aliento que llega desde lo más profundo del océano. Yo siento ese impulso todos los días en San Bartolo, a cincuenta siglos, mejor digo kilómetros, de Lima. Buen domingo, preparémonos para el retorno, aunque sea por una vez.

Buena tierra, sobrinos.

Carola es una niña de tres años que acaba de descubrir su amor por los tractores. Vive desde julio en Arboleya, una aldea asturiana de 30 vecinos. Antes vivía en Tetuán, un distrito de Madrid de 161.000 habitantes. Su hermano, Tomé, tiene seis años y le gusta la aldea porque aquí puede jugar. Hoy ha comido cocido. Hace frío y Tomé sopla con un pompero burbujas de jabón al aire limpio de invierno.

—En Madrid también podías jugar.

—Sí, pero aquí puedo salir a jugar solo.

En Ollauri (320 habitantes; La Rioja) ha reabierto la escuela con la llegada de varios niños. Héctor, un crío de largas pestañas y ojos de alma honda, es uno de ellos. Tiene nueve años y vivía en un décimo piso en Alcorcón. Durante la pandemia sus padres tuvieron que llevarlo al psicólogo porque creía que se iba a morir. En septiembre se mudaron al pueblo. Una mañana de diciembre, estaba en su pupitre haciendo con sus nuevos compañeros de primaria un árbol compuesto de cartulinas en las que escribían sus deseos navideños.

—¿Tú qué has pedido?

—Que nadie de mi familia se muera. Y de segundo, el Cortex Challenge, un juego de memoria.

Era una noche de octubre cuando Samara llegó con su padre en paro de la ciudad de Valencia a Villerías de Campos, una pedanía palentina con 60 vecinos. De aquella noche recuerda que, según se acercaban en coche, estaba todo oscurísimo e iba como hipnotizada por el extraño parpadeo rojo de los molinos eólicos. Tiene 12 años. Al principio temía que le costase integrarse en el instituto, pero le ha ido bien. Estudia en el Jorge Manrique de Palencia, a media hora en coche.

—¿Quién fue Jorge Manrique?

—No lo sé. Es que acabo de llegar…

—¿Podrías buscarlo en Google, por favor?

—Sí, espera que me acerco a la ventana para coger cobertura —dice en su cuarto, móvil en mano.

Teclea y lee que “Jorge Manrique fue un poeta castellano del Prerrenacimiento y un hombre de armas”.

El Frago (50 habitantes; Zaragoza) fue fundado en el siglo XII por Alfonso I el Batallador. Los Uruguayos —Verónica Giacoboni y Santiago Campiglia— llegaron en septiembre desde la costa levantina. Tienen dos perritas miméticas de raza Jack Russell que solo ellos logran distinguir: Mila y su hija Arya, a la que llamaron así por la valiente heroína de Juego de tronos que mató al Rey de la Noche.

El 21 de junio se terminó el primer estado de alarma. A los cinco días, Alona y Alberto se subieron a su furgoneta de camping y dejaron su adosado de alquiler en la sierra de Madrid para comenzar una nueva vida en una antigua casa campesina en Muras (Lugo), un Ayuntamiento de 642 vecinos que desde mediados del siglo XX ha perdido un 80% de población. La primera noche la pasaron en una tienda en el patio. De madrugada oyeron lobos. Para ahuyentarlos, pusieron música tecno.

Ana Moreno y Julio Albarrán, los padres de Tomé y Carola, ya tenían pensado irse al campo antes de que “todo esto” ocurriese. “Todo esto” fue lo que precipitó la operación, o, en palabras de Ana, “la necesaria y definitiva patada en el culo” para llevarla a cabo y al fin mudarse de la capital a un sitio sereno como Arboleya.

¿Cuánta gente habrá hecho lo mismo desde marzo? ¿Desde dónde, hacia dónde, con qué motivos?

No tenemos ni idea. Lo que hay es un cúmulo de indicios que no sabemos si pueden o no suponer un hito de un proceso que debiera darse en España: el equilibrio estructural —y espiritual— entre lo urbano y lo rural en un país que concentra a 41 de sus 48 millones de ciudadanos en un 30% del territorio. Hay indicios subjetivos —como la cara de éxtasis de tu amiga en el selfi que te envía con su orondo bebé desde la aldea de su familia, a donde se ha ido a teletrabajar, y tu reacción a la foto desde la ciudad: “Quiero una aldea y un bebé orondo”—; y los hay objetivos pero puntuales: desde iniciativas de Ayuntamientos que tratan de atraer población joven con buen Internet hasta datos como el aumento de búsquedas de vivienda en municipios de menos de 5.000 habitantes registrado por Idealista (14,8% del total en noviembre pasado frente al 10,1% de enero de 2020), o el subidón de solicitudes para mudarse a un pueblo que ha tenido Proyecto Arraigo: 2.000 en 10 meses, tantas como en cuatro años desde que abrieron su empresa de ayuda a la repoblación. El Instituto Nacional de Estadística ha avanzado a El País Semanal que planea estudiar en los próximos meses los movimientos de población de la ciudad al campo que se hayan podido producir durante la pandemia. Análisis como este parecen indispensables para fundamentar las estrategias de la Secretaría General para el Reto Demográfico, creada en 2020; el órgano ad hoc de mayor rango en la historia del Gobierno estatal.

Por un camino de Arboleya pasa un vecino.

—¿Usted cree que el campo se reactivará?

—Yo no lo veré, pero no queda otra —responde.

Pues está lo del medio ambiente, lo de las grandes urbes (más caras, más desiguales, más saturadas), lo de la adicción a los móviles y toda esta convulsión existencial que viene siendo el siglo XXI y que tiene al ser humano sin poder respirar. Sin poder respirar de ansiedad y sin poder respirar por el virus, que parece la materialización patógena de nuestro tiempo.

Julio Albarrán y Ana Moreno con sus hijos Tomé y Carola en Arboleya.
Julio Albarrán y Ana Moreno con sus hijos Tomé y Carola en Arboleya. THE KIDS ARE RIGHT

Carola y Tomé tienen una amiga que se llama Selma que vive en el pueblo de al lado. Selma vivió en Ciudad de México, y si bien allí le encantaba ir al cine —cómo olvidar aquella tarde en que vio Zootopia, protagonizada por la coneja policía Judy Hopps—, cree que aquí hay una cosa que le gusta todavía más: “El aire puro”.

Ana y Julio, artista textil de 40 años y fotógrafo de 37, se sienten seguros de la decisión que han tomado. “Vinimos con dudas, pero esto es increíble. A veces me quedo boba mirando por la ventana y me preguntó si algún día me hartaré”, dice ella desde su holgada vivienda de 400 euros al mes de renta con vistas a los Picos de Europa. “¿Aunque sabes qué echo de menos?”, añade. “De vez en cuando, una llamadita al Burger King”.

Las tierras de la comarca de Haro son ocres, marrones, rojizas. Tienen la gravedad metafísica de un lienzo de ­Rothko o del Perro semihundido de Goya, y dan unos vinos buenísimos. “Aquí te tomas por 80 céntimos un chato por el que en Madrid te cobrarían tres euros”, dice Javier Ruiz en la plaza de Ollauri, el pueblo del que escapó su madre hacia la ciudad en los años sesenta y al que él ha regresado con su familia escapando de la ciudad. “Jamás pensé que podría venirme a vivir aquí…”, cavila ante la fachada de una casa señorial cuyos escudos talló en arenisca Carmelo, su abuelo el cantero.

Fueron demasiadas semanas metidos los cuatro en el piso con las noticias de la pandemia. Héctor empezó a decir que no quería comer, que tenía una espina en la garganta que no le iba a salir. El médico les explicó que era pura angustia. Pasaron el verano en Ollauri en casa de la difunta abuela de Javier y el niño mejoró. En septiembre regresaron a Alcorcón para el inicio de curso, pero les dio pánico volverse a quedar allí confinados. Tramitaron el cambio de expediente de Héctor al colegio de Ollauri y el de su hija Paula, de 13 años, al cercano instituto de Haro. Para aprovechar el espacio del coche, en vez de usar maletas, Leticia García propuso a su marido apretujar la ropa en bolsas de basura de 30 litros.

—¿Qué sentiste al verlo todo así en tu casa?

—Alegría —contesta Héctor.

De Madrid echa de menos el metro y los trenes. Los domingos sus padres lo llevaban en metro hasta la estación de Atocha y allí, desde una pasarela, disfrutaba de las llegadas y salidas del AVE. El buen inglés que traía de su colegio bilingüe lo cuida con dos horas semanales de conversación telemática junto a niños de otros países dirigidas por un profesor desde Filipinas.

Héctor Ruiz García en su casa de Ollauri con su perra, 'Trufa'.
Héctor Ruiz García en su casa de Ollauri con su perra, ‘Trufa’. THE KIDS ARE RIGHT

Paula no veía claro lo del pueblo, aunque lo único que le fastidiaba de verdad era distanciarse de su amiga Andrea. En sí, para ella la vida en Alcorcón no tenía grandes alicientes: “Allí no tenía nada que hacer aparte de estar en casa leyendo o tocando el piano”, dice. Aquí ha hecho pandilla y usa menos el móvil, lo que no impide que día a día siga por TikTok a @payton, un influencer de 17 años del que valora especialmente “su pelo”.

En Alcorcón su madre era peluquera en un centro para mayores. Con la pandemia entró en un ERTE. Entre Ollauri y alrededores no ha tardado en encontrar trabajo cuidando a ancianos a domicilio. Por ahora, Leticia prefiere su nueva vida. Cree que en la ciudad “la gente solo va a su bola”. Cuando ya llevaban unas semanas en el pueblo, se murió su madre y ella se sintió arropada por el cariño de los vecinos. El viejo pésame.

La fibra llegó aquí el año pasado. Gracias a eso, Javier programa sin problema para su empresa de Madrid desde el comedor de su abuela Constantina. Escribe código sobre el mismo mantel de hule que había cuando lo llevaban de niño al pueblo y comían alubias pochas. Equipado con un portátil y un monitor de sobremesa, junto al ratón inalámbrico que le acaba de llegar por correo y dos cotorras enjauladas, se siente “superbién” en este cuarto, aunque tiene que acordarse de sacar de encima de un mueble una escalofriante ardilla disecada que le gustaba mucho a la abuela.

—Mamá, ¿me traes leche con cereales?

—Cereales no quedan, ¿quieres un colacao?

—Bueno, vale, pero échale azúcar bastante.

David es el mayor. Tiene 15 años y es el que menos quería venir de Valencia a este pueblo ventoso llamado Villerías de Campos. Lo suyo era andar por ahí con sus colegas, con su look a la moda de pantalones estrechos y chaqueta plateada reflectante. “Los primeros días aquí me agobiaba bastante”, dice. “Estaba todo el día solo y no salía de casa. Pero me voy acostumbrando”. David es un chico de agudo sentido estético, y una cosa que le frustró al llegar fue que en Palencia no le cortaran el pelo como pidió: “Me lo cortaron todo, y yo quería un degradado con flequillo corto por delante”.

A Samara, la segunda, le gusta que en Villerías no hay tantos coches ni tanto ruido como en Valencia, “y eso mola”, y de Valencia le gustaban el verano y las Fallas, “porque está todo lleno de gente”. A la tercera, Tatiana, de 10 años, le parece que su ciudad era “muy chula porque había muchas niñas”, aunque en su clase en Ampudia —al lado de Villerías— tiene una compañera que se llama Alba que le cae de maravilla porque se parece a Lucía, su mejor amiga de Valencia, “y tenemos los mismos pensamientos”. En el pueblo sus sitios favoritos son “el estanque de las ranas” y el campo de fútbol de cemento, donde echa partidos con sus padres y con sus hermanos, entre ellos la benjamina, Carmen, de cinco años, que insiste en ser entrevistada como los demás y dice de carrerilla “A mí me gusta jugar con el viento pero no me puede gustar porque si no nos constipamos”.

Desde la izquierda: Tatiana hija, Samara, Carmen, Tatiana madre y David.
Desde la izquierda: Tatiana hija, Samara, Carmen, Tatiana madre y David. THE KIDS ARE RIGHT

Tatiana Arenas tiene 33 años y su marido, David García, 35. Ella era cocinera de un restaurante y entró en un ERTE en marzo. Él no conseguía un empleo fijo desde que hace dos años perdió su trabajo en una subcontrata de la empresa de frutos secos Churruca. “Cargaba para Turquía contenedores de sacos de kikos”, dice. “A los turcos les flipan los kikos”. Cuenta que pasó los primeros meses de la pandemia echando una mano en reformillas y en un taller mecánico para sumar con el paro de su mujer lo básico para alimentar a sus hijos. Dejaron de pagar el alquiler. Un día, a Tatiana se le ocurrió buscar información sobre pueblos que necesitaban familias y dio con Proyecto Arraigo. La empresa de vocación social que dirigen Enrique Martínez y su hijo Juan, ambos ingenieros, los puso en contacto con Mariano Paramio, alcalde de Villerías, productor de un rico queso de oveja churra y hombre con un único objetivo: “Que nuestro pueblo sea un pueblo vivo”. Paramio vivió en su infancia el éxodo rural y sostiene que más de medio siglo después está asomando un “cambio de percepción” de aquel traumático rechazo del campo hacia su revalorización. Los hijos de los que se fueron, razona, están viniendo más de vacaciones e incluso rehabilitando las casas porque ven lo que disfrutan los niños —es decir: los nietos y bisnietos de aquellos que emigraron a las ciudades por el bien de sus hijos—. “Es como una espiral que, muy lento, empieza a girar del revés”, observa.

Villerías acababa de rehabilitar la antigua casa del cura y David y Tatiana tenían cuatro niños: un maná en un país en cuyas zonas rurales los menores de 15 años son el 12,4% de la población, los mayores de 65 el 23,8% y la tasa de envejecimiento ha aumentado un 30% en los últimos años, según datos oficiales. Les alquilaron la vivienda a bajo precio y les brindaron trabajo, a él de alguacil y a ella de encargada del bar del Ayuntamiento. Tatiana llegó con las dos niñas pequeñas en un coche de alquiler lleno de bolsas y con la leche, las legumbres, la longaniza y el pollo que le ofreció antes de salir su pastor evangélico de Valencia. Maestra paellera, en Villerías de Campos ha aprendido a cocinar sopa de ajo, va recuperando el tiempo que atrás no pudo dedicar a sus hijos y casi ha dejado de ver Sálvame. “Yo he sufrido mucho en esta vida, y como creo en el karma siempre he pensado que algo grande me tenía que pasar. Me imaginaba que sería la lotería o algo así; pero el otro día le decía a David: ‘¿Y si era esto lo que nos tenía que pasar?”.

En tanto que Javier Ruiz, en Ollauri, tiene la dicha de contar con “fibra de 100 megas”, José Ramón Reyes carga con la cruz de una cobertura precaria para su pueblo, El Frago, un precioso enclave medieval erigido sobre un peñasco de roca aragonesa. Afiliado al Partido Comunista desde los 14 años, el alcalde reflexiona una mañana de domingo: “Si Marx vio el potencial de la electricidad para cambiar el mundo, qué hubiera dicho de Internet”. Serán las diez, y suenan en el bar los bufidos de vapor de la cafetera que maneja Santiago Campiglia.

Aquí Los Uruguayos son él y su pareja, Verónica Giacoboni, porque, en efecto, son uruguayos.

Se fueron de Montevideo en 2018. En los suburbios las cosas se estaban poniendo feas, y no lo aguantaron más cuando asaltaron a la madre de ella. “Le dieron con un fierro en la cabeza y le volaron tres dientes”, dice Verónica. Emigraron a España y trabajaron en el turismo en Xàbia hasta la pandemia. Se quedaron sin ingresos y con un alquiler oneroso. “La única ayuda que entraba en casa eran 30 euros al mes del Ayuntamiento para comprar en el supermercado Masymas”, detalla Santiago. A través de Proyecto Arraigo dieron con la posibilidad de irse a El Frago con un alquiler asequible y rentando el bar de la madre del alcalde. “Y los vecinos nos han dado una acogida bárbara”, dice él. Los clientes son siempre los mismos y en apenas un par de meses el Bar 4 Reyes funciona como si Los Uruguayos lo hubieran llevado de siempre. Saben, por ejemplo, que Domingo solo toma cerveza 0,0, o que a Eladio, el cabrero, le gusta la Fanta de naranja en vaso de tubo “y con un chorrito de vino”.

Verónica y Santiago se encuentran “contentos”, aunque se pasan el día entero en el bar. Cuando puede, a ella le gusta tejer o dormir la siesta. Él valora que su economía doméstica ahora es más sostenible. También que el aire es “buenísimo” y siente que se oxigena de lujo cuando sale a correr. Antes de adentrarse en los bosques, eso sí, preguntó si había osos. Eladio se ha convertido en su maestro de las cosas del lugar y una tarde se lo llevó a enseñarle a conocer las setas que se comen: “El rebollón, las setas de cardo, los morricos de corzo…”, dice el pastor.

Santiago y Verónica en su bar. A sus pies, Mila y Arya.
Santiago y Verónica en su bar. A sus pies, Mila y Arya. THE KIDS ARE RIGHT

Además de Los Uruguayos, a El Frago llegaron en octubre Nando González y Noemí Abad, una pareja de Santander —mensajero de paquetería y profesora particular de inglés— quemada de la ciudad y asustada con el virus porque ella tiene asma. “Yo ya no podía más”, confiesa Nando, que, bien abrigado y con su quinto en la mano en la plaza Mayor, emana plenitud.

Otra vecina desde el verano es Marina Joven, una terapeuta ocupacional cuyos abuelos se compraron hace tiempo una casa en El Frago. Le gustaría quedarse, pero como trabaja en persona con sus pacientes cree que tendrá que volver a Zaragoza. Marina va en silla de ruedas por una algodistrofia, una enfermedad neurológica que causa dolores severos. Uno de los beneficios del pueblo, dice, es que después de cada brote se recupera antes. Habla del silencio, de dormir mejor, de que un vecino te toque a la puerta para ver cómo estás, de que la cabeza le vaya “a dos mil por hora, como siempre”, pero teniendo el monte al lado para salir un rato a meditar, y del sonido de la escarcha “regalándose por las mañanas”.

Qué sutileza de verbo: regalar no de dar sino “Del lat. regelāre ‘deshelar”, dice la RAE.

—¿Es una utopía lo de irse al campo?

—Hoy por hoy, sí —responde en el bar—, pero a mi generación cada vez le interesa más y la administración lo va teniendo en cuenta. Yo soy de las que creen en que la sociedad avanza, y pienso que vamos camino de ello.

Marina ha dado talleres de igualdad en El Frago y ha tenido sus disensos con la madre del alcalde, Celia, conservadora aunque enemiga del machismo. Santiago, que en Uruguay hacía kickboxing, dio un curso de defensa personal y Celia explica que consistió en aprender a golpear a un posible agresor “para dejarlo esturdido”. Recuerda cuando la población de aquí era 10 veces mayor que ahora y en la escuela estudiaban en aulas separadas, con la Enciclopedia Álvarez como libro común y, aparte, labores para las niñas y trabajo en el huerto para los niños. En los sesenta, cuenta, “se empezó con los tractores y las máquinas y ya no hacía falta tanta mano de obra, y fue un desembarco grandísimo la de gente que se fue a Francia y a Zaragoza. Muchos hombres se quedaron porque tenían un trozo de tierra y estaban muy arraigados, pero las mujeres salieron a servir, y de tanto soltero ha venido la despoblación tan grande que tenemos”. Ella ve muy difícil que El Frago vuelva a ser un sitio tan vivo como cuando era niña, aunque su hijo esté “haciendo lo imposible”. Entre los vecinos han rehabilitado la abadía y José Ramón prevé que en breve se instale en ella un matrimonio de Soria con siete hijos. Además, espera que venga una pareja de Sevilla con otros cuatro. El alcalde podría reabrir pronto el colegio, su reto número uno. “Sin críos no hay pueblo”, afirma con su camiseta del Che Guevara.

Para Verónica Giacoboni habría nueva clientela con la que tratar de llevar su propuesta más allá de las hamburguesas y sus pizzas artesanas. “Con los mayores cuesta. Se extrañan si les pongo pasta con albóndigas. Me dicen: ‘Primero pasta, luego albóndigas’. El zucchini [calabacín] si lo pongo en suflé tampoco, porque lo toman en sopa. Empecé a hacer bizcocho y no me lo comían, porque según ellos solo se hace para los cumpleaños; pero entonces lo usé para hacer magdalenas y ahora sí me lo toman más con el café”. Verónica hace un esfuerzo intercultural por combinar lo uruguayo con lo local, aunque de broma ha advertido a la concurrencia que, si no se adaptan, les servirá solo tallos de borraja, una monástica hortaliza de Aragón.

Alona Litovinskaya muestra en el móvil las fotos de cuando era una ejecutiva con tacones de aguja.

—I was like a bullet —sonríe. Como una bala.

Ya había pasado bastante de aquello cuando conoció a Alberto Pérez Gordillo en un festival de música trance en Las Hurdes. Él la vio, le preguntó si tenía fuego y ella le dijo que sí; de modo que así nació en 2018 esta improbable pareja: él de Mérida y ella de Kazán.

Buscando campo, se fueron juntos a Miraflores de la Sierra, pero la vida de adosado a una hora de Madrid no les satisfizo y en 2019 salieron con su furgoneta a buscar “algo salvaje” por el norte. Yendo por Galicia, vieron en una web el anuncio de una vivienda rural deshabitada hace años, la visitaron y para ellos lo tenía todo: acceso por una pista pavimentada, agua de un manantial que sale allí mismo de unas rocas, papeles en regla y ningún otro humano en más de un kilómetro a la redonda. No les importó que aquello estuviera “en semirruina”, como lo define Alberto. Compraron y volvieron a Miraflores con la idea de ir reformando la casa con calma, pero su plan gradual voló por los aires con el confinamiento y en cuanto pudieron se marcharon a Muras. Llevan medio año en esta vivienda labriega del siglo XIX, situada sobre una ladera verde que va a dar a un riachuelo y a cuyo lado solo hay otra casa, abandonada hace décadas y en la que Alona siente “presencia de energías”.

—Esto era un caos cuando llegamos —dice—. Ahora también es un caos, pero un caos habitable.

Alona y Alberto en el patio de su casa, en un remoto rincón de Galicia.
Alona y Alberto en el patio de su casa, en un remoto rincón de Galicia. THE KIDS ARE RIGHT

A estas alturas han logrado adecentar con calidez, y alguna gotera, la parte donde estaba el pajar. El colchón lo tienen sobre el suelo envuelto en nórdicos: dos por encima, uno por abajo. Se calientan con una cocina de leña. Tienen buen chorizo y buen queso de la zona. Lo que no tienen es buen Internet. Alberto, técnico de sonido, ha colgado en el tendal del balcón una bolsa del súper que contiene un móvil viejo que hace de antena y capta la señal de 4G, y por bluetooth cogen cobertura dentro. Alona dice que si en sitios como este hubiera una conexión de calidad sus amigos techies de San Francisco, donde residió después de Kazán y de Moscú, se vendrían felices. Ella tiene la ilusión de montar en los alrededores de casa “proyectos de música inmersiva”. Él, que pasó siete años trabajando en Barcelona y seis en Madrid, desea poder sostener su vida aquí cuando “todo esto” amaine, “quizás saliendo por temporadas a currar en la ciudad”.

Adoran estar en medio de la nada y tener a unos minutos la cabecera municipal. Van a menudo de compras o a comer en el café restaurante O Santi, que tiene un soberbio menú de 10 euros y encima les recibe la paquetería. Hoy Alberto ha tomado lentejas de primero y bacalao con cebolla, y Alona ensalada y de segundo merluza a la plancha con patata cocida. Además, ella se volverá a casa con un chaleco que le pidió a Zara y él con una motosierra de gasolina que encargó por Amazon. Jeff Bezos y Amancio Ortega no creen que haya una España vacía.