Unas cervezas son Joaquín Sabina / Renato Cisneros

Al inicio mis ojos no podían estarse quietos. No sabía bien dónde colocarlos: si en el rostro sereno y cordial de Jimena, que me daba la bienvenida abriendo las puertas de par en par; o en esos gatos grises y amarillos que pasaban en silenciosa estampida debajo de los sofás del recibidor; o en los libros, marionetas, cuadros, barcos en miniatura, caballos de carrusel, trajes taurinos, bicicletas de juguete, básculas, lámparas, telescopios, imágenes piadosas de vírgenes, arcángeles, santos, y demás objetos que convertían el departamento de Joaquín Sabina en un museo barroco o en un retablo de la vida exagerada.

Durante esos primeros minutos me sentí como Charlie Bucket la mañana en que arribó a la Fábrica de Chocolates. De pronto, mientras seguía paseando la mirada por los inauditos adornos de esas paredes, apareció el señor Wonka. O mejor dicho su voz. O mejor dicho, el ruido de su voz, ese ruido pedregoso, como de metales pesados, como de vidrios no rotos sino rompiéndose.

«¿Dónde está el escritor peruano?», preguntó Sabina a lo lejos, dando unos taconazos en la madera. Yo, que acudía en plan reportero, pasmado por esa inesperada línea introductoria, solo atiné a responderle con un abrazo innecesariamente confianzudo. Dos noches atrás lo había visto desde lo alto de las tribunas del Palacio de los Deportes, al cierre del impecable concierto que ofreció Joan Manuel Serrat por su aniversario artístico número cincuenta. Los miles de espectadores se levantaron de sus sillas para recibir al Flaco de Úbeda, que salió sorpresivamente detrás del telón con su mítico sombrero bombín para cantar «Cuenta conmigo» con el catalán y mejorar una noche que hasta ese instante parecía inmejorable. Ese mismo ídolo callejero ovacionado en tantas plazas estaba ahora aquí, invitándome a tomar asiento al pie de una mesa larga y baja, en cuya superficie refulgían, al polo, dos latas rojas de cerveza Mahou.

Sabina, ya se sabe, es poseedor de un anecdotario inacabable. Por cada pregunta que se le formula, él devuelve, junto con una respuesta inteligente, dos o tres historias que cualquiera escucharía sin importar si son ciertas o no, agradeciendo incluso las posibles tergiversaciones que no hacen sino mejorar el relato de la realidad. Esa mañana, por ejemplo, contó que una noche, durante su largo exilio en Londres, se puso a cantar corridos mexicanos a todo pulmón en el bar donde trabajaba, muy cerquita de la mesa de unos parroquianos entre los que se hallaba George Harrison, con el único propósito de ahuyentar al ex Beatle («es que siempre he sido más hincha de los Rolling, en especial de Keith Richards»). Ante la bulla desatada por ese falso mariachi sabandija, Harrison abandonó el local de inmediato, dejándole una propina de cinco libras. En vez de conservar el billete como valioso souvenir, Joaquín se acercó a la barra y canjeó el dinero por alcohol suficiente para los siguientes tres días.

De esos relatos tiene cientos, todos llenos de madrugada, de celebridades, de humo, de música, de amigos, de sexo y de las drogas que hace rato ya no consume. Porque si antes Sabina era un noctámbulo vicioso, recalcitrante y confeso, hoy, con sesentaiséis encima —y el recuerdo intacto del infarto cerebral sufrido el 2001— prefiere el sosiego sedentario. Por eso no le cuesta nada quedarse un fin de semana en casa viendo películas al lado de Jimena o escribiendo las canciones que antes componía en las tabernas con mejor y peor fama de Madrid. Desde luego sale a veces a inspeccionar los alrededores de su barrio de siempre, Tirso de Molina, y no se reprime ante las ganas de calar un cigarro o tomar algo («un tequila antes que un whisky»), pero ha quitado el pie del acelerador, no vaya a ser que se le vacíen los frenos en alguna curva peligrosa.

Después de escucharlo hablar de su descubrimiento de la poesía de Vallejo; de los líos policiales que tuvo con su padre comisario; de su repulsión por los celulares que toman fotos y por las redes sociales; de la orfandad que siente ante los amigos que se le han ido muriendo, después de eso, dejé su edificio y me retiré a celebrar el encuentro en alguna cervecería de las inmediaciones.

Más tarde, ya en dirección a casa, mientras atravesaba la laberíntica estación de metro de Gran Vía, justo cuando ya empezaba a considerar que aquel miércoles primaveral podía calificar como «un día perfecto», justo ahí, me percaté de que mi billetera no estaba en el bolsillo de mi pantalón, ni en mi morral ni en ninguna parte. Me la acababan de robar. Nunca me había sentido como un personaje salido de alguna vieja canción de Sabina: pobre, rabioso e indocumentado.