Una historia de creyentes

Dibujo de Andrea Lértora

Mi opinión

A pesar de vivir en la otra orilla de este mar interminable que es el desierto de Sechura, los lugareños de estas caletas que se avientan al Pacífico para vivir de sus frutos y de su compañía, celebran sus fiestas con devoción y extraña algarabía. Por aquí se reverencia cada junio a San Pedro, patrón de los pescadores y en Navidad y Año Nuevo el recogimiento absoluto cubre las calles cargadas de polvo y desesperanzas. En Bayóvar, hace mucho, encontré en los rostros de Salchipapa y la India, su mujer, a ese Dios mundano que acompaña a los sufrientes y nos hace pensar en días mejores.

Bayóvar se ubica al otro lado del mundo. La carretera panamericana avanza incontenible muy lejos de sus playas de hermosura y abandono incomparables. Entre la cinta de asfalto que comunica a todos los pueblos conocidos del extremo norte del país y esta parte de la costa bella y abandonada por hombres y poblados, el desierto ha sabido inundar las soledades con un manto de sopor y vida salvaje. En estos parajes donde todo parece detenido, los nombres de las localidades no intenta escribir lo que existe: San Pedro, Chuyillaque, Mata Caballo, Constante, Parachique, Virrilá.

A pesar de vivir en la otra orilla de este mar interminable que es el desierto de Sechura, los lugareños de estas caletas que se avientan al Pacífico para vivir de sus frutos y de su compañía, celebran sus fiestas con devoción y extraña algarabía. Por aquí se reverencia cada junio a San Pedro, patrón de los pescadores y en Navidad y Año Nuevo el recogimiento absoluto cubre las calles cargadas de polvo y desesperanzas. En Bayóvar, hace mucho, encontré en los rostros de Salchipapa y la India, su mujer, a ese Dios mundano que acompaña a los sufrientes y nos hace pensar en días mejores.

La camioneta rugía por esos caminos desnudos de gentes y animales. Viajar por la pista que une el manglar de San Pedro con Bayóvar,  resulta una de las mejores navegaciones por la costa peruana: los algarrobales y vichayos se estremecen en el suelo seco y agonizante del desierto mientras el azul intenso del mar y los cielos distraen a cualquiera. La temperatura maltrata máquinas y cuerpos y las lagartijas vuelan como nadan los pingüinos en el océano próximo. De pronto un camino interrumpe mis divagaciones y distraído volteó el timón en dirección a lo desconocido. Cinco minutos después de dar saltos por una trocha abandonada me doy de bruces con una playa maravillosa. Aguas calmas y espumosas, aves de intrépidos vuelos, aroma de otras épocas, dulces evocaciones. El sueño.

Dejo el vehículo a un lado y me pongo a caminar por la arena permitiendo que mis pies toquen suavemente las ondas que lamen el continente. Grito al viento mi felicidad. Soy el dueño del mundo. De pronto, a lo lejos, un hombre me hace señas como queriendo invitarme a su morada escondida entre la nada. Me acercó hacia él. No está solo, una mujer suplicante llora a su lado y no deja de agradecer al Divino por tan oportuna aparición. “Atrás, mujer, vas a asustar al amigo”, escucho confundido una voz gruesa, casi tronante. Trato de ocultar mis temores  y me asombró con su historia. Se trata de una pareja, dos seres humanos arrojados por las inequidades del sistema,  viviendo de lo que  naturaleza les prodiga en en una playa perdida en el litoral infinito. A veces un pulpo, un pez, un manojo de conchas. Una vez, una sola vez, un marrano que en su cimarronaje más atrevido fue a parar a la mesa de estos náufragos. La vida adquiere proporciones increíbles en los filos del abismo, pienso. La India se atreve a lanzarme una súplica que tiene más de rezo:

“Gracias, señor, Dios escuchó mis oraciones, hace varios días que se nos acabó el agua y nos estamos muriendo de sed. Conseguir agua por aquí es imposible. Recé, recé toda la noche y entre sueños alguien me dijo que un hombre vendría a traernos agua y un poco de carne”. Con gusto me animo a trasladarlos con todos sus cacharros a cuestas en busca del líquido que ha de calmar sus penas: doce kilómetros más allá de su destartalada vivienda construida con los despojos de todos los naufragios del mundo encontramos un pozo rebosante de agua. La felicidad tiene el rostro de la India y el agradecimiento la faz de Salchipapa. Me sentí dichoso. Retornamos, yo silbando viejas tonadas, ellos musitando cualquier cosa. Por el espejo retrovisor observo sus ojos. Debo ser el Mesías.

Una trocha salida de la nada interrumpe mis mejores pensamientos. Vuelvo a tomar un atajo, una voz que nadie escucha me traslada a un nuevo rincón del mismo desierto interminable. A un lado del sendero diviso a otro hombre que me llama y luego de pedirme que lo lleve a Bayóvar me ofrece los trozos frescos de un chivo recién sacrificado. Recibo el presente y lo traslado de manos. Se ha cumplido el milagro: Salchipapa y la India tendrán esta Navidad motivos nuevos para seguir creyendo en esos dioses buenos que acompañan a los hombres de fe. Yo, que hasta entonces solo sabía de rutas y de trajines, mil motivos para seguir confiando en esas luces que se prenden en el firmamento para decirnos que no estamos solos. Que somos pequeñas criaturas rodeadas de ángeles.

(Salchipapa existe, su nombre es Gustavo Martínez Ruiz y es de Pisco. Su mujer a quien él también llama la Serrana lo ha seguido a los extremos del mundo para vivir de los milagros. La playa tiene cualquier nombre: tal vez Punta del Zorro o Vichayos, no lo sé. Los incrédulos habrán de saber que en el kilómetro 13 de la vía Bayóvar – Repartición, cuando el sol quema y la vida agota, existe un camino que se introduce en lo que va quedando del bosque seco que conduce al paraíso. Allí los podrá encontrar).

Buen viaje…