Una navegación por los mares del sur

El Don Baldo, el barco de Naviera Austral que hace la ruta Quellón, en Chiloé – Coyhaique, sur extremo de Chile, era un gigante amplio, espacioso y marchaba a buen ritmo.
 
Yo, mientras tanto, tomaba vino, respiraba hondo y leía a Mempo Gardinelli, el autor de “Final de novela en Patagonia”.
 
Doscientos pasajeros me acompañaban en la travesía por un mar encrespado que iba recibiendo, proceloso, conforme avanzábamos, los primeros copos de hielo  que se  desprendían de los grandes bloques del fin del mundo antártico.
 
Los puertos y caletas se sucedían unos a otro: Melinca, Puerto Balmaceda… más nombres enigmáticos.
 
 
Un gallo que han dejado sobre cubierta no se olvida de su trabajo y quiquiriquea de lo lindo.
 
Hemos ingresado a un universo sembrado de canales que se introducen entre islas, islotes, farallones y los últimos acantilados de una cordillera exangüe, poblada de bosques repletos de árboles de otros tiempos.
 
En estas costas cortadas verticalmente por el viento y la furia del mar no hay un solo milímetro de vías de asfalto. Todo es naturaleza y vida plena. El mar pareciera ser la única y gran avenida.
 
La selva magallánica que observo desde el Don Baldo parece impenetrable, jurásica. Indestructible.
 
Luego Puerto Cisne, de allí Cala, al final Gaviota: un pueblito en una loma cercada por un paraíso donde sería bueno llegar a morir.
 
Puerto Aguirre, Puerto Chacabuco, después Coyhaique.
 
La ruta ha sido una de las más hermosas que he transitado en mi vida. Un muchacho toca en su guitarra eléctrica las últimas notas de un blues lastimero. Yo sonrío y me voy despidiendo.
 
Hay que seguir andando. Siempre”.
 
📸Quellón, archipiélago de Chiloé, algunas horas después de haber partido.
Luego Puerto Cisne, de allí Cala, al final Gaviota: un pueblito en una loma cercada por un paraíso donde sería bueno llegar a morir.