Viajero de la Semana
Por Gunther Félix

Gunther Félix, enamorado de la belleza del país, periodista viajero…

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Gunther Félix pertenece a la nueva hornada de periodistas de la revista Rumbos, la publicación pionera en viajes, conservación de la biodiversidad y turismo sostenible en el Perú. Lo conocí mientras navegábamos por el río Amazonas y hemos vuelto a coincidir en un viaje por las bellísimas playas de Huarmey. Me da mucho gusto encontrarme con muchachos como él, atentos a la inconmensurable belleza de los paisajes que se agolpan en nuestro país y respetuosos del hálito de su gente. Viajeros, pues, en la verdadera acepción del término. Buen viaje para todos ellos y que siga la fiesta.

Debo admitir que no siempre me gustó viajar, desconectarme del mundo, salir de la rutina, conocer el Perú o estirar las piernas. De hecho, confieso que mi yo pequeño era hogareño. Prefería quedarme en la sala rodeado de videojuegos o perder el tiempo viendo largas maratones de dibujos animados. ¿A quién habrás salido?, escuche decir a más de un familiar. Ni yo lo sabía.

No obstante, las cosas cambiaron durante una visita a la casa de campo de mi abuelo. Cada año, mi familia acostumbra viajar a Junín, a visitar Satipo, a internarse en lo profundo de Mazamari, a pasar las vacaciones de medio año en el centro poblado de Centro Cubaro. Hasta allí llegábamos, a un puñado de casas desperdigadas en medio de una selva que calienta durante el día y refresca por la noche. Y, como era de esperarse, yo los acompañaba a regañadientes. Me quejaba de todo: de la insolación, de los ataques de los mosquitos, de no contar con electricidad, y, prácticamente, de no estar en la capital. Entonces, se me presentó una oportunidad: mi tío paterno, el entrañable AFF, debía retornar antes a Lima para arreglar algunos asuntos de trabajo y me preguntó si quería acompañarlo (mi familia vive en la casa de mi tío). Acepté sin pensarlo dos veces. Era domingo. Tenía apenas 13 años.

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¿Han escuchado eso de que para despertar nuestro poder interior, primero hay que forzarlo? Bueno pues algo así me pasó durante el viaje de retorno que emprendí junto a mi tío, el entrañable AFF. Eso sí, en ese recorrido no desperté ningún poder interior pero sí mi interés por viajar. Era domingo y los domingos no subía ningún vehículo al pueblo. La única forma de retornar al distrito de Mazamari era bajando a pie. Y así empezó mi primer periplo por el Perú. Más de seis horas atravesando la geografía inexacta de la selva, alimentándome de los frutos que encontraba al paso, pero sobre todo, ensimismado en las mil y una historias que AFF desempolvaba de sus años maravillosos como periodista y enviado especial del diario Expreso.

De pronto, como si se tratara de una cortina que se va abriendo poco a poco, empecé a apreciar más lo que ignoraba: apreciar los paisajes, viajar en escala para visitar, de pasadita, a los primos y tíos que todavía vivían en Satipo y Chanchamayo, y escuchar más a menudo a los demás.

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Un viaje a la vez

A partir de ese episodio mi vocación comenzó a tener su propio rumbo. Descarté la opción de estudiar economía y me decidí por “el mejor oficio del mundo”. Mi mejor decisión  porque lo último que deseaba era trabajar en horarios de oficina y vestir de saco y corbata todos los días.

Durante los tres primeros años de universidad no pasó nada interesante. Mi momento llegó cuando cursaba el VIII ciclo. Empecé a trabajar en la revista Rumbos del Perú  y desde entonces no he parado de viajar. No llevo la cuenta de las regiones que he visitado ni las distancias que he recorrido. Pienso que los viajes no se miden por los kilómetros, sino por los buenos momentos que viviste y que quedarán en el recuerdo para después volver a vivirlo. Y eso lo aprendí en Rumbos, una revista con gente igual de viajera que yo, aunque algunos con más experiencias y emociones vividas. Gente profesional que me ha contagiado ese compromiso irrompible de motivar a otros a viajar, a contarles por qué el Perú merece que lo conozcamos más y a explicarles la importancia de preservar nuestro patrimonio natural y cultural.

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Ahora ese era yo: un calichín –todavía lo sigo siendo, pero ahora con más cancha– empedernido por seguir descubriendo mi país y mostrarlo a los demás, a la señora que vende abarrotes en la bodega de la esquina o a ese extranjero que desconoce cuál será su siguiente rumbo por el mundo.

Escribo estas líneas un domingo por la noche. Me estoy acostumbrando a escribir cada vez más por las noches. Será porque son más tranquilas o porque a esa hora no hay nadie quien me moleste. Y mientras lo hago, proyecto en mi mente varios recuerdos interesantes, algunos desafortunados y otros tan buenos que se inmortalizaron en mi cabeza. Me ha pasado de todo en los viajes o eso creo. He dormido en la suite de un hotel caro de Ucayali y al otro mes, en una cabaña con techos de irapay en medio de la jungla. En un día he amanecido cerca al cielo, congelado  a más de 4.000 m.s.n.m. y para el atardecer, me encontraba a orillas del Pacífico en un balneario popular de Áncash.

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También me quedé fascinado tras navegar el río más caudaloso del mundo. Pude sobrevolar la amazonía peruana para comprobar las cicatrices dejadas por la minería informal. Conviví con la etnia nativa más numerosa de la selva peruana, los Asháninkas. Descubrí que el VRAEM no es un lugar para temer, a veces uno puede terminar enamorándose de su belleza. Disfrute de la hospitalidad de las comunidades campesinas del Cusco. Y amé muchas cosas más que ya no es necesario mencionarlas. Lo pueden leer en mis crónicas, reportajes y artículos.

El viaje de mi vida apenas ha empezado. Hay mucho por aprender en la ruta. Gente dispuesta a recibirnos con los brazos abiertos. Lugares donde podemos encontrarnos a nosotros mismos fuera de la rutina. Costumbres que debemos conocer antes que desaparezcan y, mejor aún, compartirlo con el fin de que no desaparezcan. Trata de disfrutar de la vida un viaje a la vez. Por más corto que sea.