Viajero de la Semana
Por Fabio Castagnino

Fabio Castagnino: El otro viaje

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El mar es su elemento, el ecosistema donde se mueve con mayor precisión y denuedo, donde es más feliz, donde puede sentirse exageradamente libre, lo tengo claro. Fabio Castagnino, sambartolino, buzo desde hace más de seis años, viajero, surfer de los mejores, egresado con excelencia de la carrera de Turismo Sostenible de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, Premio Nacional del Ambiente 2014, ambientalista, desarrollador de exitosas campañas de concientización (una de ellas, “El tamaño sí importa” dedicada a proteger nuestras pesquerías), consultor independiente, inquieto constructor de quimeras es nuestro viajero de la semana. Me llena de orgullo presentarlo, Fabio ha sido mi alumno en Los Reyes Rojos y desde siempre mi vecino en ese entrañable territorio pegado al mar que tanto amamos.

Nos miramos. Cara a Cara. Calculé: 6 kilos. Sin hacer ningún movimiento, desapareció de mi vista, como si nunca hubiese estado ahí. Con la mirada fija en donde lo vi desaparecer, giré el fusil suavemente. Apunté, y me quedé inmóvil. El vaivén hizo su silueta visible por una centésima. 3, 2, 1… Pegó un fuerte coletazo que hizo retumbar mis oídos apreté la piedra de la que me cogía estiré el brazo y disparé.

El primer segundo parece infinito. Te encuentras sumergido en una turbidez absoluta luego del encuentro. Te falta el aire, pero te quedas allí. Cierras los ojos, y ruegas sentir el tirón. Este nunca llega. Despacio, recoges la flecha jalando del cabo y retrocedes por donde viniste, tratando de no hacer ni el más mínimo ruido. Mientras subes a la superficie para respirar, todo ya te parece absurdo. De todas formas ya no lo volveré a ver. Resignado.

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Cuando viajamos, cambiamos. Crecemos, mutamos. Todos estamos de acuerdo en eso. Vivimos en una búsqueda implacable de experiencias conectadas con momentos, visiones y actividades específicas. El mundo hoy nos pretende vender experiencias por todos lados; esa es la palabra mágica del siglo XXI. Y solo esperamos el momento en el que estemos allí, en el lugar soñado, recibiendo millones de estímulos que nos hagan volar, alegrarnos, emocionarnos. Pero también incomodarnos, asquearnos, entristecernos. Todo eso es parte de vivir. Todo es parte de viajar.

De muy pequeño vi un atardecer, o una luna llena, o un cielo estrellado. Alguna vez vi unos ojos rojos brillando al borde del desierto en medio de la noche. Vi una pared de barro mal pintada. Una puerta pequeña de metal, cerrada con un candado. Unas manos desgastadas acariciando una lliclla de colores pasteles. Vi la sombra de un algarrobo eterno. Sentí pequeñas rocas lastimándome los pies en los algodonales. Escuché una vez un trueno. Seguí el cauce de un riachuelo para encontrar el camino de vuelta. Respiré fuerte para compensar la falta de oxígeno. Pisé la arena y la vi brillar en un destello blanco. Me dejé llevar por aguas turbias, flotando entre dos meandros. De muy pequeño vi la noche y vi el día, cien veces, en un lugar que no era mi lugar. No lo supe en ese momento, pero ningún atardecer, luna, cielo, ojos, paredes, puertas, manos, colores, plantaciones, orillas, montañas o ríos serían jamás los mismos. El viaje más importante no es el de la vigilia. Es el otro, el que aún no podemos entender.

Hace diez años que viajo todas las semanas, a veces más de una vez por semana. Mi destino no está lejos, pero es más lejano que cualquier otro destino. Viajo a otro mundo. Hay un universo de criaturas extrañas, de condiciones extremas, a dos minutos de mi casa, caminando. Este viaje no dura mucho (cuatro, cinco, seis horas). El otro viaje, no obstante, es largo y profundo. Aquello que me daba miedo, me atrapa. La densidad del agua, la profundidad. Todo lo que me rodea se conecta en mi memoria con recuerdos a los que no puedo acceder. Vuelvo al pasado, a mi pasado más primario, al pasado de todos nosotros. Viajo en el tiempo a medida que la gravedad me captura. Una vez en el fondo, me acurruco entre las piedras, interpelado por cientos de pequeños ojos grises. Ya no pienso propiamente, mi mente funciona de otra manera. Puedo aprehender cada impulso de mi subconsciente. Ideas, imágenes, sensaciones, preguntas. Pasan a toda velocidad, casi como alucinaciones. Mientras tanto, busco mi presa con cada célula del cuerpo. No soy un observador. Pasan los minutos. Un destello de luz que se desvía en la superficie me recuerda que estoy de viaje. Que no soy de aquí. Que debo volver aunque me sienta increíblemente bien. Sé que debo volver, aunque por momentos lo olvide.

Una vez en la superficie, me encuentro con mi compañero. Quizás él sólo está buceando, solamente está pescando. Algo en mí cambió hace mucho. No sé cuándo sucedió exactamente, pero creo que sé a quién le tengo que agradecer.