Viajero de la Semana
Por Pablo Solórzano

“Mamá tuvo la culpa”, Pablo Solórzano

Ascenso a Tresviso, Cantabria

Valoro la osadía y la perseverancia del peruano Pablo Solórzano, ciudadano desde hace mucho de este planeta que ha aprendido a caminar a paso firme. Pablo, hijo de migrantes en Lima, vecino durante su infancia de la populosa Comas, graduado en Cenfotur, es un viajero atento a los sonidos del mundo, un lector abrumado por la belleza que se esconde detrás de las grandes obras, un amante impenitente del Perú. Cronista de pulso firme, Pablo es también bloguer de viajes, guía en Machu Picchu y en cualquier paisaje de este país que ojalá lo esté recibiendo con los brazos abiertos. Lo sigo desde hace mucho, su blog La brújula del azar es un compendio de buenas noticias y relatos muy bien sazonados, una esquina del ciberespacio que frecuento con renovada complacencia.

Mamá tuvo la culpa. Fue ella quien quizás sin proponérselo me abrió las puertas de la inconformidad y ya diré por qué. Yo no sé si la adicción por la carretera y el movimiento se heredan pero si es así entonces yo no tenía otra opción. Hijo como soy de migrantes andinos, con una madre que dejó atrás su infancia ayacuchana y que luego de subirse a la tolva de un camión y al viejo vagón de un tren puso pie en Desamparados, y de un padre que cruzó las cordilleras ancashinas para plantar el germen de sus sueños en el cemento limeño, era inevitable que el hablar de viajar, moverse, irse, siempre tuviera una especie de encanto para mí, un nexo inquebrantable con el mismo acto de vivir.

Como muchos viajeros ese deseo de conocer otros lugares se formó en mí cuando era niño. Esperaba con ansias las vacaciones porque sabía que Mamá me iba a llevar a Ayacucho a visitar a los parientes. Y eso que los viajes no eran una maravilla, por decirlo de alguna manera. Teníamos que rogar que el único conductor de uno de los pocos buses que había no parpadease nunca en las 16 horas de viaje -hoy el viaje se hace en 9 horas- por territorios baldíos, alturas inimaginables y carreteras que ni siquiera merecían ese nombre. Pero la naturaleza no era el único escollo, también lo era el hombre. Era la época del miedo: los militares, los ronderos o los terroristas detenían el bus y luego de preguntas, arengas, pedidos de colaboración y demás nos dejaban ir.

En Ayacucho conocí lo más luminoso y lo más oscuro que como país tenemos. Entre las noticias de desaparecidos y de cuerpos encontrados en el fondo de los abismos, de bombas y balaceras, del abuso y del miedo que todo lo parecía corroer también me maravillé viendo trabajar a los eximios artesanos de Quinua, también fui feliz escuchando a los primos entonar la poesía del huayno, y aluciné mirando esos inmensos retablos y fachadas de las maravillosas iglesias huamanguinas. Regresar a Lima era traer mil recuerdos pero también insatisfacción. En la capital parecía que nadie tenía interés por lo que pasaba más allá de esa muralla de niebla que limitaba la ciudad cada invierno. Yo solo quería volver a salir, tomar la mochila de nuevo y moverme.

Vivíamos en Comas, un distrito peculiar y donde había muchos problemas, algunos parecidos a los que había en Ayacucho: miedo, violencia, balaceras, cochebombas, fogatas encendidas en las laderas de los cerros representando la hoz y el martillo. Pero faltaba la belleza y la poesía que sobraba en los Andes. Entonces, queriendo escapar de esa realidad agobiante me refugiaba en libros de viaje o de historia, en mapas, en fotografías, compraba viejas revistas de viajes en la calle Camaná del centro de Lima, y me ponía a viajar mentalmente. Desde entonces he sabido que un viajero es un ser insatisfecho, un inconformista, un curioso insaciable; un ser humano al que la vida, donde sea que le toque vivirla, le parece insuficiente, incompleta sino tiene esa experiencia satisfactoria que es viajar.

Desde entonces todos los actos y decisiones de mi vida han tenido que ver con los viajes: mis estudios en Cenfotur que me dejaron conocer con más profundidad el Perú; mi trabajo en Explorandes que me permitió viajar haciendo el mejor trabajo del mundo: guía de turismo; la amistad que me prodigaban personas maravillosas que me cobijaban en sus casas en distintas partes de Sudamérica; los deseos de vivir y crecer que me llevaron a vivir en Argentina, Inglaterra, España, y Alemania. Pero he sido más feliz viajando por el Perú pues aquí he ido en busca de los murales andinos de las iglesias de la sierra limeña; he terminado hechizado viendo colibríes en Leymebamba o las ropas de las mujeres lamistas en el Santa Rosa Raymi de Lamas; he viajado en polvorientas tolvas de camiones para salir de Levanto o de Huancaya y hasta dormí en el piso de un bar en un pueblo entre Pucallpa y Aguaytía debido a un paro cocalero. Y ahora que he vuelto a vivir aquí sé que vendrán más satisfacciones.

Algunos creerán que soy millonario por haber viajado mucho. Debo reconocer que soy un afortunado pero que dinero es lo que menos poseo, y de haber esperado tenerlo quizás seguiría sin salir de Lima. Cuando uno quiere llevar a cabo sus sueños de viaje pone su vida en función de ese anhelo y nada lo detiene, ni siquiera algo tan efímero como el dinero. No hay ningún sitio a donde tus pies no te puedan llevar, no hay ningún trabajo que tus manos no puedan hacer. Solo necesitamos ganas y menos pretextos. Afuera el mundo espera por nosotros.

Yo creo que el viaje es uno de los mejores -sino el mejor- modo de invertir ese préstamo tan corto y efímero que se nos ha dado y que es la vida. Nos vemos en la ruta.