Viajero de la Semana
Por Matías Ballón

Matías Ballón, viajar para encontrarse, para sentirse vivo

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Yo también recuerdo la sonrisa inmensa, clara, de oreja a oreja de Chicho, querido Matías, sus ganas de vivir, su espíritu indomable, sus ojos que son los tuyos, su fortaleza, su ánimo. Y me alegra saber que sigue allí, sobre las olas, galopando imbatible, jinete fugaz; viviendo a mil, alumbrando la vida de los suyos, contigo.

Matías Ballón, sicólogo, alguna vez analista de márketing digital, surfer, sambartolino, gran futbolista, emprendedor social, líder del proyecto Alto Perú, percusionista en Los Filipz, hombre bueno, amigo incondicional de mi hijo Guillermo, caminante…

Matías Ballón, como en los tiempos homéricos, Aquiles volviendo a la batalla

Mi hermano, conocido por todos como “Chicho”, fue quien me enseñó a viajar. Y no es que haya viajado tanto con él, simplemente lo veía, cuando él tendría 18 o 19 años y yo 12 o 13. Lo veía irse con su mochilaza y con una sonrisa de oreja a oreja, la sonrisa con la que lo recuerdo hasta hoy. Desaparecía por un mes por la selva, por el norte, por la sierra, por donde se le ocurriera; simplemente se iba a conocer, a estar al aire libre, a explorar la vida.

Mientras, yo aprovechaba para hurgar sus cajones, escuchar su música y admirar cualquier cosa suya que encontrara, era mi hermano mayor.

Cuando Chicho murió yo tenía 16 años y no sabía nada de la vida, pero de golpe tuve que aprender algunas cosas, como por ejemplo, que todos nos vamos a morir. Tremendo aprendizaje que me tocó digerir y que empecé a enfrentar, creo yo, gracias a los viajes. El primer viaje que se me viene a la mente surgió a raíz de una foto que vi (uno de esos días que hurgaba sus cajones). Me fui a seguir el viaje de mi hermano. La foto era en una catarata en la selva central, en Villa Rica, a donde se fue solo no tengo idea para qué. Esperé las vacaciones de la universidad y me fui a Villa Rica, me fui solo. Llevaba mi mochila con ropa, unas latas de atún y música. Y por otro lado, cargaba en mi alma un pesar inconcebible, cargaba la pena de no entender la vida y el dolor de empezar a entenderla un poco.

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Me encantó viajar solo, me encantó Oxapampa, Villa Rica, La Merced. Me encantó no hablar con nadie, o hablar con cualquiera, caminar por horas sin rumbo, ir a la catarata de la foto, y estando solo, estar con mi hermano. Así empecé a viajar, a veces solo, a veces con amigos, siempre en las vacaciones de la universidad. Cusco fue un destino clásico de este periodo de mi vida, fui unas cuatro veces seguidas con grupos distintos de amigos, pasé por la experiencia de ir a juerguear día tras día, pero no aguantaba que el viaje sea solo eso, siempre buscaba ir a acampar un par de noches, conocer algún lugar alejado, encontrar un poco de silencio y de estrellas que justifiquen el viaje. Así, en una de esas visitas a la ciudad imperial llegué a Choquequirao, calculo que fue en el 2001 o 2002. Armamos un grupo súper diverso de amigos y amigos de amigos y nos fuimos, no teníamos idea de lo que nos esperaba, y eso era lo emocionante. Fue una caminata intensa para la que claramente no estábamos preparados, pero en ese momento de juventud y energía extrema eso no importaba. Obviamente, Choquequirao valió la pena, ¡qué mágico lugar!

Los años dorados de vacaciones, de un mes de “hueving” entre ciclo y ciclo de la universidad, acabaron. Los veranos de tres meses en San Bartolo sin venir a Lima se convirtieron en un sueño; ahora tocaba trabajar, tener un horario de lunes a viernes en una oficina, tener un jefe y ganarme los frijoles como todos. ¿En serio? Ni cagando, pensé. Busqué la forma de hacer lo mío, me aterraba la idea del horario de chamba, el jefe, la camisa, el intercambio de regalos. Pero, ¿qué alternativas hay? En esa época ya era psicólogo, surfer aficionado, tenía 22 o 23 años y tenía claro que nos íbamos a morir, y eso me generaba una angustia que ninguno de mis amigos entendía. Yo quería hacer algo que tenga sentido, quería vivir con propósito. Claro, en ese momento no lo planteaba así, simplemente vivía quejándome, estaba incómodo hacía años con la vida, seguía lidiando con la pérdida de mi hermano y toda la mierda que revuelve una muerte.

Empecé a ayudar a Diego Villarán, mi hermano de la vida, en una aventura que había empezado solo hacía un par de años: alejar a los niños de Alto Perú (Chorrillos) de malas juntas y malos hábitos a través del deporte, meterlos a correr olas para que se conecten con ellos mismos y con el mar. Una genialidad sencilla, una terapia verdadera teniendo al mar como doctor y medicina. ¡Qué bonito, yo también quiero! ¿Cómo hacemos? ¿Se puede vivir de algo así? Sería increíble poder dedicarnos a esto…

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Hoy tengo 30 años y Diego y yo somos socios en esta aventura que se volvió un gran viaje compartido en el que ya tengo 7 años navegando. Ya no viajo tanto como quisiera, y por eso cuando me invitaron a escribir esto lo primero que pensé fue: “pero si yo no viajo mucho, ¿de qué voy a escribir?”. Después me puse a pensar en qué es lo que más me gusta de viajar, y no me demoré mucho en darme cuenta que son tres cosas fundamentales para la vida: estar conectado conmigo mismo, estar sorprendido con mi entorno y aprender conociendo gente distinta a mi. Si se puede sintetizar en una cosa, cuando viajas estás presente.

Mis viajes ahora no son necesariamente a destinos alejados a miles de kilómetros, creo que encontré en Alto Perú una forma de viajar sin salir de Lima, empecé a aprender muchísimo de una comunidad donde no dejas de sorprenderte, donde te conectas contigo mismo y aprendes mucho de ti, de la vida en el barrio y de la vida en el Perú. De hecho, invito a todos a hacer estos viajes de empatía, estos viajes donde te pones en el lugar del otro y ves el mundo de otra manera sin tener que ir muy lejos, viajando hacia adentro.

Obviamente, igual me he dado tiempo para viajar a otras ciudades de Lima y otros países increíbles. Ahora viajo con mi compañera y me encanta, es genial poder compartir el instante con alguien que te entiende y te sorprende, que te ayuda a ver cosas que no ves. Sin embargo, dada mi condición de “emprendedor social” (término que no me gusta para nada pero por motivos prácticos me veo obligado a usar), he tenido que postergar mis viajes a Grecia, Marruecos, Indonesia y Tailandia, y en cambio, he empezado a viajar al centro penitenciario Miguel Castro Castro, y no porque sea más barato, sino porque es más educador para mi hoy, me da más sentido.

Todo este año he tenido la suerte de poder colaborar con un proyecto que tiene más de 30 años de existencia y que busca, en pocas palabras, devolverle las esperanzas a los internos de distintas cárceles, usando -entre otras cosas- la cerámica como una actividad terapéutica y productiva en términos económicos.

Hace un par de semanas en una conversación con amigos me descubrí diciendo “el viernes es el mejor día de la semana ahora, porque voy a Castro Castro y es como viajar para mi”. Y es que es verdad. Viajas, te olvidas de tu día a día, no ves el teléfono (soy un enfermo de la tecnología y no ver el teléfono durante todo un día me encanta y no sucede a menudo, tengo que estar de viaje), no tienes más cosas que hacer que vivir el presente, tener una sobremesa de una hora y media conversando, bromeando, riendo, viviendo el presente.

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Para mí viajar es eso, encontrarte contigo mismo, conectarte con el presente, sorprenderte porque todo es nuevo, ser de nuevo lo más niño posible. No me importa si es en una cárcel, en un barrio de Lima o en una playa paradisiaca en el caribe colombiano. Y al comienzo de este texto mencioné que no viajé tanto con mi hermano, pero es mentira, él ha estado en todos estos viajes, abriendo caminos y conexiones, creando las oportunidades para que yo las aproveche. Así que no me queda nada más que seguir viajando y agradecer que estoy vivo.

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