Viajero de la Semana
Por Wili Reaño - Viajeros

Metamorfosis viajera, de larva a pupa. La ilusión de Marco Antonio García, Guitarra Viajera

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Compartí con Marco, para mi simplemente Guitarra Viajera, un bonito viaje a Cuenca y Guayaquil, en el Ecuador, donde fui testigo de los afanes en los que anda por encontrar un camino propio, original, auténtico en el bullicioso mundo de los bloggers viajeros y los viajes a toda prisa. Me encantó su rollo, su propuesta personalísima, amena, sin tantas florituras. Guitarra Viajera es lo máximo, un buen compañero de viaje, una promesa de la música viajera.

Aprovecharé este virtual y frecuentado mar de ceros y unos para arrojar sobre él un mensaje en la botella, pues quién sabe, quizá esta botella imaginaria pueda ser encontrada por algún navegante de la Internet con el que comparta una historia similar. Eso espero.

Hola, mi nombre es Marco Antonio García, y tengo un importante dilema. No sé si soy un guitarrista que viaja, o un viajero que toca la guitarra. “¡Gran dilema!” pensarás. Sin embargo hay un pequeño detalle en esas dos etiquetas: Los viajes y yo no fuimos muy compatibles al inicio, ¡vamos! seré claro, ¡no me gustaba viajar y punto!

Aun recuerdo mi primer viaje familiar a la ciudad de Huaraz, cuando apenas  tenía diez años de edad. Recuerdo el vaivén de emociones durante ese viaje, el asombro principalmente, ante la belleza natural de la montaña, y por otro lado una alegría no tan plena, porque no lograba adaptarme al agotador y rápido movimiento turístico de mi padre.

Él era el fuerte director de nuestra orquesta, el único curioso explorador de nuestro equipo, lo único capaz de detenerlo era el escaso tiempo libre que tenía, lo que lo obligaba a realizar viajes relámpago cada vez que podía.

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Pero no todos tenemos los mismos ritmos de adaptación al viajar. Mis hermanos mayores parecían resistirlo mejor. Mi madre y yo no tanto, éramos viajeros algo “especiales” y “delicados”. Eso era más evidente en los viajes a la montaña, en donde el soroche hacía de las suyas, pero no había excusa que valiera, “¡ya levántate de la cama! ¡no seas bicho raro!”

Con experiencias de ese tipo era normal que después de algunos viajes prefiriese quedarme en casa junto a la televisión viendo dibujos animados mientras comía la comida casera de mi madre, pero no tenía elección, porque cuando habían viajes el lema de mi familia era: “Todos para uno y uno para todos”.

Llegada la adolescencia y la época universitaria, los viajes familiares fueron más escasos. Nunca intenté viajar solo o con amigos de la universidad ¡para qué! además cada vez que alguien pronunciaba la palabra “viajar” misteriosamente me comenzaba a doler la panza, y a girar la cabeza.

Tres años pasé metido en la facultad de Ciencias Físicas de la Universidad San Marcos (UNMSM), lugar que sólo me sirvió para convertirme en guitarrista. Un guitarrista nada aficionado a los viajes, un guitarrista que prefería pasar el tiempo en casa, navegando en la Internet, y comiendo la comida casera que ahora él mismo preparaba.

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Fueron tiempos de bandas de rock, de audiciones para crear la banda más famosa del Universo y de ser un citadino sedentario hasta el tuétano. Los viajes estaban muertos para mí, ¡eh! pero nunca digas nunca jamás estimado lector. La vida a veces trae extrañas sorpresas.

La mía se gestó en Francia, en forma de una mujer, Caroline. Una persona tan amante de los viajes y la aventura que aún hoy trato de explicarme ¡qué fue lo que le pasó! Necesitaría mínimo unas dos mil palabras para relatar nuestra historia de amor, lo que no es necesario porque me desviaría mucho del tema principal: Mi reconciliación con los viajes.

¿El amor lo cambia todo? yo creo que sí. Fue el amor el causante de mi reapertura a la aventura. Conocer a Caroline me obligó a viajar por varios meses ininterrumpidos, una situación completamente nueva para mí. Por primera vez tuve libertad total de hacer lo que quisiera en un viaje. Y en los tres meses que duró nuestra travesía, no sólo conocí casi toda la costa, sierra y selva norte del Perú, sino además el país vecino, Ecuador.

El viaje se realizó con un presupuesto bastante modesto, lo que nos obligó a ser creativos, ahorrativos y tolerantes. Si nunca tomamos un operador turístico no fue a causa del dinero, sino porque a Caroline no le gustaba ese tipo de turismo. Yo por mi parte, tampoco deseaba que alguien más me diga qué ver y qué hacer midiendo mi tiempo con un reloj atómico dentro de una cómoda “burbuja” ¡oh no!

Viajar lento hizo posible un contacto más real y cercano con la gente en el camino, me hizo confiar en los extraños y en la naturaleza bondadosa de los seres humanos ¿has notado que en Lima andamos desconfiando de todos? Amé el estado de constante movimiento, amé mi país y también al vecino país del norte, y lo que fue más alarmante, el viaje me cambió la vida, cambió mis objetivos y mi “filosofía existencial”.

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No siempre se puede ser reflexivo sobre la marcha. A veces las mejores revelaciones ocurren cuando el viaje termina, justo en ese preciso instante cuando el cuerpo está quieto, pero la mente no.

Fue al volver a la rutina que me pregunté: Si el mundo es tan grande ¿por qué tengo que vivir en el mismo lugar toda la vida? ¿soy feliz haciendo lo que hago? ¿cuál es mi propósito en este planeta? ¿quiero en verdad ser un rockero de “satanic black death metal”?

Vivir viajando se convirtió en mi nuevo sueño, y lo primero que surgió en mi mente fue la imagen de un mochilero nómada hippie rastafari. Quería ser uno. Planeé la ruta a seguir, esta abarcaba Sudamérica completa, y mes tras mes la fecha de la partida iba aplazándose. Era el miedo lo que me tenía atado, yo le di poder, pero con el paso de los años me percaté que no sólo era el miedo, sino también mi carácter poco amoldable a la vida del hippie.

¿Qué podía hacer? quería vivir viajando al estilo mochilero nómada, pero aquello no calzaba con mi personalidad, y viajar cómodamente por meses o años requería una buena cantidad de dinero que no tenía. Me estanqué. Olvidé el sueño de los viajes largos y me concentré en viajes cortos cerca a Lima los fines de semana.

Fue con la apertura de mi blog al que llamé Guitarra Viajera, lo que me permitió ver mejor mi camino.

Nunca en mi vida había escrito algo, carecía de preparación para redactar largas historias viajeras, pero un día lo hice sin vergüenza alguna. Grande fue mi sorpresa al recibir a los pocos meses, los primeros comentarios positivos hacia el blog. Los hacía reír me decían, una buena señal.

El blog me permitió conocer a muchos viajeros que combinaban los viajes con la escritura. Una de esas personas fue Nelson Mochilero, el creador de Mochileros.org, sin embargo hay dos personas en especial que dieron un giro completamente distinto al blog, Indira Palomino (viajaporperu.com) y Lourdes Chuquipiondo (placeok.com). Ellas me mostraron el activo mundo del turismo en el Perú.

Fue por ellas que participé en viajes de prensa con Promperu, blogtrips en Huacho, proyectos con empresas de turismo y demás. Y es que el rubro de los blogs de viajes está en pleno desarrollo en el Perú, aunque aún se está definiendo su utilidad y confiabilidad según dicen los expertos, y como todo ambiente en rápido crecimiento este es muy competitivo. Razón por la que yo quedé atrás, pero en parte fue adrede.

Soy consciente que en la Internet la imagen y el video es lo que más se consume. Quizás también algún texto informativo, práctico y útil, es por ello que mi blog se estancó con el número de lectores, pero no me quejo, porque esta situación me está permitiendo ver más claramente mi objetivo, mi faceta como compositor de canciones.

Le debo todo a los viajes, sin esa reconciliación con la aventura jamás hubiera creado el blog, sin el blog no hubiese escrito ni conocido a maravillosas personas, sino escribía no me hubiera dado cuenta que mejor que escribir una historia en un blog, lo mejor para mí hoy es escribir canciones. Canciones que pronto verán la luz en la Internet.

Mientras este guitarrista que viaja, seguirá viajando y aprendiendo algo nuevo cada día, buscando siempre la manera de encontrar un punto de equilibrio para que pronto el vivir viajando sea una realidad ¿vivir viajando? ¡quién diría! ¡ni mi padre se lo cree!