Viajero de la Semana
Por Renzo Piana

Renzo Piana, la felicidad tiene el rostro del camino

Nepal

Renzo empezó a viajar hace tanto y no para. Primero en un viejo Volkswagen escarabajo blanco para seguir el impulso familiar, luego por convicción, por amor y compromiso con lo que eligió hacer. Lo conozco desde hace mucho, soy testigo de su pasión por esta tierra compleja y tan llena de vida. Doctor en ecología por la Universidad Metropolitana de Manchester, master en ciencias agrícolas por la Real Universidad de Agricultura y Veterinaria de Copenague, Renzo es uno más de los tantos molineros que se han lanzado a caminar, investigando, los pliegues más profundos del Perú.

Pajarero, experto en rapaces y ahora en cóndores andinos, padre de dos peruanos en Dinamarca, amante de las cosas sencillas y la ruta interminable, Renzo Piana es otro de los nuestros…

Viajo porque me gusta, aunque para moverse también hay que saber estarse quieto. Escogí una carrera que te exige viajar para ponerla en práctica. Tengo una afición que para potenciarla exige viajar. Tengo una familia que para disfrutarla exige largos viajes en forma periódica.

Viajo para conocer nuevos sitios, para estar solo y desconectarme, para pensar en mi país, para estar con gente que quiero y fundamentalmente para disfrutar de la naturaleza. Viajo para tomar fotos y atesorar recuerdos. Mis viajes se iniciaron con mi papá en un viejo Volkswagen escarabajo blanco que nos llevó por la panamericana norte, atravesando desiertos y dunas. Los vehículos cambiaron con el tiempo, pero los destinos siempre fueron, fundamentalmente, los mismos: la costa norte (Piura, Paita, Máncora, Zorritos) y esa franja de asfalto negra rodeada de bosques de algarrobo y médanos. De esos viajes quedan playas rojas, desiertos amarillos, el mar azul y las eternas ganas de volver.

En Machu Picchu, MAPI

En Machu Picchu, MAPI

Mis viajes actuales, aquellos que escojo en libertad y por placer, están gobernados por dos razones principales: las ganas de enseñarle a mis hijos de donde vienen la mitad de sus raíces (y la secreta esperanza de que decidan recorrer el Perú con una mochila en la espalda) y la búsqueda de nuevos temas de investigación. Últimamente viajo para ver cóndores andinos en la costa, aunque el trabajo me lleva también a los maravillosos bosques de neblinas de Cusco y las selvas de Madre de Dios.

Viajo en bicicleta todos los días a mi oficina y ratifico que el infierno está en la tierra; viajo en mi cama todas las noches con un buen libro y revisito la historia del Perú prehispánico o el Berlín de la pre guerra. Viajo sobre un mapa del Perú en búsqueda de las aves que quiero ver. Viajo con Huáscar y Atahualpa en su recorrido por las punas de la sierra central. Viajo para reencontrarme con mis amigos y para hacer planes furiosos de próximos viajes, en su mayoría pajareros. Viajo para sentirme explorador por unos días. En fin, viajar me hace sentir vivo, aunque sé que habrá tiempo para descansar. Al final creo que viajo para soñar que sigo viajando.

En Villa Carmen, Cusco, en familia