Viajero de la Semana
Por Miguel de Kergariou

Miguel de Kergariou: “Soy viajero por herencia y por crianza…”

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Aprender a andar entre surcos y matorrales, crecer en los contornos de uno de los paisajes más sublimes de la tierra, en isla Suasi, ser hijo de una guerrera, de una mujer hecha de material noble, de barro y mil batallas, debe ser un desafío, una conmoción para cualquiera. Miguel de Kergariou, el hijo de Marta Giraldo, viajero, hombre de turismo, conductor ahora del hotel que construyó su familia a punto de sueños, es nuestro viajero de la semana. Abrazos a la distancia heredero de una estirpe de magníficos anfitriones y orgullosos defensores de la cultura y el mundo aymara.

Hace algunos años se buscó diferenciar los conceptos de “turista” y “viajero”. Tengo la suerte de haber nacido en una familia donde viajar y viajero se remontan más allá de mis bisabuelos, de crecer siendo partícipe de historias de viajes que, por mi temprana edad, no recuerdo pero debieron ayudar a formar mi carácter.

Crecí en casa de una socióloga de campo amante de su tierra, donde sus trabajos, desde la universidad, fueron en las comunidades con los actores directos y con las realidades que cada una tenía en tiempo y espacio. Mi madre es una amante de su tierra que me enseñó lo complejo y contradictorio, pero también lo hermoso y reconfortante que puede ser el altiplano y su gente.

Libertad - Isla Suasi

Libertad – Isla Suasi

Desde muy pequeño la acompañé en sus viajes de trabajo y paseo, aprendí a comer fiambre, mesa común donde las personas comparten sus alimentos del día: huatia (papa recién cosechada, cocida en horno de champas de barro, al costado donde solo unas horas antes había un sembrío maravilloso), mote de habas, queso fresco, maíz, cordero, etc. también aprendí caminar entre surcos y matorrales, a dormir en cojines en el piso, a ver el amanecer, a realizar competencias de quién ve más estrellas fugaces, más figuras en las nubes, quién trepa más alto el árbol o se zambulle primero en las refrescantes aguas del Titicaca.

Nuestra casa siempre tuvo viajeros: eran voluntarios, estudiantes, revolucionarios de corazón, políticos, religiosos, etc. una variedad de personas que siempre fueron cálidamente recibidas. Ellos llegaban con maletas llenas de sueños; con proyectos, con ilusiones o, simplemente, con la necesidad de llegar a su lugar: un lugar que no sabían dónde estaba pero lo sabrían en el momento exacto de estar en él.

Mi lugar - Isla Suasi

Mi lugar – Isla Suasi

Ya más grande y gracias a “los locos” como los llamaba mi abuela, se despertó en mi la curiosidad por viajar debido a frases como: “…Qué hermoso azul del cielo…”, “…Nunca me recibieron tan bien, los esperamos en nuestra casa cuando quieran…”, a los 6 años la única reacción racional es “…de verdad esta gente está loca, si el cielo siempre es azul…” ahí nació la curiosidad por ver, conocer y entender ¿Cómo era el cielo de donde ellos venían? ¿Cómo los tratan en otras casas?.

Anécdota aparte, cuenta mi madre que, a mis casi 4 años, ya era un buen compañero de viaje. Yo me orientaba en los interminables andenes del metro de París. En ese viaje a Europa, ella, entre temerosa y orgullosa, se dio cuenta que había criado a un puneño de corazón cuando nos mostraron el maravilloso lago Lemán de Ginebra, y mi primera frase fue, “…¿este es un lago? Lago es el Titicaca…”

Ya, en los últimos años del colegio, seguí viajando cuando se podía, un fin de semana a la Isla Suasi. En ese entonces, la tolva de un camión era el único trasporte, cinco amigos que no entendían en que momento nuestras compañeras de viaje se habían convertido en ovejas de un rebaño y los costales de papa en ergonómicos asientos. Y el viaje de 100 kilómetros se hacía en 7 horas.

En la universidad, los destinos fueron otros: de vez en cuando, una escapada a la sierra limeña a disfrutar de unas aguas termales y a agradecer el haber sobrevivido, una vez más, a la carretera central. Kuelap, Túcume, Choquequirao, Huaraz, Lomas de Lachay, Puerto Maldonado, playas, montañas, todo lo que podía, si era por tierra mejor y si era manejando ya no había nada que malograra el viaje.

Antioquia - Lima

Antioquia – Lima

Después, y gracias al trabajo, llegaron los viajes más largos: Salar de Uyuni, Tarija y Parque Nacional Sajama, en Bolivia, Salta,  Jujuy, Catamarca, Buenos Aires en Argentina. Cruzar el charco, de mochilero por un año a Europa, ha sido uno de los más importantes viajes en mi vida pues me permitió encontrar parte de un YO que podía encontrar en el Perú. En ese viaje aprendí a estar solo de verdad, a reconocer mis fortalezas y debilidades, a sorprenderme de mi capacidad de sobrellevar las adversidades, a descubrir mis límites, a maravillarme con la simpleza y ser agradecido con todo lo que se tiene. Aprendí a darme cuenta que no importa cuánto tengas, sino del valor que uno le da a lo que se tiene. A ser consciente de uno mismo.

Comprendí que el viajero es el que de verdad disfruta y vive un lujo, no el concepto de lujo turístico (hoteles 5 estrellas, trenes de 400 dólares por persona, comidas en restaurantes con premios mundiales cuyos laboriosos productores de los insumos ni saben que existen) No!, me refiero un lujo porque entendemos el entorno y aprendemos de él. Un ejemplo de esto es navegar en el lago Titicaca. No por ser el más alto del mundo (ese es un buen título de marketing turístico), sino porque entendemos y agradecemos que es por él – su microclima – que hay vida a 3800 m.c.d.c. (metros cerca del cielo), que fue en sus riberas donde nuestros ancestros domesticaron la papa, la quinua y los camélidos; que ese lago ayuda a forjar carácter y orgullo al poblador altoandino.

Decisiones - parque Tiergarten, Berlin

Decisiones – parque Tiergarten, Berlin

Lo mismo podemos decir de nuestra Amazonía y su riqueza en biodiversidad, su vida tranquila y más libre. Nuestra costa de valles y desiertos, ambos llenos de vida para el ojo curioso del viajero, de ancestros milenarios que se adaptaron y desarrollaron aprovechando lo mejor de cada paraíso, porque eso es cada destino para un viajero, un paraíso a ser descubierto.

En cada viaje nuestros sentidos se agudizan, no volvemos más sensibles al entorno y, por eso, podemos volver varias veces a un mismo lugar y sentir nuevamente que es una experiencia única. Creo que todo viajero tiene su lugar, ese paraíso que lo reconforta, que le da fuerzas, que sin saber porque regresa a él.

Soy viajero por herencia, por crianza y porque creo es la forma de conocer y conocerse, de descubrir a qué somos sensibles, qué nos deslumbra, qué nos asusta pero nos reta a que lo superemos, a conocer nuestros límites, a ser sencillos, a aprender que no importa una cama, una habitación presurizada, un servicio a la habitación, un mozo o un transporte privado. Lo importante está a nuestro alrededor. Lo importante es que necesitamos regresar a la tierra para estar completos, porque somos parte de ella, pero vivimos sin verla. El viajar me hizo crecer de forma individual y me dio las herramientas necesarias para aprender a vivir en comunidad.