Viajero de la Semana
Por Flor Ruiz

“Viajo para tener mayores certezas de quien soy” / Flor Ruiz

3. Vallunaraju Ancash

Conozco a Flor Ruiz desde hace muchas lunas, desde mucho antes de que Paulo, su maravilloso hijo que ahora es mi alumno en Los Reyes Rojos, aterrizara en este planeta absurdo para tratar de cambiarlo de verdad; compartimos las mismas ilusiones, el mismo trajín. La terca esperanza de poder asir lo que olemos, vemos, sentimos, percibimos en la ruta interminable para registrarlo de alguna manera, de cualquier forma, como sea.

Nos anima la extraña intención de convertir en prosélitos a esos que no confían en lo tanto que tenemos, en lo mucho que somos. Me ilusiona saber que sigue terca en la ruta, registrando el paso del tiempo sobre la piel y el alma de este país que no hemos aprendido a amar como se debe. Grande, Flor, grande

Viajo porque mi profesión y la vida me han puesto en este lugar desde donde puedo ver historias sin fin de mi país, porque en los últimos años me siento impulsada irremediablemente hacia un destino –que no escogí conscientemente- que me lleva a cumplir estas “misiones fotográficas” para el saber, sentir y placer de mis ojos que luego comparto con ustedes, ávidos consumidores, para mostrarles que ese celaje siete colores, ese nevado turquesa, esa ruta inacabable de alucinantes vestigios arqueológicos, esa pampa contaminada y devastada por la minería ilegal, esos sarcófagos donde casi me precipito al vacío, ese colibrí cola de espátula que te puede arrancar lágrimas cuando ves su forma inverosímil en un cuerpo de centella, esa frontera inundada y abandonada con sus nubes de mosquitos, ese puerto ancho y ajeno, todo eso existe.

Pampachiri, Andahuaylas

Pampachiri, Andahuaylas

Pero hay más, mucho más. Y como no es justo que yo me coma solita tamaña torta llamada Perú, estos destinos los comparto con un periodista de raza, aventurero de toda la vida, sui géneris e imposible de clasificarlo, que me ha embarcado en estas misiones (gracias siempre Álvaro “Caníbal” Rocha, compañero de ruta y de vida), especie de cruzadas espirituales en la que me embarco, para registrar el viaje y sus circunstancias, para contar historias mediante imágenes, no tanto por obligación sino por pasión a mi oficio.

Con Álvaro Rocha en el río Abujao, Pucallpa

Con Álvaro Rocha en el río Abujao, Pucallpa

Viajar por chamba hace que quiera más a mi tribu y atesore mi cueva. Paulo, mi hijo adolescente, esboza la sonrisa más hermosa del mundo cuando me abre la puerta, y me abraza después de días de ausencia, todo él se ilumina cuando me dice “¡maaa!” y percibo que no solo regresé a casa, sino a mí pequeña pero entrañable familia, gata incluida. Y entonces empieza el viaje de los afectos, y en fragmentos, por tajadas y pedacitos le contaré y mostraré fotos de más allacito nomás, quizá él fingirá interés solo para que no me sienta mal, y en algún momento me dirá “eres rara, má” y nos mataremos de risa y le daremos a la lora. Así regreso, recargada, tanto que mi cueva, la chamba, el retoque y los pendientes me atrapan, y me camuflo en mi oficina: el árbol y el canto de los pajaritos al lado izquierdo desde mi ventana, al lado derecho la música siempre mientras sigo por horas frente a mi PC, mis viajes reales se vuelven imaginarios en las fotos, tengo lo que tenía que tener.

Con Paulo en Lima, marchando ...

Con Paulo en Lima, marchando …

Viajo porque me gusta tener mayor certeza de quien soy y reírme más de mí misma. Es difícil ser viajera y tener mala memoria, pero esa soy yo, incapaz de recordar los nombres de personas, comunidades, ríos y etcéteras, pero tengo la capacidad de retener olores que luego los asocio con sitios o pueblos que los grabo en mi mente aunque no sepa sus nombres. Tampoco olvido la fisonomía de un paisaje o algo que fotografié, porque es algo íntimo va más de adentro hacia afuera. Mi energía o mi cansancio también influyen en mi memoria para con la gente, los lugares y mis fotografías. Soy muy emocional, de manera que si sintonizó con las personas, percibo su cariño a través de una suculenta sopa, o de una despedida cargada de sentimiento, entonces yo retribuyo de igual manera todas sus atenciones. Y en esas ocasiones el trabajo ya no es trabajo, no es una obligación, un deber, se convierte en placer, en alegría y uno da más, en tiempo, interés y calidad, que si fuera una rutinaria comisión más. Lo que poco olvido son los nombres de los lugares donde duermo rico y sueño mucho. Lo que siempre recuerdo es el nombre del lugar donde pude tomar un jugo de naranja, tan escaso en mis andares.

Pucallpa

Pucallpa

Ser fotógrafa viajera me ha enseñado que mi cuerpo es más grande de lo que creo: que es imposible bajar de un camión, chalupa o hidroavión sin olvidar mi maleta de fotógrafa, que es la extensión de mi brazo derecho. Me ha enseñado que mis ojos no pueden descansar cuando todos lo hacen, pues lo impredecible en un rincón oculto de la ruta puede aparecer o suceder en segundos.

Viajo porque me gusta perderme en este sinfín de rostros y testimonios de las personas (¡qué ricas son las historias de vida de nuestras mujeres!) y porque cuando sabemos de ellas, se vuelven maestras y maestros, libros abiertos de situaciones inimaginables para nosotros seres urbanos, a los que solo nos queda leerlos y verlos para admirarlos y aprender a vivir.

En la frontera con Brasil.

En la frontera con Brasil.

Podría enumerar sin pretensión tantos lugares que me han maravillado y embroncado. Puedo empezar diciendo que hace poco más de cinco años, volé en parapente teniendo al frente al nevado Huascarán. Eso me cambió la vida, dejé de ser un espíritu apagado, me di cuenta que era valiente y decidí empezar a escribir mi propio guion, bueno o malo, mío al fin y al cabo. Puedo querer convencerte que tienes que hacer un viaje obligado y llegar a La Pampa, en Madre de Dios, allí donde sólo existe la devastación, lo antinatural que no deja crecer nada y todo es devorado por la indiferencia, por las malditas dragas, por la trata de niñas y adolescentes, por el fondeo, desaparición, enriquecimiento de mineros ilegales, porque ni tu bronca ni la mía parecerán poder evitar nada, pero allí hay que llegar para comprender lo urgente para el bicentenario. También podría contarte que anduve en Cuenca, Ecuador, y pasé por toda una experiencia zen que te maravillaría hasta el éxtasis, desde observar sus soberbias cúpulas que siempre te persiguen, hasta dejarte ir, abandonarte a tu propia conciencia y al presente, sin cargar mochilas existenciales. Eso hice yo, caminando sin un rumbo definido, sintiéndome liviana, apreciando de manera más vívida y curiosa, como si fuera una niña, notables balcones republicanos vestidos con intensas flores amarillas. Mi consejo es que lleves un lente de 300 mm para que esos detalles no se te escapen. Ah, y no puedo dejar de comentarte, que si vas a Cusco empieces desmarcándote de las rutas tradicionales y emprendas la ruta al glaciar tropical más grande del mundo, el Quelccaya, y allí busques El Aleph (así lo bauticé), un agujero subterráneo natural color turquesa irreal, donde el hielo se ha congelado dejando formas de malaguas y moluscos, quizá tal cual existieron durante las primeras glaciaciones, y lleves mínimo, casi obligatorio, un lente 16 mm y buen pulso para una exposición larga, no flash por favor.

Sondor, Andahuaylas

Sondor, Andahuaylas

Viajo porque dentro de mi historia personal, era imposible que otro sea mi destino. Mi memoria es mala como cuento, pero muchas imágenes vienen al escribir: cuando era pequeñita, me metía debajo de la máquina de coser de mi mamá, me sentaba en esa plataforma negra, y simulaba que la rueda era mi timón y una piecita lateral en forma de rosca era mi claxon, y yo avanzaba y avanzaba conduciendo por la carretera. La economía familiar no alcanzaba para hacer viajes reales, es así que desde mis 8 años empecé a inventarme viajes imaginarios todos los veranos: con el álbum familiar en mano, ordenaba tantas fotos de mi papá en sus viajes de años de construcción de carreteras, aeropuertos, rutas. Sin darme cuenta viajaba con él a través de las imágenes, y siempre con lupa en mano empecé a acompañarlo en cada detalle fotografiado. En la primaria continuaron los viajes imaginarios viendo las fotos del libro de geografía del Perú de mi hermano, luego más libros en la secundaria, los viajes imaginarios se ampliaron cuando jugaba con mi hermana a adivinar en que ciudad de Europa estaba esa iglesia, ese paisaje, la pintura de El Bosco, y yo seguía con lupa en mano viajando en el tiempo para descifrar cada detalle de “El jardín de las delicias”. Estos viajes continuaron en la universidad, en las clases de cine, en el taller de cine, en la filmoteca donde reparaba películas de cine, horas y horas viendo fotogramas con paisajes, rostros. Los viajes reales recién empezaron con el fotoperiodismo hace 20 años con mi trabajo para diarios, revistas, publicaciones, libros.

Parque Nacional Cajas, Ecuador

Parque Nacional Cajas, Ecuador

Hoy continúan propuestas, viajes, tanto por hacer. Me falta el tiempo, esta viajera-fotógrafa independiente a veces se pone en modo Felipito, el personaje amigo de Mafalda, y cuando está en su cueva, se pone a soñar despierta, con los viajes que deben venir, con proyectos personales que debe impulsar. Pero me la paso contenta subiendo en redes los artículos y las fotos de esos destinos, personas, flora, avecitas, celajes y todo lo que pienso y siento pueda animarte a que esta torta llamada Perú la disfrutemos juntos, y aprendamos que en nuestro país el cielo anda sobre la tierra.

¡Vao viajeros!.