Vivir en el paraíso

Mi opinión

Galápagos no es solamente ese archipiélago preñado de vida, de insólitas criaturas que defienden con su presencia las tesis más astutas sobre la evolución de las especies y la adaptación natural. El archipiélago ecuatoriano es un mosaico de razas y de gentes. Quince mil colonos viven en sus islas, diez mil de ellos en Puerto Ayora, allí donde inicié mi aventura galapagueña. Galápagos, a pesar de guardar retazos de lo que fue en alguno de los rincones más apartados de la ruta del turismo masivo, es, sobre todas las cosas, una comunidad que vive de la misma actividad que pervirtió los días de Aguas Calientes, en el Cusco o en Jacó, Costa Rica. Todos hablan de lo mismo, todos viven de los dólares del turismo y sus actividades colaterales.

Angélica se llamaba la muchacha. Yo andaba solo, ella buscaba compañía. No era un día cualquiera en Puerto Villamil, isla Isabela, la más volcánica y bella de las ínsulas que conforman el archipiélago de las Galápagos, no, ese día debía coronarse a Miss Isabela y los juegos de artificios salpicaban de vida la noche. Conversamos un poco, primero con reticencias. Ella era de Guayaquil y estaba de paso en la isla por trabajo. Cocinar en un hotel –aunque este sea delicado y amigable como La Casa de Marita- proporcionaba mayores ingresos que en el continente. Le pregunté por el malecón sobre el río Guayas y le dije, con convencimiento, como queriendo romper el hielo que provocaba mi aspecto de turista, que su ciudad me había parecido acogedora y democrática. “Entonces no la conoces, me dijo, todo lo que sucede dentro del malecón no es Guayaquil. O en todo caso, yo no vivo en esa ciudad”.

Lo entendí perfectamente. Los mundos en su ciudad -y en la mía-  están siempre divididos. Cuando uno viaja ocupa por momentos un segmento o el otro. Mi estancia en Isabela, al menos para ella, habitante de algún arrabal de los alrededores del puerto ecuatoriano, era la de cualquier otros de los visitantes en el hotel donde laboraba. Lo tomé con calma y volví a lo mío, que no era otra cosa que tratar de captar en apenas tres días la belleza de un trópico bañado por las mismas aguas de Humboldt que saturan de humedad las costas de mi entorno. En Galápagos –en Puerto Ayora, Tortuga Bay y Puerto Villamil, también en Baltra- todo parece  cincelado por la furia de Vulcano. Las playas están cubiertas por una arena imperceptible que trastoca los sentidos para susurrarnos que en estas latitudes la actividad volcánica no se ha detenido y sigue alterando el paisaje. Y si el viajero tiene alguna duda de aquello, allí están el volcán Sierra Negra y su maravilloso circuito diseñado por el viento y la lava y también los túneles marinos en el extremo de Isabela, una extraña reunión de rocas detenidas en medio del océano para hablarnos de la intensa vida interior de este planeta que habitamos con tanto desparpajo. De verdad, el archipiélago de las Galápagos es un papel arrugado por los titanes que ha sobrevivido a duras penas al incendio universal.

Galápagos no es solamente ese archipiélago preñado de vida, de insólitas criaturas que defienden con su presencia las tesis más astutas sobre la evolución de las especies y la adaptación natural. El archipiélago ecuatoriano es un mosaico de razas y de gentes. Quince mil colonos viven en sus islas, diez mil de ellos en Puerto Ayora, allí donde había iniciado mi aventura galapagueña. Galápagos, a pesar de guardar retazos de lo que fue en los rincones más apartados de la ruta del turismo masivo, es, sobre todas las cosas, una comunidad que vive de la misma actividad que pervirtió los días de Aguas Calientes, en el Cusco o en Jacó, Costa Rica. Todos hablan de lo mismo, todos viven de los dólares del turismo y sus actividades colaterales. Un colono de Puerto Villamil o Puerto Ayora puede obtener ingresos mayores a los setenta mil dólares anuales si se dedica con empeño a la pesca ilegal o a la captura, también prohibida, del pepino de mar, un organismo marino de gran demanda en los mercados asiáticos que se va extinguiendo lentamente debido a su recolección desmedida. En Isabela, Minino, el guía que me llevó a conocer los volcanes más espectaculares de la isla, podía apostar en las carreras de caballos por el aniversario del cantón doscientos dólares y perderlos como si nada: total, en alguno de los bolsillos de su jean se amontonaban los billetes que le permitirían afrontar los gastos de la borrachera que se avecina.

Angélica lo sabe. Al fin y al cabo, ella es una mulata pobre que trabaja todo el día para guardar algo de dinero y pensar en una nueva vida en Guayaquil. En estas islas pobladas por iguanas que nadan en el mar, cactus que crecen sobre la lava y tortugas más que centenarias, las distancias sociales existen y no son broma. Como en cualquier parte. Por eso es que en la mañana de mi segundo día en la casa de Marita Velarde, la gentil peruana casada con Ermanno Zachetin y dueña del hotel donde me alojo, me atrevía a preguntarle a Angélica si la pasaba bien en Isabela. La muchacha me sirve el desayuno y evade una respuesta. Yo insisto, ella vuelve a sonreír. La tarde la dedico a visitar uno de los manglares de la isla en compañía de Atilio Pisatti, un abogado en Nápoles que cada año vuelve a las Galápagos a regar el jardín de la casa que algún día albergará sus huesos para siempre. Para Atilio pocos lugares como Isabela guardan aún los delicados encantos de un mundo imperturbado; sin embargo, los vientos del progreso –siempre de la mano de las obras del alcalde de ocasión- soplan irremediablemente en dirección opuesta al paraíso. Entonces, el bueno de Atilio, arpón en mano y dueño de una sonrisa gigantesca, me dice al oído que está en tratos con un amigo ambientalista para adquirir un lote en Floriana, otra de las islas de fantasía del archipiélago donde ha decidido sacarle la vuelta al destino y esperar el fin del mundo.

De regreso de un mar intensamente esmeralda pienso en las contradicciones que nos muestra a cada rato la vida. Atilio preocupado como yo por la salud del planeta, Angélica interesada solamente en hacer bien el trabajo del día para contar las monedas que va ahorrando. Otra vez en el comedor del tercer piso, los linderos que domina muy bien mi ocasional compañera de ruta, le pregunto si va ir a la fiesta de la noche. Ella me observa y me dice que sí, que hoy es su día libre y los bailes en el polideportivo son siempre un éxito. “Harta novedad”, me dice. Tiene razón. Todo el pueblo se ha reunido alrededor de la cancha de juegos de Puerto Villamil. Trato de imaginarme que estoy en Sullana, en Quilca, tal vez en Pedro Ruiz. No es tan difícil hacerlo: la música es la misma, la bulla similar, idénticos son los tonos en la epidermis de los concurrentes. Es el Perú que recorro, no me queda ninguna duda. Las melodías de “Medardo y sus Players” invitan al bailongo y la cerveza. No me animo. Angélica baila, tímida y a la vez altiva, con un colono que trata de seguirle el paso. Atilio, Marita y Oswaldo Molestina, un guayaquileño que conocí en la embarcación que nos trajo desde Puerto Ayora y que también sueña con vivir para siempre en Galápagos, se agrupan entre la multitud. Son parte de un eslabón pequeño en la sociedad isleña, ellos son los blancos de una comunidad eminentemente mestiza, chola. No sé qué lugar me corresponde, no soy parte de este mundo fuera del mío, soy un viajero torpe que atisba desde la distancia el movimiento de una ciudad parecida a las que conozco en mi país.

Pero debo partir, la fibra de Cucaracha, el patrón de la lancha que me debe trasladar de retorno a Baltra sale a las cinco de la mañana y no hay nada que hacer. Me acerco donde Angélica con más dudas que certezas. La abrazo con delicadeza y me despido tratando de no perturbar su inocencia y su distancia; ocupo a pesar de mis deseos más íntimos el lugar que debo tener en este juego de transacciones y silencios inútiles. Soy un visitante despistado que no ha entendido las convenciones, que no ha sabido ocupar su sitio. Su estúpido papel en el escenario social que tan bien conoce. Salgo del polideportivo de Puerto Villamil atravesado por una profunda tristeza. Camino a casa, mientras observo los esteros de Guayaquil desde el cielo azul de una ciudad animosa pienso en Angélica y compruebo que aún en el paraíso los ángeles tienen una sonrisa triste.

Buen viaje…