Vivir lejos del bullicio: ecoaldeas y ecoaldeanos

Isabel Martínez, La Vanguardia

Mi opinión

De verdad qué importa sin son muchos o poquitos… o si su propuesta es sostenible o apenas un murmullo débil cuya incapacidad para vencer al sistema es más que evidente. Lo cierto es que van surgiendo en todas partes respuestas novedosas a la crisis que nos agobia, respuestas, además, que no pretenden convertirse en ideologías, ni siquiera tienen la ilusión de ganar notoriedad, grandes espacios en los mass media.

Claro, estoy hablando de ese movimiento espontáneo, irreverente, milcaras que convoca a esos viajeros locos que en algún momento decidieron renunciar a todo (salieron de su zona de confort, esa es la frase que les gusta utilizar a los que están atentos a las ecomodas) para empezar una vida con variables diferentes a las que nos dicta el ideario consumista.

Conozco a muchos en esa búsqueda, forman parte de un tráfico que empieza a percibirse, al menos en el radar de los que estamos atentos a las propuestas diferentes. Y no es un fenómeno estrictamente contemporáneo, no, cuando era un mozalbete iniciándome en los viajes conocí –maravillosos años ochenta- a un grupo de ecoaldeanos hippies en Calca, juntito a Pisaq, viviendo de la tierra y de los sueños, con pocas cosas y mucho qué sentir.

Eran canadienses, creo; uno de ellos, una chica, me llamó la atención sobre el resto porque se había atrevido a cruzar todas las fronteras entre su país y el mío sin pasaporte y sin calzado. A pie calato, como dicen en el Cusco.

A cada rato me tropiezo con individuos de esa especie y los observo con fascinación. Conocí a un grupo interesante de ellos hace unos meses en Iquitos, en el taller de sanación de Ernesto García, los encontré tratando de hallar en las plantas sagradas las respuestas que Occidente –el marxismo, el sicoanálisis, el ecologismo- no ha sabido brindarles. Y los sentí felices, en camino a algo mejor…

Es así. Presumo que ese movimiento tan espontáneo y real irá creciendo, haciéndose más grande con el paso del tiempo, con la agudización de la crisis planetaria. Qué importa que apenas sean mil los que en España abandonaron las ciudades para instalarse en el campo. Qué importa si están agrupados en redes o si su propuesta tiene solución de continuidad, es sostenible. Solo interesa que estén allí, buscando el hilo de Ariadna, atreviéndose a hacer aquellos que nos es difícil hacer. Mis respetos a todos ellos, a esos que se subieron a una Kombi para rodar por Sudamérica o decidieron acampar en San Roque de Cumbaza para ver crecer los arbolitos que sus manos citadinas se animaron a sembrar…Son los adelantados.

Vivir lejos del bullicio, del estrés y en armonía con el entorno natural es una opción que despierta cada día más interés entre aquellos urbanitas que quieren romper con los lazos de la gran ciudad. Pero no se trata de volverse al pueblo porque ahora van mal las cosas siguiendo la estela romántica que a menudo se vende del mundo rural, sino de buscar el acomodo en zonas recónditas o despobladas para desarrollar un estilo de vida en comunidad, alternativo y sostenible Estos tres elementos son el común denominador de las ecoaldeas, un fenómeno que si bien no es nuevo, está ganando adeptos en España. En este caso, el mérito no es tanto –o no es solo- del contexto económico, sino de la crisis ecológica o la dependencia energética que hipoteca las generaciones futuras y contra la que muchos ya han puesto remedio. Sencillamente, construyendo nuevas realidades.

Hace 17 años que la Red Ibérica de Ecoaldeas (RIE) aglutina proyectos que gravitan sobre el respeto y el cuidado de la tierra, la bioconstrucción y el uso de las energías renovables. Las ecoaldeas son la fórmula más extendida, pero en la treintena de iniciativas que reúne la red –“la más antigua y consolidada de Europa”, según su portavoz, Kevin Lluch-, también tienen cabida asentamientos comunitarios diversos, proyectos educativos alternativos o de permacultura. “No hay un perfil único y las iniciativas caminan entre lo espiritual y lo socio-político”, apunta Lluch, psicólogo de profesión y miembro también de la ecoaldea Los Portales, en Sevilla. Normalmente son comunidades pequeñas, autogestionadas que se financian de lo que producen y se abastecen de lo que cultivan. Sus miembros comparten tareas y decisiones. Su interés se ha disparado en los últimos tiempos al calor de la idea cada vez más extendida de que otra sociedad es posible.

Aunque no hay un censo oficial, se estima que un millar de personas en toda España viven en asentamientos de este tipo. Franzina Balagué es una de ellas. Forma parte de Verda Koro, una comunidad comprometida con el cuidado de la tierra, de las personas y el reparto justo de recursos, que está en proceso de ubicación definitiva. Esta logopeda de formación con experiencia en vida comunitaria, medio rural y agrícola pone cifras a la percepción extendida de que el fenómeno está echando raíces motivado por una mezcla de crisis económica y fracaso del sistema, aunque más lo segundo que lo primero. “Sin estar anunciados –dice Balagué- recibimos una media de 15 o 20 correos electrónicos al mes de personas interesadas en conocer nuestra experiencia”.

Crece el interés

Les contactan para hacer de voluntarios o para pasar una temporada con ellos y experimentar, lo que demuestra que lejos de ser un movimiento de “bichos raros”, las ecoaldeas son una respuesta meditada ante un sistema que no convence demasiado.  “La gente que nos escribe se abre a otra manera de vivir, diametralmente opuesta a la que ha llevado hasta ahora”, comenta. ¿El perfil? Muy diverso. “De 20, 30 y hasta de 60 años o más”, añade la pedagoga. Según ella,  el movimiento engancha a ciudadanos “convencionales” y formados dispuestos a dar el portazo. “Mucha gente se plantea una nueva realidad después de asistir a un fracaso social con mayúsculas”, añade.  El mensaje de SOS en forma de ‘estoy harto de mi vida’ también lo recibe Lluch con bastante frecuencia. “Hay una tremenda efervescencia por romper con el individualismo y la competitividad y vivir con más conciencia”, dice.

Ángel Paniagua, investigador del CSIC y experto en mundo rural, defiende, sin embargo, que el fenómeno de las ecoaldeas tiene “poca relevancia social” si se analiza a nivel cuantitativo. “Ahora mismo, el flujo entre áreas urbanas y áreas rurales está estabilizado y es muy poco relevante si consideramos la población de España en su conjunto”, explica. Ni siquiera la crisis ha decantado la balanza a favor de las áreas rurales. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) las variaciones residenciales continuaban teniendo en 2013 un saldo positivo de 22.000 personas hacia las zonas urbanas, considerando éstas las de más de 10.000 habitantes. Esto quiere decir, en palabras de Paniagua, “que las áreas rurales no están actuando, a menos a nivel cuantitativo, como áreas refugio”. “Es una tesis muy establecida, la de volver al pueblo donde se dice que es más fácil organizarse la vida, pero allí también hay que pagar facturas”, afirma.

En opinión del investigador del CSIC, el fenómeno de las ecoaldeas tiene “impacto mediático” y cualitativamente puede ser relevante “porque está asociado a un estilo de vida totalmente alternativo al de la ciudad”. No es sólo cambiar el asfalto por el campo. “La gente que se instala en ese tipo de comunidades suele buscar zonas rurales extremas o despobladas para desarrollar un modo de vida integrado en la naturaleza, donde el sustento salga de la tierra, todo el mundo se conozca e interactúe muchas veces con formas de organización social de microgobierno”, explica.

Un fenómeno en vacío legal

Algunas de estas comunidades tienen más de 30 años de existencia, como Lakabe en Navarra o Los Portales, en Sevilla, pero a pesar de su largo recorrido siguen viviendo en un vacío legal. “La ley no nos lo pone fácil y tenemos que buscar el mecanismo con el que desarrollar el proyecto”, explica el portavoz de la RIE. Algunas ecoaldeas se configuran en cooperativa, otras en fundación o entidad para vender sus productos. En Verda Koro, por ejemplo, se están planteando formar parte dela Cooperativa Integral Catalana para conseguir el amparo legal necesario. Unos equilibrios legales que no hacen falta en países como Dinamarca o Suecia, donde el movimiento está tan normalizado que existe incluso la figura del “ecoaldeano”.

Pero el legal no es el único handicap al que se enfrentan estas comunidades. También corren el riesgo, como cualquier otra iniciativa, de quedarse por el camino. De no prosperar por problemas internos. “Es un estudio que está por hacer, cuántas han empezado, cuántas se han consolidado y cuántas han evolucionado hacia un modo de vida no alternativo, con una base económica más convencional”, comenta Paniagua. Según él, algunas de estas iniciativas que empezaron como ecoaldea no han llegado a cambiar de zona, pero sí se han reacomodado después de crisis internas. En Verda Koro no es un tema que asuste. Hay más miedo en cómo encontrar viabilidad económica con la que tirar adelante el obrador que tienen en mente. “Trabajamos la gestión de emociones, la comunicación no violenta y para nosotros eso es un aval que nos hace encarar el futuro con optimismo”, afirma.

Tanto ella como Lluch coinciden en que hay un caldo de cultivo favorable a nuevas realidades. Las ecoaldeas son una de ellas, pero hay muchas más. El movimiento neorrural, el ecologismo, el cooperativismo o elconsumo colaborativo están viviendo un período de expansión por un cambio real de conciencia ciudadana. También se han intentado poner en marcha iniciativas agroecológicas municipales, como la de Carcaboso, en Extremadura, que ofreció sus jardines públicos para sembrar lechugas. “La sociedad  -concluye Lluch- está buscando cómo corregir sus fallos”.

19/02