Vivir slow

Cada vez que vuelvo al Valle Sagrado de los Incas, el paisaje sacro de mis viajes iniciáticos  y recorro el mercado de Pisac, qué importa que ahora hayan tantos mercachifles como en un bazar oriental, o doy una vueltita por la campiña abigarrada de sueños de Taray recuerdo lo mismo: el paso de los devotos, melenudos y mal vestidos, que poblaban los caminos a inicios de los años ochenta buscando un lugar mejor para empezar a vivir en armonía con los dioses y la naturaleza…

Eran las últimas mesnadas de una tribu, la de los hippies,  herida de muerte, viviendo sus estertores, su magnífica agonía. Si la del sesenta y la del setenta fueron las décadas de la ilusión y las utopías por cumplirse, la del ochenta fue su némesis, su contrario más atrevido. La década que se iniciaba cuando me aventé a caminar fue la del liberalismo en ascenso y las adhesiones al pragmatismo de los Ronald Reagan y las Margaret Tatcher.

Manu Leguineche no es muy lisonjero con ellos en su recorrido por el plantea, los mira con cierto desdén y anota, luego de toparse en Afganistán con un muchacho de Illinois, barbisucio y en andrajos, lo siguiente: “Son los epígonos de los beatniks, que pronto serán bautizados como hippies [recordemos, Manu se encuentra con ellos en 1965]. Dentro de muy poco llegarán en grupo por estas mismas carreteras para dirigirse hacia las emociones de Kabul, la droga barata y una drástica ruptura con la mediocridad de sus vidas en una oficina de Londres, un hospital de Bruselas, una fábrica de Hamburgo, un colegio de París o un barrio de Nueva York. Ese jubón de cuero mal curado que traen de Afganistán se fabricará pronto en serie y se venderá en Carnaby Street o en las calles de High Ashbury, en San Francisco”.

El paso de los hippies por Irak, Afganistán, Pakistán y la India, países profundamente religiosos y a leguas, a varios años-luz, de la liberación femenina y el haz el amor y no la guerra, desatarán la xenofobia y el hartazgo entre las poblaciones locales. Los expedicionarios de la Trans Word Record Expeditions encuentran las tiendas desabastecidas y los precios por las nubes. La turismofobia es tan antigua como el turismo, habría que decirlo. Manu, continúa:

“La invasión de los hippies no habrá mejorado esta antipática costumbre, más bien al contrario. Ha habido hippies que han pedido aquí limosna en una de las naciones más pobres del mundo y, sobre todo, que han robado cuanto han podido. Ahora los adultos los desprecian y los niños les arrojan piedras”.

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Otras son las tribus que pueblan los caminos que sigo recorriendo. En Ollantaytambo escuché los relatos del paso de unos viajeros europeos, alemanes me pareció oír,  vestidos a la usanza del siglo XIX y sin un cobre en los bolsillos, que cambiaban alojamiento y buen trato por construir con madera lo que sus anfitriones les pedían. Y hacerlo, además, con una eficiencia y calidad propia de otra centuria.

O la tribu de los trovadores indígenas con las que se topó hace poco Sadi Paredes, en las selvas de Rio Branco, Brasil, cantando y contando las tribulaciones de su raza y los deseos de los que sobrevivieron de juntar a los suyos para recuperar la tierra en manos de los fazenderos y otras lacras que llegaron desde al Atlántico. Qué importa que Bolsonaro no lo quiera o que en el mundo esté girando a otro ritmo.

De verdad qué importa sin son muchos o poquitos… o si su propuesta es sostenible o apenas un murmullo débil cuya incapacidad para vencer al sistema es más que evidente. Lo cierto es que van surgiendo en todas partes respuestas novedosas a la crisis que nos agobia, respuestas, además, que no pretenden convertirse en ideologías, ni siquiera tienen la ilusión de ganar notoriedad, grandes espacios en los mass media.

Claro, estoy hablando de ese movimiento espontáneo, irreverente, milcaras que convoca a esos viajeros locos que en algún momento decidieron renunciar a todo (salieron de su zona de confort, esa es la frase que les gusta utilizar a los que están atentos a las ecomodas) para empezar una vida con variables diferentes a las que nos dicta el ideario consumista.

Conozco a muchos en esa búsqueda, forman parte de un tráfico que empieza a percibirse, al menos en el radar de los que estamos atentos a las propuestas diferentes. Y no es un fenómeno estrictamente contemporáneo, no, los ecoaldeanos hippies que conocí en Taray, juntito a Pisaq, viviendo de la tierra y de los sueños, con pocas cosas y mucho qué sentir, eran canadienses, creo; uno de ellos, una chica, me llamó la atención sobre el resto porque se había atrevido a cruzar todas las fronteras entre su país y el mío sin pasaporte y sin calzado. A pie calato, como dicen en el Cusco.

A cada rato me tropiezo con individuos de esa especie y los observo con fascinación. Conocí a un grupo interesante de ellos hace unos meses en Iquitos, en el taller de sanación de Ernesto García, los encontré tratando de hallar en las plantas maestras las respuestas que Occidente –el marxismo, el sicoanálisis, el ecologismo- no ha sabido brindarles. Y los sentí felices, en camino a algo mejor…

Es así. Presumo que ese movimiento tan espontáneo y real irá creciendo, haciéndose más grande con el paso del tiempo, con la agudización de la crisis planetaria. Qué importa que apenas sean mil los que en España abandonaron las ciudades para instalarse en el campo. Qué importa si están agrupados en redes o si su propuesta tiene solución de continuidad, es sostenible. Solo interesa que estén allí, buscando el hilo de Ariadna, atreviéndose a hacer aquello que nos es tan difícil de hacer.

Mis respetos a todos ellos, a esos que se subieron a una Kombi para rodar por Sudamérica o decidieron acampar en San Roque de Cumbaza para ver crecer los arbolitos que sus manos citadinas se animaron a sembrar…Son los adelantados.