No has muerto en vano, Máximo Damián

A mí también me educaron Oscar y Lucinda, los empleados que en casa se ocupaban de mis momentos libres de la presión escolar y los avatares de ser el menor de una familia numerosa. Oscar Ramos Santiago era de Ayacucho, de su campo luminoso y al borde del estallido social; Lucinda Soto, de Huánuco, supongo...
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