Intimar: un refugio en Paracas

Qué gusto constatar que el emprendimiento que impulsa Lucho Zapata en Paracas se consolida y empieza a andar a pasos firmes. Conocí a Lucho, arequipeño, bon vivant, tremendo anfitrión, hace unos diez años, cuando con Walter Silvera y Anna Cartagena recalamos en el sueño que empujaba con otros characatos en Caleta San José, una playa escondida y asulízima en las cercanías de Quilca.

Lucho encarna lo mejor de la ilusión que seguimos teniendo en un turismo respetuoso de los entornos narturales y planteado desde la intención de quienes los impulsan de proteger paraísos en peligro de extinción. Qué diferencia entre la propuesta suya en la Reserva Nacional Paracas y los safaris turísticos que se vienen promocionando en otras partes de nuestro país.

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Vivir lejos del bullicio: ecoaldeas y ecoaldeanos

De verdad qué importa sin son muchos o poquitos… o si su propuesta es sostenible o apenas un murmullo débil cuya incapacidad para vencer al sistema es más que evidente. Lo cierto es que van surgiendo en todas partes respuestas novedosas a la crisis que nos agobia, respuestas, además, que no pretenden convertirse en ideologías, ni siquiera tienen la ilusión de ganar notoriedad, grandes espacios en los mass media.

Claro, estoy hablando de ese movimiento espontáneo, irreverente, milcaras que convoca a esos viajeros locos que en algún momento decidieron renunciar a todo (salieron de su zona de confort, esa es la frase que les gusta utilizar a los que están atentos a las ecomodas) para empezar una vida con variables diferentes a las que nos dicta el ideario consumista.

Conozco a muchos en esa búsqueda, forman parte de un tráfico que empieza a percibirse, al menos en el radar de los que estamos atentos a las propuestas diferentes. Y no es un fenómeno estrictamente contemporáneo, no, cuando era un mozalbete iniciándome en los viajes conocí –maravillosos años ochenta- a un grupo de ecoaldeanos hippies en Calca, juntito a Pisaq, viviendo de la tierra y de los sueños, con pocas cosas y mucho qué sentir.

Eran canadienses, creo; uno de ellos, una chica, me llamó la atención sobre el resto porque se había atrevido a cruzar todas las fronteras entre su país y el mío sin pasaporte y sin calzado. A pie calato, como dicen en el Cusco.

A cada rato me tropiezo con individuos de esa especie y los observo con fascinación. Conocí a un grupo interesante de ellos hace unos meses en Iquitos, en el taller de sanación de Ernesto García, los encontré tratando de hallar en las plantas sagradas las respuestas que Occidente –el marxismo, el sicoanálisis, el ecologismo- no ha sabido brindarles. Y los sentí felices, en camino a algo mejor…

Es así. Presumo que ese movimiento tan espontáneo y real irá creciendo, haciéndose más grande con el paso del tiempo, con la agudización de la crisis planetaria. Qué importa que apenas sean mil los que en España abandonaron las ciudades para instalarse en el campo. Qué importa si están agrupados en redes o si su propuesta tiene solución de continuidad, es sostenible. Solo interesa que estén allí, buscando el hilo de Ariadna, atreviéndose a hacer aquellos que nos es difícil hacer. Mis respetos a todos ellos, a esos que se subieron a una Kombi para rodar por Sudamérica o decidieron acampar en San Roque de Cumbaza para ver crecer los arbolitos que sus manos citadinas se animaron a sembrar…Son los adelantados.

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Viajar slow, esa es la consigna

Lo slow es la voz. Comer slow, viajar slow, disfrutar slow, vivir slow. La forma de vida preconizada por Carl Honoré en Elogio de la lentitud es la única que se me ocurre recomendarles para organizar nuestras vidas. Y ponerle freno de una vez y para siempre a los apuros que determinan nuestra particular manera de ver y entender el mundo que nos ha tocado vivir.

Empero, la opción por lo slow -y no la opción por la ecomoda slow como dirían mis amigos del norte peruano- es tranquísima. Lo digo con conocimiento de causa, diablo predicador de una ideología que aunque admirable se me hace tan difícil asumir en la práctica…

En fin, mientras acelero el ritmo para cumplir con todos los pendientes de este domingo en casa, les paso esta nota que he recogido de la revista GEO. La iba a acompañar de un relato sobre mi última visita al fundo de mi amiga Olivia Sejuro en Nazca, un ecolodge ideado por su creadora para tomar un baño de slow y ser feliz por mucho tiempo. Me acordé, sin embargo, que pasé apuradísimo por su finca entretenido como estaba en “papar moscas”. Un ganso.

Olivia y su prole han decidido vivir slow, suerte la suya, qué envidia.

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