Edgardo Rivera Martínez: «Vargas Llosa y yo tenemos una versión diferente, una manera distinta de sentir los Andes, el Perú»

Ciento veinte días después de haber salido a caminar, extraño por primera va vez mi casa, mis libros, mi biblioteca. Si estuviera allí, entre ellos, hubiera corrido a atrapar “País de Jauja” y todo lo que atesoro de la obra de Edgardo Rivera Martínez, un escritor a tiempo completo, un amante permanente y respetuoso del mundo andino.

Tuve el honor de conocerlo, fui maestro de sus tres hijos, Oriana, Gonzalo y María Alejandra, a ellos mi cariño y solidaridad en estos días tristes…

Rivera Martínez fue un artista en toda la extensión de la palabra. Músico amateur y musicólogo, estudioso de los viajeros franceses en el Perú del siglo XIX, maestro universitario, finísimo traductor y escritor notable, tal vez de los mejores del parnaso literario del Perú. Lo voy a recordar como un hombre discreto, de pocas apariciones públicas, parco, cultísimo y fino, un obrero incansable de las letras y la creación genuina.

País de Jauja es una de las novelas más hermosas que he leído. Un canto bellísimo a la tierra nativa y al país de la infancia, de las evocaciones, de los recuerdos más tiernos e imperecederos.

Buen retorno a la tierra, viajero…

(Les dejo por aquí la entrevista que le hiciera Jaime Cabrera Junco para la edición número 8 de la entrañable revista Buen Salvaje)

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“Hoy todo es Netflix y quedarse adentro”. Miguel Rubio presenta su libro “La expulsión del paraíso”

Miguel Rubio, pelotero mayor, emblema futbolístico de varias generaciones de apasionados por el buen juego, ariete del Federico Blume y de las mejores formaciones del equipo máster de Los Reyes Rojos, se lanza a la aventura de publicar su opera prima, un libro que esperábamos desde hace mucho los que desde siempre hemos sabido gozar de su pluma y talento como escritor.

Miguel, hacedor de los mejores guiones televisivos de la década de los noventa, cuando la TV no era tan basura como es ahora, es un prolífico narrador de historias y cultor de una muy buena prosa. En los años ochenta, mozalbete aún quien pergeña estas líneas, aprendió del mayor del clan Rubio a leer novelas negras, marcar con precisión a los rivales que nos salían al frente y muchísimas otras cosas más.

El lunes 4, el día de la presentación de “La expulsión del paraíso”, voy a estar en primera fila para aplaudir de pie el ingreso tardío pero oportunísimo de Rubio en el parnaso literario nacional. Bien merecido, por cierto.

Les dejo esta pequeña semblanza del autor recién publicada en El Olivar, simpático periódico de la Municipalidad de San Isidro.

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Irma del Águila: “Creían que yo era un conocido historiador hombre que escribía novelas

Meses atrás, me llevé al Uruguay la novela de Irma del Águila sobre Fushía, el japonés que vivió en en una isla con decenas de mujeres de acuerdo al relato de Vargas Llosa en La Casa Verde y la devoré en un santiamén en un bar para pobres del centro de Montevideo.

Me encantó la novelita, el tono de las reminiscencias que la narradora -socióloga y literata- hace de sus años primeros en la selva y la intriga que supone la búsqueda del evasivo oriental lujurioso entre los pliegues del Marañón.

No conocía, entonces, a la autora; sin duda, una de las más novelistas más prolíficas del parnaso cholo. Les dejo la entrevista que le acaba de hacer Gabriela Wiener para La República, está buenísima. Tienen que conocer la obra de Irma del Águila; n estos días voy a tratar de conseguir Moby Dick en Cabo Blanco y El hombre que hablaba del cielo, dos de los títulos que ha publicado.

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Carlos Calderón Fajardo, el más costeño de nuestros escritores “serranos”

Calderón Fajardo solía considerarse un escritor barranquino. El que lo calificarán, atendiendo a su nacimiento en Puno por causas del azar, como un autor serrano le parecía un sinsentido, otra de las tantas malas pasadas que le había jugado el destino. Me lo comentó Didi Arteta mientras acompañábamos a los suyos en el velatorio de la iglesia de Fátima: el escritor pasaba por una época fecunda, de reconciliación con su extraordinario genio literario; se había recuperado por fin de los achaques de una extraña dolencia que lo tuvo maniatado y sin fuerzas, y pasaba los días escribiendo y pergeñando historias. Les paso esta bonita reseña que acabo de recoger del Internet.

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Carlos Calderón Fajardo, una vida dedicada a la creación

Tuve la suerte de conocer a Carlos Calderón Fajardo (1946-2015), notable escritor, vecino ilustre de Punta Negra.

Mis recuerdos del escritor barranquino nacido por esas cosas del destino en Juliaca, Puno se remontan a inicios de los ochenta, cuando su nombre era mencionado con respeto en las tertulias en casa de Lolo y Didi Arteta. Ya por entonces Calderón Fajardo no se dejaba ver con facilidad, era un hombre de naturaleza reservada, esquiva, que había decidido permanecer lejos del alboroto de la fama literaria y los primeros planos.

Lo suyo era la creación silenciosa, el retiro como acicate para el ejercicio literario, la soledad del libre pensador, el compromiso absoluto con la creación. Lolo y sus compinches, Ricardo Vergara, Eliseo Guzmán, me imagino que el gordo Peña, solían referirse a él con admiración, con inusitado respeto.

Años después recibimos a sus hijos en Los Reyes Rojos; a Pablo, el mayor, a Omar y a Juanito, compañero de aula de uno de los míos. Los tres crecieron entre nosotros mientras su padre los miraba con su inocultable amor desde prudente distancia, sin alborotarlos demasiado; insólito habitante de los malecones y reventazones de Punta Negra, el impenetrable refugio que construyó a cincuenta kilómetros de Lima

Alguien lo dijo al analizar su obra: fue “un autor inclasificable y a la vez genial”. Lo sé. Diego Alonso Sánchez, profesor de Los Reyes Rojos y poeta, lo invitó al colegio hace unos años para que lea ante os muchachos de secundaria alguno de sus cuentos. Esa fue la última vez que lo vi. Calderón Fajardo seguía siendo el mismo: un hombre que habitaba un cuerpo delgado, un hombre que parecía soportar sobre sus osamentas el peso de todo el mundo. Un hombre inclasificable, para los que lo veíamos de lejos y a la vez genial.

Buen viaje, compañero.

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