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400 millones de guardianes del terruño, un artículo de Anna Zucchetti para Jugo de Caigua

Por Anna Zucchetti para Jugo de Caigua

El año 2025 marcó un punto de inflexión en mi vida: me convertí en una activista de la agricultura. No opté por la acción política convencional, sino por el trabajo directo en la chacra. Desde hace años tenía el anhelo de hundir las manos en la tierra cotidianamente: deseaba sentir su textura, palpar la granulosidad del compost, encontrar el suave exoesqueleto de un insecto o descubrir las hifas blancas de algún hongo. Era un deseo de rememorar los juegos de la infancia, cuando la tierra era el escenario de mis descubrimientos.

Necesitaba equilibrar el asfalto de la ciudad y mi vida urbana con la acción directa sobre el suelo. Mi experiencia con la dieta de ayahuasca en los bosques de la Cordillera Escalera me convenció de que habitar el terruño en todas sus dimensiones —sonoras, olfativas, táctiles y espirituales— es uno de los actos más sublimes de la existencia. Luego de tres años de búsqueda, transitando por valles, conversando con productores y husmeando en ferias, hallé mi lugar. Así nació mi proyecto de agricultura regenerativa familiar.

En este viaje descubrí que no estoy sola. Soy parte de un ejército de 400 millones de mujeres que, en todo el mundo, generan vida comestible. A nivel planetario, representamos casi el 40 % de la fuerza laboral en los sistemas agroalimentarios y desempeñamos roles que van desde la siembra hasta la comercialización. Somos un mosaico diverso: abuelas, madres e hijas; campesinas y mujeres indígenas, refugiadas y profesionales que han redescubierto el campo; apicultoras, pastoras y científicas agrícolas.

La paradoja es fuerte: aunque poseemos apenas el 15 % de las tierras cultivadas, producimos más de la mitad de los alimentos del mundo. En los países en desarrollo, somos nosotras quienes llevamos a la mesa entre el 60 % y el 80 % de la comida mediante la agricultura familiar.

En el Perú, el panorama es similar. Según la Encuesta Nacional Agropecuaria (ENA 2022) del INEI, el 33.4 % de los productores son mujeres, aunque otras cifras oficiales elevan esa participación a casi un millón, lo cual representa cerca del 45 % del total. La mayoría (67 %) nos dedicamos a la agricultura de subsistencia, sosteniendo hogares y mercados locales desde fundos pequeños: un promedio de 1.8 hectáreas frente a las 3 hectáreas que suelen conducir los hombres.

Mi primera maestra fue la agrónoma Carmen Felipe-Morales quien, desde su fundo  Bioagricultura Casablanca en Pachacámac, me dio las primeras lecciones de agroecología. Pero el campo peruano está lleno de historias que transforman. Una de ellas es la de Irene Chamaya Correa, una agricultora cacaotera en Ucayali. Lo que empezó como una pequeña parcela de dos hectáreas, hoy es una finca agroforestal de 80.000 m² donde el cacao convive con especies nativas como la lupuna, la caoba, la copaiba y el «paliperro» (Miconia barbeyana), un árbol amazónico clave para atraer aves y abejas. Bajo un enfoque ecosistémico, Irene ha demostrado que producir cacao no es incompatible con proteger la biodiversidad. Su liderazgo fue más allá de su lindero: fundó la cooperativa Colpa de Loros, desde donde impulsa a otros socios hacia la agricultura regenerativa, fortaleciendo la resiliencia climática de toda su comunidad y mejorando su acceso a mercados justos.

En los Andes centrales, la historia de Estela Ulloa es un retorno a las raíces. Estela, ingeniera ambiental formada en Lima, regresó a su pueblo natal durante la pandemia para poner su conocimiento al servicio de su comunidad. Su labor ha sido vital para preservar el sistema ancestral de rotación de siete turnos, una práctica que alterna siete tipos de cultivos en una misma parcela a lo largo de siete años, logrando mantener la fertilidad del suelo y combatiendo las plagas de forma natural sin agotar los nutrientes. 

Mientras Irene y Estela aplican la ciencia en el campo, otras mujeres transforman la agricultura desde el laboratorio. La doctora Rosana Chirinos, experta en ciencias agronómicas, lidera investigaciones en biotecnología de cultivos andinos. Su trabajo se centra en la extracción y análisis de compuestos bioactivos en plantas nativas —como el sacha inchi, la mashua, la cañihua, la kiwicha y la muña—, revelando el potencial oculto de nuestra biodiversidad. 

Por su parte, Carmen García, doctora en ciencias biológicas y actual presidenta del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), ha marcado un hito en la ciencia regional. En 2003, fundó el Laboratorio de Biología y Genética Molecular del IIAP, donde realizó investigaciones pioneras de peces amazónicos fundamentales para la seguridad alimentaria y la economía local, tales como el paiche (Arapaima gigas), la gamitana, el paco, el boquichico, la doncella y el dorado.

La labor de Alicia Medina, investigadora del Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA), es otro testimonio de esta fuerza. Alicia ha dedicado gran parte de su vida a potenciar las cualidades nutritivas del maíz morado (Zea mays) y ha logrado desarrollar un «supermaíz» con un altísimo contenido de antocianinas y antioxidantes. Este grano no solo se proyecta como un aliado farmacológico en la prevención del cáncer, sino que hoy es la base del mejor whisky del mundo.

Todas estas historias, desde la chacra hasta el laboratorio, cobran una relevancia especial este 2026, pues se celebra el Año Internacional de las Mujeres en la Agricultura: un recordatorio de que lo que ponemos en nuestra mesa depende de este ejército de guardianas del terruño que, desde el surco o el microscopio, garantizamos que el futuro sea fértil y soberano.

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