Por Guillermo Reaño para Solo para Viajeros
Fue un hombre discreto, de inusual perfil bajo y ganas, muchas ganas de salvar al mundo de la hecatombe ambiental. Del Armagedón que se nos viene. O que simplemente ya llegó. En el 2016 lo busqué para que me diera luces sobre el impacto de las hidroeléctricas en la Amazonía boliviana: yo acababa de regresar de un largo viaje por el Madidi, el parque nacional donde el gobierno de Evo pujaba por construir dos represas: El Bala y El Chepete y Pepe, experto en enfrentar desatinos de ese tipo, me atendió con la elocuencia que lo caracterizaba para darme las mejores lecciones sobre el daño que producen las grandes infraestructuras en el bioma que recorrió como pocos cuando estas se planean y ejecutan sorteando el sentido común y en aras de beneficios dudosos.
Desde entonces nos reunimos varias veces para hablar de estos temas y de uno más que le gustaba en especial y al que siempre recurría para buscar compinches: ese de viajar como un boy scout por todas las pieles del planeta que decidió abandonar en octubre pasado justamente cuando visitaba Agra, en la India, uno de los infinitos paisajes que recorrió con embeleso en su largo peregrinaje por estos planos, me imagino que con las mismas ganas que tuvo cuando era un pequeñín preguntón en las aulas del colegio Raimondi donde cursó sus estudios escolares.
José Víctor Serra Vega, ambientalista a tiempo completo, ciudadano del futuro, hombre esencialmente bueno, acababa de cumplir 85 años cuando la muerte le tendió el zarpazo artero.
Y aún en su venerable ancianidad, el ingeniero electricista por la Universidad Nacional de Ingeniería, con un MBA en Berkeley y estudios universitarios en Paris 1, Harvard y Stanford, seguía siendo el joven impetuoso capaz de desafiar innumerables peligros con tal de caminar bien erguido por la epidermis del planeta. A veces al timón de la Suzuki Jimny con la que llegó alguna vez a mi casa en San Bartolo para rajarme de las veleidades del gobierno de turno interesado en tender a cómo de lugar la línea de transmisión Moyobamba-Iquitos, a pesar de los sobrecostos y los daños a los aguajales más valiosos del oriente nuestro. O en balsa, como cuando a los setentaypico se lanzó a navegar las aguas del Marañón para acompañar a un grupo de defensores de la salud del Gran Río, uno de los cauces fluviales que el Acuerdo Energético Perú Brasil, pergeñado por la dupla Alan-Lula, estuvo a punto de hacer trizas en los tiempos en que Odebrecht, OAS y las demás constructoras brasileñas gozaban de envidiable encanto en los conciliábulos limeños. Ese acuerdo y los otros proyectos de gran envergadura diseñados para cubrir de “progreso” la Amazonía entera tuvieron en el experto en energía y medioambiente en el que se había convertido a su más tenaz impugnador.

Como lo ha recordado Manuel Glave, economista ambiental y miembro del staff de investigadores de Grade, “la importancia científica de José en el debate sobre la viabilidad de las centrales hidroeléctricas del acuerdo energético de fines de la primera década de este siglo, en particular durante la discusión sobre la hidroeléctrica de Inambari fue fundamental, sobre todo para poner en la mesa el análisis objetivo de costo-beneficio que pusieron en tela de juicio la viabilidad del proyecto”.
En esos años de tantos encontronazos Serra se batió, algunas veces desde Pronaturaleza, donde fue miembro de su junta de administración, otras veces desde de DAR, que publicó algunos de sus trabajos más conocidos y siempre en foros, debates y entrevistas -en Cajamarca, Celendín, Puno, Iquitos, Sao Paulo- para demostrar los inmensos daños en los ecosistemas amazónicos y, sobre todo, en la salud y la vida la gente del aluvión constructivo detrás de las hidroeléctricas y las otras infraestructuras soñadas en aras de la integración económica con Brasil.
Gustavo Suárez de Freitas, otro estudioso de la Amazonía, que lo conoció y fue partícipe de sus inquietudes lo recuerda como un hombre “totalmente comprometido con una visión de un planeta sostenible y habitado por personas mejores. Su deceso es una lamentable pérdida y al mismo tiempo un recuerdo estimulante para seguir construyendo un mundo mejor”.
Pienso lo mismo, José fue un adalid del planeta que nos merecemos. Y como lo he mencionado, a recorrerlo dedicó los últimos años de su paso inspirador y fecundo por Gaia. En su cuenta en Facebook han quedado grabados sus últimas aventuras. Allí están sus noticias desde el Masai Mara, en África, baste mencionar que Pepe trabajó en Nairobi para el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP); en el Kremlin, en Ucrania y en Paris, pero también en Macusani, en la provincia puneña de Carabaya; en las orillas del Titicaca donde gozó de la fiesta de La Candelaria y en Capachica; en Cúcuta y la Macarena, Colombia; en Chichen Itzá y en Mérida, Yucatán; en el río Itaya y claro, en el Marañón que tanto defendió; también últimamente en Tarapoto, desde donde salió a recorrer Chachapoyas para internarse luego en las cuencas de los ríos Marañón, Santiago, Morona, Pastaza y Huallaga; en Guatemala y claro, también en Corea del Norte, donde caminó mirándolo todo por la ciudad de Pyongyang. Y al final en la India, donde culminó su peripecia vital y donde fueron cremados sus restos para que sus cenizas sean enviadas a Lima este fin de mes.
Creo que fue en el auditorio de Centro Cultural Ricardo Palma, en Miraflores, donde nos saludamos por última vez. Debió ser a fines del invierno pasado, Pepe fue, debo decirlo, un inquieto partícipe de la movida cultural de esta ciudad gris y monocorde, nada de lo útil, en esta materia, le fue ajeno. Esa noche se presentaban las películas ganadoras del Festival del Cine de Montaña INKAFEST y el empecinado viajero, el hombre que se movía por el mundo hablando los cinco idiomas que dominó a la perfección, no podía faltar. Nos abrazamos y quedamos en un pronto encuentro en San Bartolo.
No se pudo concretar, lamentablemente.
Nos va a hacer falta en estos tiempos de negacionismos y bravuconadas. Como me comenta en una nota la periodista Hildegard Willer, el apasionado trotamundos, este Attenborough cholo, vital, este hombre bueno que amaba como pocos la naturaleza y todos sus misterios “traslucía cierta tristeza cuando hablaba de cómo estos espacios y seres naturales estaban cada vez más amenazados por las actividades y la codicia humana”.
Sí, ese también fue Pepe. Me quedo con el viajero inagotable, el constructor de quimeras, el hombre tras las cientos de firmas en Change.org o Avaaz pidiendo tregua a tantos desvaríos humanos; en Ruanda, en Alepo, en los Amotapes, en Purús, en Gaza; en todos los lugares donde orangutanes, lobos marinos, luchadores ambientales y también sociales sufren las consecuencias de la barbarie humana.
Pepe fue en esencia un hombre bueno, un amador en un mundo poblado por miríadas de odiadores.
Lo vamos a extrañar. Que su magisterio sea eterno.
| Hildegard Willer lo recuerda así: Conocí a José a los pocos días de haber llegado al Perú. Me lo presentó una amiga finlandesa que lo había conocido en un viaje a la China. Era el año 1999, y pocas personas escogían a China como destino turístico. José sí. Porque José nunca fue un turista, sino un viajero en el sentido clásico. Un peruano ciudadano del mundo. Alguien que viajaba para conocer mejor el mundo, su gente, sus culturas, las obras de los humanos pero sobre todo las obras de la naturaleza. Cada vez que me encontraba con José en estos 25 años, me contaba, de manera casual, que había regresado de un viaje a Irak, a Vietnam o a Cuba o del último rincón de la selva peruana. Hablaba con gran entusiasmo de los animales, de las plantas, de las maravillas de la naturaleza que había visto. También traslucía cierta tristeza cuando hablaba de cómo estos espacios y seres naturales estaban cada vez más amenazados por las actividades y la codicia humana. Entiendo que José siempre viajaba de manera sencilla, tipo mochilero, no obstante, su edad. De hecho, nunca supe su edad, parecía que no envejecía nunca. Tal vez porque no llevaba la vida de un viejo asentado, sino que seguía viajando, todo el tiempo. Su último viaje lo llevó a la India, país de tigres y serpientes, del Himalaya y del Ganges y de mil diosas y dioses. Un último destino digno de este viajero eterno que fue José. |

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