Mi opinión
Stefano Cárdenas conversó en estos días con Dante Huallpayunca, el arqueólogo cusqueño que mientras hacía sus pininos en el ejercicio de su profesión halló entre las piedras de T’aqrachullo las casi tres mil lentejuelas de oro, plata y cobre que han reescrito la historia de un sitio arqueológico que en la edición de junio de este año de National Geographic ha sido considerado la última ciudad perdida de los Incas. El complejo que contiene 300 recintos de piedra y cerca de 600 estructuras se localiza dentro del territorio del Área de Conservación Regional Tres Cañones, en la provincia de Espinar, Cusco, en un área de 17.4 hectáreas de extensión, lo que lo vuelve superficialmente hasta cuatro veces más grande que Machu Picchu. “Trabajaba como un obrero, ha comentado Huallpayunca, y si me he vuelto famoso es porque tuve la suerte de hallar las lentejuelas que han vuelto a poner en valor un lugar de gran importancia que antes fue conocido como María Fortaleza”. El futuro licenciado en Arqueología por la prestigiosa Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco forma parte en la actualidad de un equipo de investigación que viene trabajando en Camata, un asentamiento arqueológico ubicado en el distrito de Torata, provincia de Mariscal Nieto, en Moquegua.
Stefano Cárdenas para SPV
El viento golpea sin tregua las alturas. A más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, entre montañas que parecen extenderse hasta el horizonte, T’aqrachullo emerge como una silueta de piedra suspendida entre la niebla y la memoria. Durante siglos permaneció observando el paso del tiempo en silencio, resistiendo lluvias torrenciales, heladas y ventiscas que aún hoy ponen a prueba a quienes intentan descifrar sus incógnitas.
Fue precisamente en medio de ese paisaje áspero y monumental donde el arqueólogo Dante Huallpayunca y un equipo multidisciplinario protagonizaron uno de los hallazgos arqueológicos más sorprendentes de los últimos años: la aparición de miles de pequeñas lentejuelas ocultas bajo un piso de ocupación inca. Lo que comenzó como una excavación más terminó convirtiéndose en una investigación capaz de replantear la importancia histórica de T’aqrachullo .
“Me sentí sorprendido porque nunca pensé encontrar una evidencia material tan importante”, recuerda Huallpayunca. “Me emocionó e intrigó comprender cuál era su significado, su función y cómo podía interpretarse correctamente dentro del sitio”.
Aquellas piezas metálicas aparecieron en circunstancias inesperadas. No se encontraban dentro de un gran templo ceremonial ni en una tumba de élite, sino en un espacio que parecía doméstico. Sin embargo, la ubicación del conjunto reveló una historia mucho más compleja. Las lentejuelas habían sido escondidas deliberadamente bajo un piso construido durante la ocupación inca. Alguien excavó un agujero, depositó aquel conjunto extraordinario y lo ocultó cuidadosamente. El gesto quedó congelado en el tiempo durante siglos. Para los arqueólogos, el hallazgo fue mucho más que una acumulación de objetos. Era una evidencia de poder, de riqueza y posiblemente de tensión política.
¿Quién decidió ocultarlas? ¿Qué amenaza obligó a esconder semejante tesoro? ¿Por qué nunca regresaron a recuperarlo?
Son preguntas en donde la duda persiste.
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Una ciudad entre imperios
Para comprender la magnitud del descubrimiento es necesario entender qué representa Taq’rachullo. Lejos de ser un asentamiento menor, el sitio arqueológico parece haber desempeñado funciones fundamentales durante distintas etapas de la historia andina. Según Huallpayunca, T’aqrachullo fue transformándose con el paso de los siglos.
Durante la presencia Wari habría funcionado como una verdadera ciudad-estado, un centro administrativo, político y religioso capaz de congregar tanto a pobladores permanentes como a viajeros procedentes de otros territorios. Los visitantes, según las interpretaciones actuales, podían permanecer temporalmente en el lugar y dejar ofrendas en sus espacios ceremoniales. Posteriormente, durante el dominio de los Kanas, el enclave habría adquirido un enorme valor estratégico debido a la abundancia de recursos hídricos y a su posición geográfica privilegiada. La presencia de numerosos artefactos asociados a actividades bélicas sugiere que el control de estas tierras era altamente disputado.

Sin embargo, es en época inca donde Taq’rachullo alcanza una dimensión aún más extraordinaria. Algunos investigadores consideran que el sitio pudo corresponder al antiguo Aconcagua mencionado en fuentes históricas. Esta hipótesis, respaldada por el explorador Johan Reinhard y compartida por Huallpayunca, plantea que Taq’rachullo habría sido uno de los espacios políticos y ceremoniales más importantes de la región.
Si esta interpretación se confirma, estaríamos ante un centro cuya relevancia podría compararse con algunos de los grandes complejos del mundo andino. La magnitud de su arquitectura, la existencia de un templo ceremonial, el control estratégico de los accesos y la abundancia de evidencias relacionadas con actividades militares constituyen algunos de los elementos que sostienen esta propuesta.
El hallazgo que cambió todas las preguntas
En arqueología, las hipótesis rara vez permanecen intactas. Cada muro descubierto, cada fragmento de cerámica y cada objeto recuperado tiene el potencial de transformar completamente una interpretación. En T’aqrachullo ocurrió exactamente eso. Huallpayunca recuerda que las lentejuelas obligaron al equipo a replantearse cuestiones fundamentales sobre el sitio. Hasta ese momento, aún era posible considerar que se trataba de un asentamiento importante dentro de una red regional más amplia. Después del descubrimiento, esa visión comenzó a resultar insuficiente. “Fue el principio para cuestionarnos si este sitio era realmente tan importante para las sociedades prehispánicas o si solamente era un espacio marginal”, explica. La respuesta parecía surgir de las propias excavaciones.
En prácticamente todos los sectores investigados aparecían evidencias significativas: estructuras monumentales, materiales especializados, objetos rituales o elementos vinculados al poder político. Cada nueva excavación reforzaba la impresión de que T’aqrachullo ocupó un lugar central en la historia de los Andes meridionales.

Vivir donde el clima pone a prueba a cualquiera
La arqueología suele asociarse con descubrimientos espectaculares, pero pocas veces se habla de las condiciones necesarias para alcanzarlos. En T’aqrachullo , la investigación implicó convivir durante meses con un entorno extremo. Las lluvias podían prolongarse durante jornadas completas. Las heladas congelaban el agua disponible. Los vientos levantaban planos y registros de campo en cuestión de segundos. “Había momentos en que uno dudaba de seguir trabajando allí”, recuerda Huallpayunca. Y, sin embargo, precisamente esas dificultades despertaron una fascinación aún mayor.
¿Cómo pudo prosperar una sociedad compleja en un lugar tan exigente?
La pregunta se convirtió en una constante durante las campañas arqueológicas. Cuando el investigador observa los caminos, terrazas y edificaciones de T’aqrachullo , encuentra una respuesta parcial. Aquellas poblaciones no solo sobrevivieron. Construyeron una sociedad organizada. Desarrollaron herramientas para cocinar, tejer, administrar recursos, cazar y defenderse. Levantaron estructuras siguiendo patrones definidos y una planificación que dista mucho de cualquier improvisación. La ciudad fue diseñada para durar. Y duró.
Un nodo de intercambio entre costa, sierra y selva
Las excavaciones también revelan que T’aqrachullo nunca estuvo aislado. Por el contrario, formó parte de amplias redes de interacción que conectaban distintos ecosistemas andinos. Entre los materiales recuperados aparecen evidencias procedentes de regiones lejanas. Se han identificado restos de Spondylus, un recurso marino altamente valorado en el mundo prehispánico, así como maderas y semillas provenientes de la Amazonía. Estos hallazgos muestran que las poblaciones que ocuparon el sitio mantenían vínculos con comunidades de la costa y la selva, participando en complejos circuitos de intercambio económico y cultural. La cerámica cuenta una historia similar. Algunas piezas muestran características de transición entre tradiciones culturales diferentes, evidenciando procesos de continuidad y adaptación a lo largo del tiempo. Incluso la arquitectura conserva huellas de estas transformaciones. Muchas estructuras no fueron destruidas tras el abandono de una cultura determinada, sino reutilizadas y modificadas por quienes llegaron después. Cada muro se convirtió así en una página superpuesta de la historia andina.
Patrimonio, identidad y futuro
Más allá de las discusiones académicas, T’aqrachullo posee un significado profundo para las comunidades actuales. Para Huallpayunca, el sitio representa identidad y permanencia. Sus estructuras continúan en pie como testimonio tangible de generaciones que habitaron estas montañas mucho antes de la llegada de los europeos. En una época donde muchas poblaciones buscan reconstruir vínculos con su pasado, lugares como T’aqrachullo permiten reconocer raíces culturales, fortalecer el sentido de pertenencia y valorar el legado heredado. Pero quizá uno de los aportes más importantes del proyecto ha sido despertar nuevas vocaciones. El arqueólogo destaca que las excavaciones han generado interés entre niños y jóvenes que observan la investigación científica como una posibilidad real para transformar sus comunidades. La arqueología deja entonces de ser únicamente una herramienta para estudiar el pasado. Se convierte también en una inversión para el futuro.
La verdadera recompensa
Existe una imagen romántica —y muchas veces equivocada— sobre el trabajo arqueológico. Todavía persiste la idea de que los arqueólogos son cazadores de tesoros. Huallpayunca conoce bien ese prejuicio. Tras el descubrimiento de las lentejuelas, muchas personas le preguntaron por qué no había conservado algunas piezas para sí mismo. Otros incluso sugirieron que habría sido mejor ocultar parte del hallazgo. La reacción le produjo frustración. Pero también reforzó una convicción que ha acompañado toda su trayectoria profesional. La arqueología no consiste en apropiarse del pasado. Consiste en protegerlo. “Mi trabajo está basado en reconstruir la historia para transmitirla al presente y que las futuras generaciones comprendan el valor de la arqueología peruana”, afirma. Esa idea parece resumir la esencia de Taq’rachullo. Las lentejuelas, los templos, los caminos y las antiguas viviendas no son únicamente objetos o ruinas. Son mensajes. Fragmentos de historias que sobrevivieron al tiempo esperando volver a ser escuchadas. Y aunque muchas preguntas siguen abiertas, una cosa parece clara: en las alturas donde el viento nunca deja de soplar, Taq’rachullo todavía tiene mucho que contar.
