Mi opinión
Lo dice Manuel Pulgar Vidal, el recordado ministro del Ambiente del gobierno del comandante Ollanta Humala y presidente de la 20ª Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP20) realizada en Lima en el 2014; un evento —lo recalco— que posicionó al Perú entre los Estados líderes de las negociaciones para la acción climática multilateral. La entrevista que les alcanzo la debe haber concedido a la revista Actualidad Ambiental antes de la toma de mando de la actual administración, cuando los vientos de la reacción antiambiental empezaban a soplar con fuerza en esta parte del continente y todo indicaba, como lo señalamos por aquí, que la puesta en marcha de medidas similares a las ejecutadas en las naciones vecinas era inminente por estos lares.
No andábamos en Babieca. El gobierno de la presidenta Fujimori acaba de proclamar a los cuatro vientos —con la complacencia del actual ministro del sector, Vladimiro Huaroc, y los adláteres de la revivida República Empresarial (término acuñado en medio de los debates sobre las reformas neoliberales de los noventa)— la inmediata «modernización» del Estado ambiental para responder a los desafíos de la hora actual: el principal, la reactivación económica en todos sus frentes. Y en todas sus formas; no hay que ser muy zahorí para advertirlo.
Pulgar Vidal, analista ducho y lúcido negociador, comenta sin tapujos en esta entrevista —que sin duda no ha perdido vigencia— una verdad que se cae de madura por su propio peso: las autoridades al frente de la nave ambiental en los últimos diez años, salvo contadas excepciones, no tuvieron la talla requerida. Fueron débiles al defender los espacios que gradualmente se habían ganado desde la creación del Ministerio del Ambiente en el 2008, cuando le tocó al ecologista Antonio Brack asumir por primera vez un cargo de tan alta responsabilidad.
La consecuencia ha sido la subordinación de las decisiones y avances ambientales a los dictados de la realpolitik en este Perú de estos tiempos para el olvido, un proceso conducido entre la mediocridad y el «achoramiento».
Esto último corre por mi cuenta. O es, en todo caso, un intento de esta redacción por ejercer la autocrítica en esta hora de incertidumbre, con espadas de Damocles por doquier pendiendo sobre el sector ambiental en su conjunto: vale decir, tanto en el ámbito público —al que se refiere Pulgar Vidal con entera claridad— como en el privado, en el que nos encontramos ustedes y nosotros, junto con la sociedad civil y la academia.
En otras palabras: ¿qué hicimos mal o qué dejamos de hacer como conjunto —o sector, o sistema— para terminar en el lugar donde hoy nos encontramos? Es decir, a merced de las decisiones que se tomen en los 120 días que la norma prevé para que los encargados de turno ordenen —o «modernicen», como prefieren llamarlo— el ecosistema institucional que, a marchas y contramarchas, habíamos logrado construir. ¿O es que solo nos queda esperar a que el péndulo vuelva al extremo inhabitado por los Trump, Milei, Noboa, Kast, Paz o un eventual Bolsonaro II?
Lo dejo ahí. Una sociedad que no dialoga, que no ejercita la confrontación de ideas y el debate alturado, simplemente no avanza. En esta esquina del ciberespacio lo tenemos claro, y por eso alentamos esa posibilidad. Nosotros, en la interna, seguiremos reflexionando sobre otra de las frases que nos deja Manuel Pulgar Vidal en esta conversación: “La noticia ambiental es siempre la crisis y no la acción proactiva”. A lo que el periodista a cargo de la entrevista añade con acierto: “Basta revisar los titulares de los últimos años: inundaciones, sequías, heladas, incendios forestales o derrames de petróleo ocupan la agenda ambiental, mucho más que las políticas de prevención o adaptación. Son evidencias de que, en lugar de avanzar en estrategias de largo plazo, la agenda prioriza emergencias, conflictos y retroceso”.
Interesante. Los dejo por ahora; que tengan un buen fin de semana.
Por Diego Pajares para Actualidad Ambiental
“Cuatro sobre veinte”. Manuel Pulgar-Vidal tarda apenas unos segundos en ponerle nota al estado ambiental del Perú. No duda, no matiza. La cifra abre una conversación en la que sostiene que “nuestro gran fracaso no es ecológico, sino haber dejado de entender que la política ambiental es también política de desarrollo y de futuro”. “Absolutamente jalado”, sentencia, mientras nos pide un momento para ir por una taza de café y comenzar con la entrevista. Como todo evaluador con experiencia, Pulgar-Vidal menciona los criterios que han puesto al país en esa situación. En su pizarra imaginaria, su diagnóstico no se limita al estado de los bosques y los ríos, o la calidad del aire. Por su experiencia, va más allá del ambiente: es una lectura política del país. “El Perú ha perdido la pista sobre la materia ambiental como política de desarrollo, como política de futuro y política de competitividad”.
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“Si el más alto gobernante no cree en materia ambiental, no habrá ministro del Ambiente con capacidad de tener el poder para enfrentarlo”, Manuel Pulgar-Vidal
Para el exministro del Ambiente, desde el 2016, año en el que comenzamos a contar casi una decena de presidentes, la política ambiental ha sufrido un revés. “Desde la última década, la política peruana ha estado fundamentalmente enfocada en disminuir, minimizar y reducir el poder de la autoridad ambiental”. En opinión del ahora líder global de Clima y Energía de WWF Internacional, ese año comenzó el retroceso, y se inició una etapa en la que el Ministerio del Ambiente (Minam) perdió capacidad de influencia dentro del Estado y “escondió la cabeza”.
El resultado, agrega, también se refleja en la manera en que el país habla sobre el ambiente: “La noticia ambiental es siempre la crisis y no la acción proactiva”. Basta revisar los titulares de los últimos años: inundaciones, sequías, heladas, incendios forestales o derrames de petróleo ocupan la agenda ambiental, mucho más que las políticas de prevención o adaptación. Son evidencias de que, en lugar de avanzar en estrategias de largo plazo, la agenda prioriza emergencias, conflictos y retroceso.
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Sin embargo, Pulgar-Vidal evita atribuir todo el deterioro a las decisiones políticas. La pizarra imaginaria queda atrás. Ya no enumera conceptos; habla desde la experiencia. A su juicio, también hubo una incapacidad de las propias autoridades ambientales para defender el espacio que habían ganado dentro del Estado. “Las autoridades convocadas han sido, con muy contadas excepciones, autoridades débiles, incapaces de entender su rol y la responsabilidad que implica asumir el cargo”. Para el exministro, aceptar sin resistencia ese debilitamiento terminó siendo parte del problema.
Hasta aquí, Pulgar-Vidal ha respondido como si siguiera la dinámica de una clase. Enumera, clasifica, conecta ideas. Toma otro sorbo de café. No obstante, para él, el deterioro ambiental no puede entenderse aislado de la economía, la política o el desarrollo. Por ello, cambia el foco de la conversación: deja de hablar del Perú y empieza a hablar de las economías ilegales y de la posición que ocupa el Perú frente a otros países.

Cuando el ambiente dejó de ser la prioridad
Ese debilitamiento institucional, sostiene Pulgar-Vidal, también explica el crecimiento de la minería ilegal, que ha dejado de ser un problema ambiental para convertirse en uno de los mayores riesgos para el país. “El Perú está perdiendo la batalla porque estas actividades ilícitas han ingresado a la política”, manifiesta, y agrega que estamos abordando estos temas “desde una lógica equivocada”.
También incluye otro problema: la manera en que determinadas competencias medioambientales fueron descentralizadas sin fortalecer los mecanismos de control. En minería de pequeña escala, actividad forestal o pesca artesanal, sostiene que la fragmentación institucional terminó facilitando espacios para la corrupción y debilitando la capacidad del Estado para ejercer autoridad.
Mientras Chile apuesta por el hidrógeno verde y Colombia acelera la incorporación de transporte eléctrico, el Perú sigue discutiendo si la transición energética debe formar parte de su agenda. A su juicio, esa diferencia no es ambiental, sino económica. “Solo los países que hayan sido capaces de entender esto (…) van a prosperar en competitividad y crecimiento (…). El debate climático no es un debate político, es un debate económico”, sostiene Pulgar-Vidal. En ese escenario también menciona a Brasil, al que considera un actor con influencia regional capaz de ejercer liderazgo en la agenda ambiental.
Lo que todavía puede hacerse
La conversación está por terminar. Pulgar-Vidal deja un diagnóstico para hablar del margen de acción que tiene el Perú. Evita ofrecer recetas personales o prometer soluciones inmediatas. Insiste, más bien, en que “ningún ministro podrá revertir el deterioro si la voluntad política no nace desde el propio Gobierno”.
Como si el diagnóstico aún no bastara, Pulgar-Vidal abre un segundo frente. Esta ‘no política’ peruana no solo tiene consecuencias ambientales, advierte: para él, nos ha debilitado y nos ha dejado como simples admiradores de la evolución de otros países. “El Perú está absolutamente fuera del radar político internacional”, puntualiza.
El problema, en su opinión, no se limita al ámbito interno. Sostiene que el Perú también perdió capacidad de influir en la agenda ambiental internacional, lo que, en relaciones internacionales, se conoce como soft power: la posibilidad de que un país ejerza influencia a partir de sus políticas públicas, su credibilidad y su capacidad de generar consensos. Mientras Brasil mantiene ese papel histórico y Colombia comienza a consolidarlo, el Perú, en el diagnóstico de Pulgar-Vidal, ha desaparecido de esa conversación.
A su juicio, esa pérdida de influencia tiene una explicación. “Si el más alto gobernante no cree en materia ambiental, no habrá ministro del Ambiente con capacidad de tener el poder para enfrentarlo”, comenta. A partir de esa premisa, plantea tres tareas urgentes: recuperar el control frente a la minería ilegal, fortalecer una política climática con metas verificables y devolver al Estado una institucionalidad ambiental capaz de ejercer liderazgo.
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Quizá esa sea la idea que atraviesa toda la conversación. Para Pulgar-Vidal, la política ambiental nunca fue responsabilidad exclusiva del Minam. Es una política de Estado que compromete a los ministerios de Economía y Finanzas, Energía y Minas, Transportes y Comunicaciones, Desarrollo Agrario y Riego, pero, sobre todo, a la Presidencia de la República. Sin esa articulación, advierte, cualquier esfuerzo terminará siendo insuficiente, porque el desarrollo sostenible no se construye desde un solo despacho, sino desde una visión compartida de país.
Al inicio de la entrevista, Pulgar-Vidal dibujó en el aire sobre una especie de pizarra imaginaria. Explicó que para evaluar la política ambiental peruana había que observar cuatro elementos: entender, planificar, actuar y obtener resultados. Media hora después, luego de exponer estos y otros elementos, vuelve sobre el diagnóstico que nos había ofrecido al iniciar esta conversación: estamos jalados, y con cuatro sobre veinte.
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