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Un planeta al límite: una charla con Thibaud Aronson sobre educación ambiental, restauración ecológica y toma de decisiones

Stefano Cárdenas, especial para Solo para Viajeros

El futuro no es una promesa lejana ni una abstracción cómoda. Es un territorio que se construye —o se destruye— en tiempo presente. Mientras escribo estas líneas, miles de hectáreas arden en el sur del continente, los glaciares retroceden en silencio y los ecosistemas de todo el planeta pierden resiliencia frente a presiones acumuladas durante décadas. La pregunta ya no es si sabemos lo suficiente, sino por qué, sabiendo tanto, seguimos decidiendo tan mal.

En ese contexto, conversamos con Thibaud Aronson, biólogo y fotógrafo naturalista francés, autor del libro «Aves de Oxapampa y la Selva Central», un exhaustivo trabajo dedicado a resaltar la importancia de la avifauna y la biodiversidad de la provincia de Pasco y alrededores.. El trabajo que Thibaud presentó en el 2022 se centra en el registro riguroso de aves, flora y ecosistemas, integrando la fotografía como herramienta de divulgación científica, educación ambiental y conservación.

Este diálogo no responde a la lógica de la entrevista tradicional, sino que se plantea como un ejercicio de reflexión crítica sobre educación ambiental, restauración ecológica y gobernanza, en un momento en el que la conservación corre el riesgo de convertirse en una consigna vacía si no se ancla en evidencia, ética y acción concreta.

Cuando la conciencia no se traduce en acción

Durante décadas se ha insistido en la educación ambiental como herramienta de cambio. Sin embargo, la degradación continúa. ¿Dónde se rompe el vínculo entre conciencia y acción? Thibaud plantea que el problema no es la ausencia de información, sino la falta de estructuras que permitan transformar esa información en decisiones efectivas. Hemos construido una narrativa donde la responsabilidad ambiental recae en el individuo —reciclar, consumir menos, “cuidar”— mientras los grandes determinantes del daño ambiental permanecen intactos.

La educación ambiental, dice, ha sido muchas veces simbólica: correcta en el discurso, pero irrelevante en la práctica política y económica. Enseñar a amar la naturaleza es un primer paso, pero lo que es realmente necesario es defenderla frente a intereses que la convierten en mercancía. En ese quiebre se diluye la conciencia.

¿Qué ocurre cuando quienes toman decisiones nunca desarrollaron un vínculo real con los ecosistemas que gestionan?

Existe una desconexión profunda entre los espacios de poder y los territorios que se administran desde ellos. Muchos tomadores de decisión no conocen los ecosistemas que afectan sus resoluciones, ni han desarrollado una relación emocional o experiencial con la naturaleza. Esto genera políticas técnicas, frías, desancladas de la realidad ecológica. La educación ambiental, entonces, no puede limitarse a las aulas escolares: debe alcanzar a funcionarios, planificadores, empresarios y líderes políticos. Sin alfabetización ecológica en el poder, la conservación se vuelve retórica.

¿Cómo se enseña sostenibilidad cuando los sistemas naturales ya muestran signos de agotamiento?

No se puede educar desde la negación ni desde el catastrofismo paralizante. Las nuevas generaciones crecen en un mundo donde el colapso ambiental no es una posibilidad futura, sino una experiencia cotidiana. La educación ambiental del presente debe enseñar a vivir en límites, a comprender la finitud de los sistemas y a tomar decisiones éticas en contextos complejos. No se trata de prometer soluciones mágicas, sino de formar criterio, pensamiento crítico y capacidad de acción colectiva.

La restauración suele presentarse como solución. ¿Qué riesgos implica esa narrativa?

Uno de los puntos más profundos de la conversación emerge aquí. Thibaud advierte sobre el peligro de presentar la restauración como reversibilidad total. No todo puede restaurarse, y asumirlo es un acto de honestidad científica. La restauración es un proceso lento, condicionado por el tiempo, el clima, el suelo y la historia del ecosistema. Exige humildad: aceptar que en muchos casos solo se puede reducir el daño y acompañar procesos naturales, no “arreglar” la naturaleza como si fuera una infraestructura.

¿Por qué tantos proyectos de restauración fallan incluso con financiamiento y marcos legales?

Existe una causa central: la desconexión entre ciencia y política pública. Existen estrategias nacionales bien diseñadas, pero mal ejecutadas. Falta monitoreo, continuidad institucional y personal capacitado en territorio. Además, persisten errores graves, como la reforestación con especies exóticas o intervenciones estandarizadas que ignoran las particularidades ecológicas locales. Restaurar sin comprender es, en el mejor de los casos, ineficiente; en el peor, dañino.

¿Cómo distinguir una acción de conservación real de una narrativa oportunista?

La conservación performativa se reconoce por su velocidad y su espectacularidad. Promesas de impacto inmediato, cifras infladas y ausencia de seguimiento son señales claras de greenwashing. La restauración genuina es silenciosa, lenta y basada en evidencia. No busca titulares, sino resultados medibles a largo plazo. Thibaud insiste en que la ciencia debe ser el filtro ético frente a la presión mediática y política.

¿Es justo exigir conservación a comunidades que históricamente han sido excluidas?

Thibaud rechaza frontalmente la idea de responsabilizar a las comunidades locales por una crisis que no generaron. Muchas de ellas comprenden mejor que nadie el deterioro ambiental, porque lo viven directamente. La conservación solo es viable si ofrece alternativas reales, participación efectiva y respeto por el conocimiento local. Sin justicia social, la protección ambiental es insostenible.

¿Por qué seguimos tratando la conservación como un tema técnico y no político?

Esta es una de las grandes falacias del debate ambiental. Toda decisión ambiental es política, porque define quién gana, quién pierde y qué se prioriza. Negarlo es despolitizar el conflicto y favorecer el statu quo, es decir, la explotación sin límites de los recursos naturales con las consecuencias desastrosas que conocemos.

¿Dónde se rompe la coherencia entre el discurso global y la acción local?

Existe una brecha evidente entre los compromisos internacionales y su implementación local. Sin articulación multiescalar, los acuerdos climáticos quedan en declaraciones sin impacto real.

¿Qué responsabilidad tenemos frente a generaciones que no participaron de estas decisiones?

Thibaud introduce aquí una dimensión ética clave: decidir hoy implica afectar a quienes no pueden votar ni opinar. La educación ambiental debe incorporar esta perspectiva de justicia intergeneracional.

¿Hay futuro para la esperanza?

Después de todo este diagnóstico, ¿qué sostiene la posibilidad de seguir actuando?

La esperanza, concluye Thibaud, no es ingenuidad. La naturaleza tiene una tremenda capacidad para regenerarse. Mientras existan ecosistemas funcionales, especies resilientes y personas dispuestas a actuar con rigor, todavía hay margen para cambiar trayectorias.

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