Solo Para Viajeros

Me llevan a otra parte / Rossana Sala

Por Guille

rmo Reaño para Viajar y Leer / Solo para Viajeros

El 17 de noviembre de 1950, dos años después del golpe de estado del general Odría al presidente Bustamante y Rivero, Miguel Estremadoyro, hombre de negocios  con residencia temporal en Nueva York y militante del entonces proscrito partido aprista peruano, es secuestrado en el Aeropuerto Internacional General Andrews de Ciudad Trujillo, entonces la capital de la República Dominicana, por agentes vestidos de civil al servicio de  la dictadura de otro militarote latinoamericano, el tristemente célebre Rafael Leonidas Trujillo. Estremadoyro Lindow, que se encontraba de paso por esa ciudad en compañía de su socio, el empresario estadounidense Howard Greenberg, se da tiempo para lanzar un estentóreo “me llevan a otra parte” mientras es conducido a rastras por sus captores a las mazmorras de la seguridad del Estado.

Se inicia para el empresario que a los catorce años, conmovido por un discurso callejero de Víctor Raul Haya de la Torre, había abrazado las ideas del que sería fundador del Apra en 1924, una diáspora por las cárceles de una de las tantas dictaduras atroces que nos ha tocado vivir, que por cierto han sido fielmente retratadas en la literatura de esta parte del continente desde el realismo de Vargas Llosa y Roa Bastos hasta lo real maravilloso de García Márquez y la opereta bufa del cubano Jorge Ibargüengoitia (“Maten al león”, 1969). Y para los  Estremadoyro, en Lima y en los Estados Unidos, donde el clan familiar había recalado luego de su velada expulsión del Perú, una agonía emocional que Rossana Sala, nieta mayor del personaje principal de “Me llevan a otra parte”, ha logrado retratar de manera soberbia en una novela de madurez que recoge los testimonios de los protagonistas y los datos de una pesquisa por hemerotecas y repositorios en Lima y Santo Domingo, la actual capital dominicana.

 De Rossana Sala conocía dos de sus publicaciones anteriores “No vaya a despertar a los caballos” (Altazor, 2016) y “Divorcio en zapatillas” (Mediática, 2022), dos trabajos, en comparación a la novela que comentamos, bastante más breves y exploratorios que indudablemente le han servido a la autora, además de la asistencia a los talleres literarios y las conversas con Alonso Cueto, Iván Thais, Cronwell Jara y otros capos, incluso el cubano Leonardo Padura, para pergeñar una novela mucho más trabajada y compleja, con muchísimos más narrativos. En suma, un interesante thriller histórico (y/o político) sumamente valioso para el devenir de la novela nacional, tan necesitada de nuevas voces y exploraciones.

 Hombres buenos

Vayamos por partes, el libro de Rossana Sala (Lima, 1963) tiene todos los ingredientes de un buen thriller literario. Vale decir, la novela genera en el lector el suspenso y la emoción propios de un género muy frecuentado por otros autores en Latinoamérica.  La tensión, la ansiedad y el misterio constante se reproducen página tras página con el objetivo de mantenernos en vilo mediante el recurso de las tramas ágiles, las digresiones biográficas, los giros inesperados y la inminencia de un desenlace fatal que felizmente no se produce. Estremadoyro, que luego de los vejámenes y torturas a la que es sometido en las cárceles de Ciudad Trujillo y a pesar de ser condenado por una corte servil y acomodaticia  a dos años de cárcel por violar la ley dominicana que prohibía las actividades terroristas y comunistas en el territorio nacional, logra reencontrarse con los suyos.

Las impresiones de su peripecia por el terror, que marcó en hierro fundido la vida de sus hijas y parientes más próximos y que a los 70 años de su venerable ancianidad logró transmitirles a sus nietas, Rossana es prima hermana de la periodista Caterina Vella Estremadoyro, le sirve también a la autora de estas reminiscencias para retratar, guardando las distancias y las pasiones encontradas, la vida y milagros de una familia típicamente aprista.

Tendría que mencionar que el aprismo insurreccional fue durante más de cincuenta años una fuerza inextinguible en el panorama de la política y la vida social de los peruanos del siglo pasado. Para bien y para mal. La travesía de muchos de sus militantes y familiares por las cárceles, el destierro y la permanente persecución política fue real y marcó los destinos de muchos de sus hijos y nietos. Sala retrata de manera muy real, nada ficcional, la conmoción que supuso para una familia de clase media  de ese país que dejamos atrás el hecho de tener que soportar las represalias del poder contra quienes lo denuncian y combaten a pie firme. Resuena en mis oídos  la letra de la Marsellesa aprista que en una de sus partes asevera: “Tatuaremos con sangre en la historia nuestra huella pujante y triunfal que dará a los que luchen mañana dignos ejemplos de acción contra el mal”.

Y esa es otra de las líneas discursivas de la novela que comentó: ante las acechanzas del terror y el oscurantismo, la respuesta del protagonista de la epopeya familiar de los Estremadoyro, es ética y moral.  De allí la validez del rescate que hace Rossana de la épica de su abuelo. En estos tiempos turbios, poco democráticos, de émulos por doquier de los autócratas de antaño  es menester valerse de los atributos de la amistad, el amor familiar y las convicciones para salir airosos cuando el abuso y el fanatismo intentan imponer sus condiciones. Los buenos de esta historia, Estremadoyro, su esposa y sus hijos; el simpatiquísimo y valiente Howard Greenberg;  Charles Hernández, el joven  periodista de The Miami Herald que no desmaya en denunciar la arbitrariedad que sufre el peruano, juegan limpio, no transitan por los linderos de la maldad. Los malos, el abusivo coronel Baresi, el cínico esbirro al servicio de Trujillo; el genuflexo diplomático peruano en República Dominicana que se hace de la vista gorda ante el atropello que sufre un connacional; Aurelio Montoya Quiros, el nombre que Rossana le designa a Esparza Zañartú (el Cayo Bermúdez, de “Conversación en La Catedral”), el cancerbero de Odría, todos, todos destilan hediondez, son crápulas al servicio del oprobio.

Y son vencidos. Finalmente, como lo consigna la autora de este libro tan sugerente en el epílogo de su trabajo, lo que el abuelo que escuchaba sus historias de niña quería es que lo recordaran “como una persona honrada, honorable”.

Retratos de familia

No es muy prolífica en nuestro país la literatura última que valiéndose del relato de no ficción intenta reconstruir una época. O el hálito de un momento determinado de nuestro devenir histórico. De lo último que he leído en la línea que propone Sala, podría mencionar dos títulos: “Una historia breve, extraña y brutal”, de Dante Trujillo, su trabajo sobre el magnicidio de Tomás Gutiérrez, presidente del Perú por unas horas en 1872 y  “El camarada Jorge y el Dragón” la novela histórica que su propio autor, Rafael Dumett, llama de aprendizaje, sobre los años mozos del inefable Eudocio Ravines.

Sí lo fue, en otros tiempos, abundante en biografías y retratos hagiográficos: Luis Alberto Sánchez fue uno de sus más eximios cultores: su pluma fue furiosamente activa en retratar la vida y el tiempo que les tocó vivir a personajes tan disímiles como Flora Tristán, Valdelomar, González Prada, Pedro Peralta y Barnuevo, Chocano, Segura y algunos más. Sánchez también frecuentó la ficción histórica con firmeza y conocimiento de causa en sus opúsculos -él los llamó “relatos esperpentos”- “Los señores”, “ Los burgueses”, “Los redentores”, “Los burgueses” y “El coronel”.

Y estoy seguro, de estar vivo todavía, que hubiera gozado con el retrato de Rossana Sala Estremadoyro sobre el vía crucis dominicano de su correligionario Miguel Estremadoyro Lindow,   subsecretario de economía del partido aprista, presidente del directorio del diario La Tribuna, entre otras funciones partidarias. Finalmente, al viejo líder histórico del Apra, que conoció al protagonista de “Me llevan a otra parte” el martirologio que sufrieron

«Como mi abuelo, hubo muchísimos ‘Miguel Estremadoyro’, y la historia los ha dejado olvidados. Entonces al final, sin proponérmelo, ha sido como un homenaje o un recuerdo a todas las familias que lucharon por sus principios, por sus ideales y que siguieron y apoyaron a sus maridos sin proponérselo».

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