Por Guillermo Reaño / Viajar & Comer
Maridajes contemporáneos
Me encantan los espaguetis en salsa a la huancaína y lomo al jugo del Desert Nights del oasis de Huacachina, el restaurante-bar-hostel al que suelo recurrir cuando recalo en el balneario más antiguo y señorial de Ica para deleitarme con el batir de las hojas de las palmeras datileras, los añejos huarangos y los eucaliptos mientras posan sus sombras sobre el espejo de agua de la soberbia laguna.
Sofía, la dulce camarera que me atiende, estudiante por las mañanas de la carrera de sicología en una universidad iqueña, es la que me ha propuesto el Lomo al jugo con tallarín a la huancaína (Spaguetti with a creamy Peruavian pepper sauce) que voy devorando mientras termino de acomodarme en la terraza del icónico restaurante que al caer la tarde -bienvenido el frescor de las nochecitas en el desierto- se trastoca en el Moskito Bar, un rooftop célebre entre los paseantes por el bulevar huacachinero y los turistas que llegan de todas partes para consumir adrenalina pura en las dunas y descampados próximos, ahicito nomás.

Los espaguetis que saboreo esta tarde de setiembre son gruesos, potentes, a punto y firmes al dente, como dictan los cánones; una base perfecta que amalgama sus espléndidos sabores con el tiernísimo lomo al jugo que pugna por escaparse del plato.
Gastón Acurio, que fue quien introdujo en la mesas más engalanadas este plato de auténtica fusión de la comida bachiche y la cocina popular nuestra, dijo alguna vez que las pastas, al ser bañadas por la crema más famosa de nuestros pagos, le muestran a tutti li mondi el poder democratizador del ají amarillo, un ingrediente que al decir del consagrado chef peruano sostiene la identidad culinaria del Perú
Los cocineros detrás del plato que va desapareciendo de mi vista lo confirman: han logrado que la salsa abrace la pasta sin ahogarla, manteniendo el balance entre la acidez del vinagre del lomo perfectamente salteado en el wok y la ligera cocción de los espaguetis. Buenísimo.
Sofía me indica que pruebe la Limonada de hierba buena. Muy buen consejo, me encantó. Me dice también que en la cena pida la Hamburguesa con salsa BBQ. Por supuesto que le hice caso.

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La carta del Desert Nights desde el medio día, llegado el momento del almuerzo, es variopinta, conjuga los potajes marinos y los infaltables platos criollos con una propuesta de comida internacional que satisface a sus comensales, en su mayoría extranjeros que llegaron al oasis atraídos por el boom de sus dunas. En la tardecita, en cambio, cuando el calor amengua, la preferencia de estos y de los locales como yo va mutando hacia las alitas, los nachos, los tequeños, las hamburguesas, los sánguches, los piqueos de rigor en salomónica relación con las cervecitas bien heladas, las chelas artesanales, los refrescos y los tragos de todos los linajes que tan buena compañía suelen hacer.
Lo mío fue, entonces, vuelto del regreso del desierto y lleno de arena, la hamburguesa BBQ recomendada por mi atenta anfitriona y una saludable copa del Moskito, el rey de reyes de la barra: un coctel cuya magia reside en la feliz combinación del ron blanco con una buena dosis de menta, hierbabuena, limón, azúcar y agua con gas. Buenísimo. Pedí un refile, me trajeron una copa más.

La hamburguesa y su porción de papas fueron un delicioso exceso, de verdad: tocino, carne de res, jamón y queso, cebollas caramelizadas, champiñones y muchas cositas más. Por un momento pensé que había llegado al Jack’s Café de la calle Choquechaca, en Cusco o a un huarique para surfistas que encontré alguna vez en Jacó, Costa Rica.
La dama de Huacachina
Por Pablo Merino, birdwatcher e hiperquinético viajero, supe de Cristina Coleman, el genio -la genia- detrás del Desert Nights y el Moskito Bar, una gringa, así la describió Pablito, que llegó al oasis hace una pila de años, mochileando, para quedarse a vivir y trabajar el tiempo que le regalara la vida entre sus pliegues y querencias. La Coleman, de Minnesota, en el midwest estadounidense, es una de las defensoras más aguerridas de la salud de un ecosistema fabuloso que ayudó a convertir en la primera Área de Conservación Regional de Ica.
Ella es la que le ha impuesto el estilo flashpacker en clave beach boys a sus emprendimientos que poco a poco voy a ir descubriendo para ustedes. Huacachina es un destino extraordinario, las propuestas de buen vivir/bien estar de Crisitina, lo mismo.
Su terraza en el tercer piso de su hostel es de antología: me estoy refiriendo al rooftop desde donde se puede observar las magníficas dunas de los contornos y apreciar la soberbia belleza de la laguna de tonos esmeraldas que sigue viva a pesar de los cambios y la vorágine de los días. Es la azotea más auténtica y requerida del bulevar huacachinero. En la canícula, el espacio ideal para llenarse de sombras; en las nochecitas, la guarida cómplice para platicar con quien se está. La he gozado y la recomiendo.

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El día último de mi permanencia en el oasis de Cristina me aventuré a pedir el Ceviche de pescado de la carta del Desert Nights-Moskito Bar: para un sibarita como este cronista, el platillo que define si un restaurante reúne las condiciones para reincidir o no. Los chicos de la cocina me lo habían recomendaron. Lo probé y pasó a la primera la prueba de fuego: fresco, delicado, muy bien presentado en agradable compañía de un camote glaseado, choclo y sus lonjitas de calamar. La blancura y el sabor del pescado me sorprendieron: lo recomiendo. Cuando el sol aprieta, un buen ceviche y su chela helada, hacen su trabajo. Lo celebré con una tercera copa de Moskito.

Me he prometido volver.
La mesa de la Coleman pone.
Y el oasis de la Huacachina es un invento feliz de vida con la que soñamos…