Mi opinión
Lo mismo de siempre, las advertencias no sirvieron de nada para prevenir el desastre ígneo que nos vuelve a caer encima y nos encuentra como país sin las herramientas y convicciones necesarias para enfrentar los llamados “incendios de temporada” que este año -se dijo y se repitió- iban a ser más voraces debido al recalentamiento del clima como consecuencia del bendito Niño. Qué letanía, verdaderamente; otra vez a espectar la perorata de siempre: que la culpa es de los campesinos, que la responsabilidad es del gobierno central, que hay que hacer prevención y educación ambiental, que esto y lo otro.
Por Wili Reaño para Notas de viaje
Al final, más de lo mismo: apuradas colecta de víveres en calles y plazas, llamadas de solidaridad con nuestros hermanos afectados, fotos de animales chamuscados y bosques arrasados, desasosiego, tristeza e impotencia general.
No voy a decir más cosas de las que ya se están diciendo. Me remito a mencionar dos ideas que las dijimos en el 2024 al regresar de ver y vivir el paso del fuego por los campos y florestas del departamento de Amazonas y que no se están mencionando en estas horas inciertas:
1
Cuando el fuego recién empieza y sus lenguas no han crecido lo suficiente para volverse incontenibles los incendios -y sobre todos los conatos de incendios- pueden apagarse a palazos, solo con brigadistas -hombres y mujeres- entusiastas, en buen número y, sobre todo, muy bien dirigidos. Eso ha ocurrido en los lugares donde la gente es convocada de buena manera. En Amazonas, mientras el fuego devoraba lo que encontraba a su paso, en los cuarteles los soldados la pasaban de lo lindo realizando tareas menos útiles. Igual los universitarios y los jóvenes y no tan jóvenes que bailaban y bebían sin inmutarse al ritmo de las orquestas que animaban la fiesta patronal. Que se disponga de inmediato que los primeros sean enviados a controlar el fuego con los implementos que se necesitan y las coordinaciones del caso. Y que los segundos, estudiantes y pobladores locales, sean convocados para lo mismo. Si gastamos miles de miles en pagarles un jornal (de165 soles) a los miembros de las 90,223 mesas habilitadas en todo el país en los comicios de hace un par de semanas, por qué no disponer de los dineros públicos para dar un óbolo a soldados y brigadistas que enfrentan al fuego y lo someten.
Lo harían perfectamente y hasta lo agradecerían platia en mano.
2
Lo vi en Lamud, Luya y Chachapoyas el 2024. Decenas de jóvenes de diferentes localidades del Perú, recuerdo a una estudiante huancaína de la Universidad Continental, llegaron al lugar de los hechos -hablo de los incendios de noviembre de ese año- llevando la ayuda que habían recaudado en sus barrios y salones de clase y claro, también para integrarse a los equipos de lucha contra el siniestro… y lo que encontraron fue improvisación y poca, o ninguna, presencia estatal.
Vale decir, no habín in situ organización alguna que pudiera hacerse cargo de sus donaciones y/o de poner su fuerza de trabajo en manos del esfuerzo que se necesitaba para atender la emergencia. Al final, sus caras largas y su desazón lo decían todo: se habían ilusionado en entregar su granito de arena para amenguar el desastre ambiental y lo que se llevaban de vuelta a casa era una enorme molestia.
Pienso que no solo tenemos que prevenir, tenemos la obligación de generar una estructura -oficina, institución, dependencia pública- con capacidad de organizar el apoyo de la colectividad de manera célere y efectiva. No existe estructura así, la Iglesia que lo hacía muy bien ha perdido las competencias que solía mostrar. Y los gobiernos regionales y los municipios están en nada, son parte del problema.
No estoy hablando solamente de organizar la ayuda recolectada -agua, equipos, ropa, comida y demás- también me refiero a lo concerniente a la enorme tarea de la distribución eficiente de los recursos humanos, de todo tipo, que se necesitan: los incendios y demás calamidades que se nos vienen encima pueden ser afrontados de mejor manera con brigadistas que se enfrentan al fuego (o a la inundación, o la a sequía o a lo que sea) apoyados por el personal voluntario que detrás de ellos se dedica a gestionar, administrar, organizar la logística y todo lo que fuese necesario.
Cientos o miles de peruanos atendiendo el problemón que nos ha caído encima con determinación y liderados por autoridades serias y comprometidas con la solución de la contingencia: un ejército cívico compuesto por ingenieros, médicos, administradores, profesores, choferes, miloficios, gente de todas las procedencias profesionales dando todo de sí para enfrentar la emergencia.
Dos medidas que deberíamos implementar ahorititita…hagámoslo, dejémonos de tanto bla,bla,bla y pasemos a la acción.
Buen viaje…
