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A apagar los incendios, el fuego no da tregua, editorial de El Comercio

Tomado de El Comercio de Lima

Mientras el país mira al mar por El Niño, el fuego ya arde en los Andes y la Amazonía: sin un sistema de prevención articulado, cada temporada seca será una tragedia anunciada.

El Niño suele pensarse desde la costa: lluvias, huaicos, ríos desbordados, cultivos perdidos. Es lógico, pues allí el fenómeno ha dejado su huella más visible en el pasado. Sin embargo, esa mirada fija en el litoral ha dejado en segundo plano otra consecuencia que hoy arrasa la sierra y la selva: los incendios forestales.

Las cifras deberían bastar para encender las alarmas. El Serfor confirmó el sábado 77 incendios simultáneos y, según Defensa Civil, en lo que va del año suman 374, con ocho fallecidos, más de 170 damnificados y cerca de 12 mil hectáreas de vegetación afectadas. Cusco, Apurímac y Junín son los departamentos más golpeados. Esta semana, el Indeci reportó siete focos nuevos en cinco regiones. El fuego no da tregua.

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El vínculo con El Niño no es accesorio. La Organización Meteorológica Mundial proyecta que la anomalía de la temperatura del mar en el Pacífico central (región Niño 3,4) alcance unos +3,7 °C entre octubre y diciembre. Sería la más alta desde que existen registros y superaría el récord de +2,6 °C del 2015-2016. Esa energía se traduce en sequía, menor humedad, calor intenso y ráfagas de viento: el combustible perfecto para que una quema de pastos, práctica común y casi siempre de origen humano, se vuelva incontrolable.

Lo más preocupante no es solo la magnitud del fuego, sino la respuesta. Las autoridades se limitan a reaccionar, sin una autoridad que articule a las instituciones antes de que estalle la emergencia. En Espinar, los bomberos fueron superados. Los primeros focos aparecieron a finales de setiembre y la atención llegó tarde, con buena voluntad, pero poca coordinación. Entre el 2017 y el 2024 se quemaron casi 80 mil hectáreas solo en Amazonas, con un récord en el 2024. Esto no es nuevo.

Prevenir no consiste en prohibir el uso del fuego ni en castigar al responsable cuando el daño ya está hecho. Consiste en contar con un sistema permanente: alertas tempranas que se traduzcan en acciones, brigadas comunitarias capacitadas y equipadas, helibaldes y aviones cisterna disponibles a tiempo, y manejo planificado de las quemas con las comunidades. Y, sobre todo, un mando claro que coordine al Serfor, el Indeci, el Senamhi y los gobiernos regionales y locales.

Con El Niño en ascenso y el cambio climático como telón de fondo, estos desastres serán cada vez más frecuentes. Cuando el Estado se prepara solo para apagar el fuego, siempre llega tarde. Es hora de actuar antes de que el humo vuelva a recordárnoslo.

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