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Sabotaje / Arturo Pérez Reverte

Mi opinión

Impresionado nuevamente con Pérez Reverte: he vuelto tras las páginas de Sabotaje, la tercera entrega de la saga del agente nacionalista Lorenzo Falcó, un super-héroe tan despiadadamente sutil y cínico como el buen capitán Alatriste de la España de la decadencia imperial que tan bien ha descrito el novelista murciano experto en guerras civiles y genocidios.


Por Guillermo Reaño para Viajar & Leer / SOLO

El Lorenzo Falcó de Sabotaje, enfardado en la piel de un botarate habanero llamado Ignacio Gazán se mueve con sigilo por la alta sociedad parisina y la bohemia que lideran sus artistas y bon vivants con el propósito de cumplir una doble misión: destruir el cuadro que terminaba de pintar Picasso para la Exposición Internacional de 1937 -en plena ofensiva franquista contra el gobierno socialista de Madrid- y emboscar a Leo Bayard, un héroe de la lucha republicana, para seducirlo con la promesa de financiar la película sobre sus hazañas como piloto de aviación en  las batallas por la libertad y el socialismo  que se libraban en los cielos de España, a fin de convertirlo, ante los ojos de la NKVD y demás servicios de inteligencia  europeos, en un traidor de la causa revolucionaria.

Falcó-Gazán es guapo, seductor, entretenido: viste a la moda, sabe de arte, usa corbatas y relojes finísimos y en Paris de la pre-guerra esas credenciales son suficientes para embaucar a una gauche frívola, superficialmente atenta al fin de la aventura republicana. Claro, también es un preclaro y experimentado agente -espía para decirlo mejor y, a veces, despiadado matarife- del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), el servicio secreto ficcionado por Pérez Reverte para sostener esta última aventura de su muy bien logrado personaje literario, que alguien con mejores credenciales ha considerado como el más fascinante de los últimos tiempos.

Ver más en Arturo Pérez Reverte / El tango de la guardia vieja

En ese mundo de intrigas e intrigantes, de sofisticados bares y clubes de moda como el Mauvaises Filles de esta historia, transitan divas de la talla de la alemana Marlene Dietrich y femmes fatales como Nelly Mindelhein, rica heredera yanqui, la ex maniquí de Voque y fotógrafa de élite Eddie Mayo o la gacela africana María Onitsha, cantante de jazz y exquisita amante de turno del espía ecléctico, así como escritores arrogantes y subidos de copas como un pelmazo de apellido Gatewood de regreso reciente de los campos de batalla españoles, que bien podría ser Hemingway.

A todos ellos engatusa el truhan elegante -tan elegante como el Max Costa de El tango de la guardia vieja–  mientras coordina detalles con el Almirante, su jefe en el SNIO, un militar cazurro y renegón a quien conocen en el mundo del espionaje y el contraespionaje como el Jabalí. Una suerte de Viejo Lazo, el policía de la central de La Habana -en el imaginario de Padura, el otro gran ficcionador de la literatura en español- a quien el Mario Conde de sus novelas visita cada vez que tiene que resolver un entuerto. Ambos son rigurosos, escépticos, cascarrabias, los dos, pese a que no lo dicen, guardan profundo respeto por el trabajo de sus subordinados.

Y como el Conde de Padura, el Nacho Gazán de Sabotaje también suele recurrir a las cafiaspirinas para combatir el dolor de cabeza fruto de sus andanzas de medianoche o de los coscorrones que recibe de los múltiples enemigos al acecho. Uno de ellos Pablo Kovalenko -¿Gualterio Malatesta, el espejo oscuro del Diego Alatriste del siglo XVII?-, peligrosísimo y despiadado jefe de los servicios de inteligencia de Stalin para España, un sicópata relacionado a Eva Neretva, la agente comunista a la que Falcó combate y admira profundamente: una suerte de Angélica Alcázar, la demoníaca muchacha que hizo trizas el corazón de Iñigo Balboa, el narrador omnisciente de las correrías de Alatriste

Qué facilidad la de este mago, me refiero a Pérez Reverte, para crear personajes verosímiles y tantas situaciones creíbles. Los que circulan por esta novelita de espías y carasduras son, felizmente, numerosos y en todos los casos han sido construidos impecablemente, con ese sello inconfundible de un escritor obsesionado con los detalles ínfimos y la naturalidad  con que viven y conviven sus criaturas.

Petit-Pierre, el chofer de los autos en el que se desplaza Bayard es silencioso y cauto pero llegado el momento de las lealtades su comportamiento es propio de quien ha secundado a su patrón como mecánico de su escuadrilla aérea en jornadas más heroicas. Sánchez, el agente clandestino leal al Caudillo solo espera  que la tisis le dé el tiempo suficiente para vengar a su esposa muerta a manos de los rojos mientras lucha contra el desasosiego de su último exilio. Melvyn Hampton, trompetista, negro y gay, jazzista de los buenos,  primero en el Blaunacht, de Berlin y luego en el Mauvaises Filles, de Toni Acajau, en Paris, vive al día, olisqueando en el aire los vapores del supremacismo alemán que sabe muy bien que algún día lo habrán de alcanzar.  Küssen, Hupsi Küssen, nacionalsocialista austriaco,  espía de la Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán muy activo entre las dos guerras mundiales, oficia de marchante de arte al tiempo que denuncia a la Gestapo a sus ricos clientes judíos. Todos encajan perfectamente en el tinglado del novelista.

Espero que gocen come he gozado la novela de espías irredentos y mujeres -hermosas, hermosísimas-  a prueba de todo que he comentado en pocas líneas. Ya tendré tiempo, en otro momento, de ocuparme del virtuosismo del murciano (Cartagena, 1951) para retratar el goce y la pericia de sus personajes cuando pasan de las palabras a los hechos. No me refiero a las peleas y escaramuzas, de las que sabe mucho don Arturo, sino a las escenas propias de la vida sexual. O eróticas, para ponerme a tono con don Rigoberto, el notable personaje de la novelística vargasllosiana, que de estos temas sabía mucho. Los dejo con Pérez Reverte. Cést fini.

Sabotaje
Una aventura de Lorenzo Falcó
Debolsillo, 2019
372 pp.

 “En mi vida de reportero aprendí que los hijos de puta son más interesantes que la gente normal. Con ellos nunca me he aburrido, me he ido a tomar copas con torturadores, violadores, asesinos, delincuentes y mercenarios y tengo recuerdos brutales sobre la condición humana, En Sarajevo pagué 80 marcos a un francotirador para que hablara conmigo. Me contó cómo elegía los blancos, que los niños se movían mucho, que no disparó a una chica porque le recordó a una sobrina y mató a otra que pasaba… Es la crueldad y la violencia objetiva de la realidad, sin remordimientos, es parte de la vida, del mundo, que es un sitio muy cabrón y cruel. O eres Falcó o eres víctima de Falcó. Para los Falcó es tan natural matar como que te maten”.

…

“Amanecía cuando acabó en su boca. Incorporado de rodillas sobre la almohada, apoyadas las manos en el cabezal de la cama, tenso como un resorte de acero forzado al máximo, se clavó casi con crueldad en la garganta de María Onitsha y se dejó ir en silencio, poniendo término a una prolongada lucha consigo mismo para mantener el control. Después, claudicante al fin, exhausto tras casi dos horas de acometidas, besos y caricias, cedió la responsabilidad y se desmoronó sobre el cuerpo desnudo de la mujer, concluyendo así el denso combate.

Podrían fácilmente matarme ahora, se dijo de modo automático, cerrados los ojos soñolientos. Solía pensar eso cuando estaba con una mujer, inmóvil y sin fuerzas, intentando recobrar la lucidez y la energía. Si alguien entrase ahora por la puerta con una pistola o un cuchillo, ni siquiera haría un ademán por defenderme, pensó. Me dejaría matar en ese minuto de lasitud indiferente. Esa vieja historia de Dalila, o como se llamara, cortándole el cabello a Sansón para entregarlo inerme a los filisteos es mentira. Una excusa tonta. Lo agarraron como nos pueden agarrar a todos, en la cama, cuando acababa de terminar y yacía indefenso sobre ella. Presa fácil, claro, como a cualquier idiota.

María le acariciaba la espalda, afectuosa y tranquila. Cuando una mujer empieza a acariciarte la espalda después de que hayas terminado, le había dicho en cierta ocasión a Falcó un tío suyo -su padrino Manolo González-Osborne, avezado y elegante seductor-, es hora de largarse poque va a pesar a complicarte la vida. Así que llegado ese momento, por muy atractiva e inteligente que sea la dama, y en especial si es lo último, incluso cuando estés empezando a enamorarte o descubras que ya lo estás, mi consejo es que te vistas sin prisa y con elegancia, sonrías, la beses y te vayas. Para siempre, quiero decir. Entre tipos como nosotros, Chenchito -su padrino siempre lo llamaba así-, quien pierde a una mujer que le acaricia la espalda no sabe lo que gana.

Durante toda su vida, Falcó había seguido con razonable puntualidad el consejo del tío Manolo. Pero María Onitsha no era una mujer de la que fuera necesario huir, aunque le acariciase la espalda. La conocía bien, o al menos estaba convencido de ello. De conocerla. Tumbado boca abajo sobre aquella anatomía espléndida -las rotundas formas de ébano habrían hecho enloquecer a un pintor o un escultor-, Falcó sentía en la mejilla su respiración pausada; y bajo el cuerpo, la piel cálida, tersa, mojada de sudor por el largo esfuerzo que los había mantenido enlazados uno con otro.

Abrió los ojos y encontró los de ella, tan cerca que los veía desenfocados en la penumbra grisácea del amanecer: dos iris negrísimos circundados de córneas blancas ligeramente enrojecidas. Lo miraba con pensativa fijeza.

– Eres el único hombre cuyo semen soy capaz de tragar -murmuró.

La voz había sonado roncamente profunda. Después, la boca africana tan carnosa y atrevida, dibujada de excesos, se distendió en una ancha sonrisa. Entonces Falcó deslizó un beso suave en aquellos labios formidables”.

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