Tomado de Página/12 de Argentina
El holandés errante no creía en la vida después de la muerte. Como novelista, cronista, poeta y ensayista, intuía que la escritura puede trascender la finitud: un escritor muere, pero las palabras, las ideas, los libros que publicó, permanecen. Cees Nooteboom, uno de los autores neerlandeses más importantes de la literatura europea, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, murió a los 92 años en Menorca (España). Viajero infatigable, hizo del nomadismo una actitud filosófica, estética y espiritual que le permitió explorar el mundo y el alma humana.
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La vida no podía ser esa soporífera rutina domesticada por un “estúpido” trabajo en un banco. El joven Nooteboom, nacido en La Haya el 31 de octubre de 1933, decidió recorrer Bélgica y Luxemburgo en bicicleta. Pedalear, callejear, mirar, anotar y vuelta a empezar hasta recorrer toda Europa. El viaje y la escritura como modo de vida. En el libro Hotel nómada, cuando estaba en Gambia (África), escribió: “Sé que ninguno de mis amigos y parientes sabe que me encuentro en este curioso lugar y eso me procura una sensación de placer. Estar un poco ausente resulta agradable”. El viajero empedernido visitó Buenos Aires como “escritor invitado” en dos oportunidades: para participar del festival de literatura Filba Internacional, en 2011; y en la Feria del Libro de Buenos Aires, cuando Ámsterdam fue la ciudad invitada de honor, en 2013. Como viajero de a pie estuvo recorriendo el país en otras oportunidades.
“Yo estaba acá justo cuando empezaban a mudar la Biblioteca Nacional al nuevo edificio y decidí visitarla”, recordó Nooteboom en una entrevista con Página/12. “Me sorprendió el sombrío despacho de quien había sido su director, un hombre para quien el mundo era una infinita Biblioteca de Babel. Y también me llamó la atención los libros acomodados en los anaqueles. Anoté en mi cuaderno una larga lista de títulos, pero no lograba encontrar ningún sentido o explicación a ese orden que me resultaba extraño e incomprensible. Lamentablemente, me robaron la libreta con las anotaciones en un colectivo, y entonces sentí que yo también era ciego como Borges, porque había perdido todo lo que había visto”.
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Admirador de Kawabata, Calvino y Borges, el narrador y cronista neerlandés estaba convencido de que no es posible escribir sin otros escritores. “Antes de que empieces a escribir hay al menos cien escritores en tus manos, como en mi caso, que me han educado con griego y latín y en tres idiomas extranjeros: francés, alemán e inglés. Aun no sabiendo que un día sería escritor, ya había leído muchísimo; estas lecturas son influencias, pero no son directas, como cuando leés a Calvino o a Borges. Leyendo a estos autores, se lee también de cierta manera lo que ha leído Borges o Calvino, sin haber leído directamente esos libros. Las influencias son como un río en el que confluyen otras aguas; es como si dijéramos: ‘Río de la Plata, dime quién te ha influido’”, explicaba Nooteboom, que ha publicado en español los relatos de Los zorros vienen de noche, las novelas Rituales y El día de todas las almas, y las crónicas de Hotel nómada, El desvío a Santiago y Tumbas, entre otros títulos de una obra integrada por más de 50 libros.

La editorial española Siruela, que ha editado buena parte de la obra del escritor, tiene también Cómo ser europeos, ocho conferencias en las que propone una Europa unida, más allá de las particularidades de los países que la integran, y una moneda común, la única rigurosamente intercambiable entre todas las naciones: la cultura. Entre los libros de reciente publicación se destacan Círculos infinitos. Viajes a Japón (2023), Lluvia roja (2022), sobre sus días en la isla de Menorca; y Venecia. El león, la ciudad y el agua (2020), entre otros títulos de este escritor que se jactaba de ser dueño del título honorífico de nómada, un políglota que hablaba a la perfección inglés, holandés, francés, alemán y español. Ganó el Premio Europeo de Literatura y el Premio Formentor. “Su magistral voz literaria ha captado la corazonada de nuestro tiempo y la inmensa belleza de un mundo que no se agota”, planteó Basilio Baltasar, presidente del jurado del Formentor.
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“Yo quiero crear una atmósfera en la cual la vida es iluminada sólo por un momento. Nuestro privilegio –y hay que utilizarlo- es darle montañas a un país como Holanda, que no tiene montañas”, decía Nooteboom, un narrador que sabía hipnotizar con frases y descripciones de un intenso lirismo. “Dejemos de hablar para seguir escuchando, en el rumor de la noche, esa voz que dentro de dos o tres generaciones ya nada significará. Una voz que para entonces sí será verdaderamente antigua, un mito enlatado sobre un estante en un museo financiado por la Unesco, un recuerdo de África, de su gran época, de sus héroes sagrados, de su historia, hasta que la aldea de MacLuhan marque el tanto del empate, y aquello que alguna vez perteneció al pueblo no sea sino un juguete caro para una descendencia sorda”, se lee en uno de los textos de Hotel nómada.
Cuando realizaron una exposición sobre su vida en el Museo Literario de Holanda, fueron al catastro municipal para averiguar las casas donde había vivido. “¿Sabía usted que entre su nacimiento, en el ‘33 y hasta el ’39, sus padres se mudaron ocho veces?”, le preguntó uno de los organizadores. No, el holandés errante, no lo sabía. Entonces fue a consultar a su madre, que vivió hasta los 97 años. “Eso no es cierto”, le dijo. Después se enteró de las razones de tantas mudanzas. “Aunque mi padre era de buena familia, alquilaba casas y cuando no podía pagar se iba. Mi padre murió en un bombardeo, al final de la guerra. Pero antes ya se había divorciado y yo iba de la casa de mi madre a la de mi padre. Así se fabrica un modo de nomadismo, a través de las mudanzas. Hasta los 6 años, tenía ocho direcciones donde había vivido, pasé por seis escuelas y al final no terminé nunca la escuela ni estudié en la universidad. Solo tengo dos casas: una en Ámsterdam y otra en España, en la isla de Menorca. Yo soy de muchas casas. Me comparo con el pájaro cucú, que pone sus huevos en nidos de otros; escribo mis libros en nidos de otros porque a mí me gusta estar en otras casas”.
