Mi opinión
Un día escribí: “Mi primer cuaderno de viajes, un añejo block que todavía conservo entre mis trastos viejos, lo debo haber empezado a escribir en el verano del ochenta y cuatro. Entonces no había leído a Cees Nooteeboom, ni sabía que Manu Leguineche ya andaba por su segunda -o tercera- vuelta al mundo. El nombre de Javier Reverte, otro viajero que he frecuentado en estos últimos años, no me sonaba a nada. Tampoco el de Paul Theroux o el de Bruce Chatwin o el de Paul Bowles. En materia de viajeros y literatura de viajes era un verdadero zoquete”. Sí, no había leído a Nooteboom, no había tenido el placer entonces de navegar por las aguas intensas de su narrativa viajera, uno de los tantos mares que el holandés frecuentó durante los años de su paso por los pliegues de este planeta que no dejó nunca de sorprenderlo.
Nooteboom fue el epítome del escritor a tiempo completo: incansable, inagotable, inabarcable; fue poeta, novelista, prosista, dramaturgo, ensayista, también políglota y un encendido defensor de una Europa unida y orgullosa de su pasado cultural. El viajero que pasó largas temporadas de su vida en Menorca regando su jardín repleto de cactus fue sobre todo un impugnador de los nacionalismos y los extremos, dos de los flagelos que se han hecho fuertes por todas partes. Y que tuvo la fortaleza de recusar hasta el último día de su prolongada singladura.
Nooteboom, nacido en La Haya como Cornelis Johannes Jacobus María Nooteboom, estuvo en el Perú por última vez en el 2017 invitado al Hay Festival arequipeño. Me lo perdí, lo he lamentado más de una vez. El holandés errante, el nómade eterno, había visitado nuestro país, Lima en particular, a fines de los años sesenta. Durante esa corta estancia por aquí, camino a Bolivia, no fue muy gentil ni con sus calles ni con los habitantes de esta desangelada ciudad : “Después de haber pasado un par de semanas en Brasil, la gente [de Lima] te parece pequeña y fea; la lengua dura”. A poco de dejar atrás el aeropuerto, comenta en “Hotel Nómada”, se suceden “18 kilómetros de desconsuelo, y luego, la ciudad (…) indios arrimados a las paredes en torno a hogueras. Vago un poco por la ciudad, pero ya no consigo fijar la atención en nada (…) A la mañana siguiente todo ha adquirido el color de la arena”. En Lima gobernaba una junta militar, en Bolivia también, América Latina vivía tiempos de militarismos.
A propósito de Bolivia no conozco a otro viajero contemporáneo –salvo Leguineche en El precio del paraíso- que haya lanzado tantas diatribas contra un país que recorre como Nooteboom sobre Bolivia. Del país altiplánico dice, contundente como solía ser en sus apreciaciones: “No hay lugar más mal parado. Ni más pobre. Ni más alto. Toda la historia de Bolivia es un vía crucis violento de crueldad, gestos ridículos, esperanza perdida, apatía y ansias de poder. Un malentendido”. África, en cambio, a pesar de ser el continente de la desesperanza y los atropellos más viles, lo cautivó siempre: sus referencias sobre el territorio africano que recorrió muchas veces son notables, destilan emoción, admiración y desasosiego. Los mercados lo deslumbran, la gente, por supuesto, también. En una aldea de Mali apunta: “veo a la mujer más bella que he visto en mi vida y que no podré olvidar nunca más”. El tono personal, coloquial, despercudido de formalismos del holandés es una impronta en su obra viajeril, que por cierto es de las más extraordinarias que he leído.
Nooteboom fue un borgiano a tiempo completo. La obra del argentino lo fascinó siempre y le permitió adentrarse en las profundidades de nuestro continente. A Borges le dedicó un conocido poema en «Tumbas», uno de sus últimos libros.
En fin, ha partido un grande, un hombre del Renacimiento. Solo repetir lo que anotó en su muro Susana Montesinos, una nooteboomsiana agradecida: “Vuela alto querido Cees”.
Tomado de Página/12 de Argentina
El holandés errante no creía en la vida después de la muerte. Como novelista, cronista, poeta y ensayista, intuía que la escritura puede trascender la finitud: un escritor muere, pero las palabras, las ideas, los libros que publicó, permanecen. Cees Nooteboom, uno de los autores neerlandeses más importantes de la literatura europea, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, murió a los 92 años en Menorca (España). Viajero infatigable, hizo del nomadismo una actitud filosófica, estética y espiritual que le permitió explorar el mundo y el alma humana.
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La vida no podía ser esa soporífera rutina domesticada por un “estúpido” trabajo en un banco. El joven Nooteboom, nacido en La Haya el 31 de octubre de 1933, decidió recorrer Bélgica y Luxemburgo en bicicleta. Pedalear, callejear, mirar, anotar y vuelta a empezar hasta recorrer toda Europa. El viaje y la escritura como modo de vida. En el libro Hotel nómada, cuando estaba en Gambia (África), escribió: “Sé que ninguno de mis amigos y parientes sabe que me encuentro en este curioso lugar y eso me procura una sensación de placer. Estar un poco ausente resulta agradable”. El viajero empedernido visitó Buenos Aires como “escritor invitado” en dos oportunidades: para participar del festival de literatura Filba Internacional, en 2011; y en la Feria del Libro de Buenos Aires, cuando Ámsterdam fue la ciudad invitada de honor, en 2013. Como viajero de a pie estuvo recorriendo el país en otras oportunidades.
“Yo estaba acá justo cuando empezaban a mudar la Biblioteca Nacional al nuevo edificio y decidí visitarla”, recordó Nooteboom en una entrevista con Página/12. “Me sorprendió el sombrío despacho de quien había sido su director, un hombre para quien el mundo era una infinita Biblioteca de Babel. Y también me llamó la atención los libros acomodados en los anaqueles. Anoté en mi cuaderno una larga lista de títulos, pero no lograba encontrar ningún sentido o explicación a ese orden que me resultaba extraño e incomprensible. Lamentablemente, me robaron la libreta con las anotaciones en un colectivo, y entonces sentí que yo también era ciego como Borges, porque había perdido todo lo que había visto”.
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Admirador de Kawabata, Calvino y Borges, el narrador y cronista neerlandés estaba convencido de que no es posible escribir sin otros escritores. “Antes de que empieces a escribir hay al menos cien escritores en tus manos, como en mi caso, que me han educado con griego y latín y en tres idiomas extranjeros: francés, alemán e inglés. Aun no sabiendo que un día sería escritor, ya había leído muchísimo; estas lecturas son influencias, pero no son directas, como cuando leés a Calvino o a Borges. Leyendo a estos autores, se lee también de cierta manera lo que ha leído Borges o Calvino, sin haber leído directamente esos libros. Las influencias son como un río en el que confluyen otras aguas; es como si dijéramos: ‘Río de la Plata, dime quién te ha influido’”, explicaba Nooteboom, que ha publicado en español los relatos de Los zorros vienen de noche, las novelas Rituales y El día de todas las almas, y las crónicas de Hotel nómada, El desvío a Santiago y Tumbas, entre otros títulos de una obra integrada por más de 50 libros.

La editorial española Siruela, que ha editado buena parte de la obra del escritor, tiene también Cómo ser europeos, ocho conferencias en las que propone una Europa unida, más allá de las particularidades de los países que la integran, y una moneda común, la única rigurosamente intercambiable entre todas las naciones: la cultura. Entre los libros de reciente publicación se destacan Círculos infinitos. Viajes a Japón (2023), Lluvia roja (2022), sobre sus días en la isla de Menorca; y Venecia. El león, la ciudad y el agua (2020), entre otros títulos de este escritor que se jactaba de ser dueño del título honorífico de nómada, un políglota que hablaba a la perfección inglés, holandés, francés, alemán y español. Ganó el Premio Europeo de Literatura y el Premio Formentor. “Su magistral voz literaria ha captado la corazonada de nuestro tiempo y la inmensa belleza de un mundo que no se agota”, planteó Basilio Baltasar, presidente del jurado del Formentor.
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“Yo quiero crear una atmósfera en la cual la vida es iluminada sólo por un momento. Nuestro privilegio –y hay que utilizarlo- es darle montañas a un país como Holanda, que no tiene montañas”, decía Nooteboom, un narrador que sabía hipnotizar con frases y descripciones de un intenso lirismo. “Dejemos de hablar para seguir escuchando, en el rumor de la noche, esa voz que dentro de dos o tres generaciones ya nada significará. Una voz que para entonces sí será verdaderamente antigua, un mito enlatado sobre un estante en un museo financiado por la Unesco, un recuerdo de África, de su gran época, de sus héroes sagrados, de su historia, hasta que la aldea de MacLuhan marque el tanto del empate, y aquello que alguna vez perteneció al pueblo no sea sino un juguete caro para una descendencia sorda”, se lee en uno de los textos de Hotel nómada.
Cuando realizaron una exposición sobre su vida en el Museo Literario de Holanda, fueron al catastro municipal para averiguar las casas donde había vivido. “¿Sabía usted que entre su nacimiento, en el ‘33 y hasta el ’39, sus padres se mudaron ocho veces?”, le preguntó uno de los organizadores. No, el holandés errante, no lo sabía. Entonces fue a consultar a su madre, que vivió hasta los 97 años. “Eso no es cierto”, le dijo. Después se enteró de las razones de tantas mudanzas. “Aunque mi padre era de buena familia, alquilaba casas y cuando no podía pagar se iba. Mi padre murió en un bombardeo, al final de la guerra. Pero antes ya se había divorciado y yo iba de la casa de mi madre a la de mi padre. Así se fabrica un modo de nomadismo, a través de las mudanzas. Hasta los 6 años, tenía ocho direcciones donde había vivido, pasé por seis escuelas y al final no terminé nunca la escuela ni estudié en la universidad. Solo tengo dos casas: una en Ámsterdam y otra en España, en la isla de Menorca. Yo soy de muchas casas. Me comparo con el pájaro cucú, que pone sus huevos en nidos de otros; escribo mis libros en nidos de otros porque a mí me gusta estar en otras casas”.
