La Milonga del San Tito / San Bartolo

Tito Moratinos era un pibe cuando dejó atrás Villa Gesell, al sur de la provincia de Buenos Aires, su rinconcito en el mundo para seguir a pie firme –y sobre las olas- lo que le demandaba su instinto. Entonces el planeta tenía otros límites y había que caminarlo, lo tuvo siempre claro. Y eso es lo que ha hecho en estos últimos años, con un poco de prisa, mucha fortuna y las mismas inquietudes.

El muchachito que dejó la casa familiar para ir tras sus sueños es ahora el abanderado de una propuesta gastronómica que reivindica la identidad argentina en feliz maridaje con la nuestra: La Milonga del San Tito, una zona liberada del estrés que amilana y donde comer rico es solo un pretexto para llenarse de amigos y festejar la dicha de vivir al lado del mar. Un restaurante  que es más que un restaurante en San Bartolo, el balneario donde el rioplatense acoderó sus naves después de haber surfeado en casi todas las olas del pacífico americano, desde California hasta el extremo sur del continente.

Moratinos sabe bien que lo suyo es armar la fiesta. Su historia es similar a la de muchos chicos y chicas trasandinos que recorren el globo para rendirle tributo a la genética: los argentinos que conozco, todos o casi todos, tienen un padre o un abuelo llegado a estas tierras de allende el mar y a seguir moviéndose, se ha dicho. Viajar, dejarlo todo, expatriarse pareciera ser la consigna de cada uno de ellos.

Los primeros pasos

Tito llegó a Lima por sus olas mitológicas. Aunque el imán para venir a Perú había sido Chicama, en el norte, supo desde el inicio que la ciudad del río Rímac resultaba ideal para sentar reales y salir a buscar los tubos y el swell de las playas más próximas. Y que para avecindarse en estos linderos había que laburar. Entonces el tablista de Villa Gesell se hizo modelo, dejó atrás el recato, respiró hondo y se lanzó a las pasarelas. Gisella Valcárcel lo debe recordar, Tito antes de ser San Tito, fue uno de los galanes de uno de sus programas más exitosos.

“Tenía guita, me cuenta, y un laburo que me permitía surfear a cada rato y tiempo de sobra para hacer amigos y pasarla bien con ellos”. Y fueron precisamente los amigos, la patota, la que le habló al oído después de saborear sus pizzas y sus asados, un don natural que había ido enriqueciendo de niño en el hotel de la familia y de adolescente en restaurantes y bares de su ciudad: “Tito, le dijeron, estás perdiendo plata, dedícate a cocinar”.

Y eso fue lo que hizo. Con el dinero de los comerciales en la tele y el modelaje abrió su primera Milonga en las proximidades del malecón de Chorrillos. Unas cuantas mesas, una buena barra, atención personalizada, buena música y música en vivo, pizzas y unas empanaditas de los mil dioses. Digamos que el concepto de ahora, pero en su versión primigenia…

La Milonga sambartolina –alguna vez hubo una en Barranco y desde diciembre último se ha estrenado otra en Punta Hermosa- se convirtió en poco tiempo en el point preferido de melómanos, surfers, amantes de la buena mesa, la conversa y el verano eterno. Un restaurante argento, como le gusta señalar a su propietario, cuya propuesta pizzera no tiene pierde y que se ha convertido en una marca registrada en el sur limeño: una pizza delgada, una masa fresca, una salsa dulzona, una mozzarella neutra, un buen aceite de oliva y un cuidado extremo en todo el proceso. Claro, también mucho amor y abundante saudade.

La he gozado mil veces. Como que también he disfrutado a rabiar las milanesas del San Tito, su lomo saltado, las entrañas que son gigantescas y sus pantagruélicas ensaladas.  Y el ají amarillo, esa creación made in Perú que todo buen gourmet reconoce y bendice a leguas. Lo dije: un encuentro divino entre el Río de la Plata y el Rímac. O  entre el Río de la Plata  y el río Lurín, para ser más precisos ahora que las milongas de Moratinos han sentado raíces en el sur de Lima.

La Milonga es también un estudio musical, debo decirlo, un plató presto a recibir a músicos debutantes, como Matías Maturano & Pamela Cáceres, el sábado pasado, o a consagrados como Pepe Chiriboga, Frágil, Zen, Pochi Marambio, Nina Mutal y tantos más. Una cerveza, un vino, un pisco acholado, una buena parrilla, una pasta: puedes elegir el trago que quieras y cualquiera de los platos de una carta abundantísima en detalles, maridajes y sabores.

Hacer patria en patria ajena

Tito conoció a Isaac, peruano por los cuatros costados, hace una pila de años. El muchacho ya era un bravo en el arte de la cocina nuestra de cada día y al integrarse al equipo de Moratinos la cosa explotó. Con el chef de estos pagos la propuesta  gastronómica de La Milonga –que en tiempos pandémicos supo convertirse también en una bodega repleta de delicatessens- adquirió proporciones inauditas. Lola, la perra de Moratinos,  su engreída, bien que lo sabe…

El argentino es un astro en el arte tan difícil  de formar equipos y hacer con ellos lo imposible. En San Bartolo San Tito se bate con acierto con el buen Isaac, el artífice del ajicito amarillo que provoca llevárselo a casa y con Karitza, una mujer batalla que gobierna la barra como nadie y organiza el trajín de los comensales que llegan  dispuestos a pedir lo que sea de la carta  tan  llena de mohines culinarios. Y antes pasó por su restaurante  Martina, una paisana que alzó vuelo y ahora regenta huarique propio  y en Barranco, en lo días de La Milonga de la avenida Grau, Darío, el gordo, el maestro de la parrilla que supo dejar su huella en la propuesta sambartolina, fue su mano derecha y socio de fortunas e infortunios.

“En el Perú los argentinos caemos de pie”, Moratinos lo dijo en una entrevista con la prensa gaucha que lo contactó al enterarse de sus éxitos culinarios en un país que tiene a varios de sus chefs entre los mejores del mundo. “Es el país donde mejor se trata a los argentos, agrega: nos unen lazos de amistad muy antiguos, la pasión por el fútbol, las buena música,… no lo sé, caemos parados”.

De eso se trata, caer parados, siempre. O levantarse a poco de tocar el suelo. O el mar de uno de los océanos con más olas para surfear del planeta. Lo pienso mientras voy probando la Milanesa con ensalada y abundantes papas fritas, nativas, con su cáscara más, como decimos por aquí, que acaba de salir del horno milonguero. Es gigantesca y se lleva muy bien con las Empanadas de ají de gallina y lomo saltado que Gabriela y yo pedimos para iniciar el combate.

Esta noche vamos a tener que dejar para otro momento la pizza vegetariana que nos gusta tanto, las facturas argentinas, los spaghettis y las costillitas a la BBQ. Y la sangría, qué pena, será para la próxima. Siempre hay una próxima vez en La Milonga del San Tito. Lo firmo. 

¡Qué buen trabajo el del pibe que salió de Villa Gesell para caminar el mundo por un tiempo dejando atrás  su academia de surfing y su certificado de guardavidas de la Cruz Roja! Ahora San Tito, el milonguero, exhibe otros títulos. En el país de la gastronomía imposible, su propuesta de comida argento-perucha, sumada a su capacidad innata para convocar a los amigos, se ha convertido en un clásico de la mesa bien servida y la fiesta de los sentidos, ¡qué siga la música!

La Milonga del San Tito. Música en vivo & Resto – Bar
Av. Mar Pacífico 335, San Bartolo
lamilongadelsantito@hotmail.com
Teléfonos 3677067 / 961481045

Pizzas, parrilla, empanadas, pastas… música en vivo, tragos, amigos. La Milonga del San Tito es una pizzería tradicional argentina con toques de la gloriosa gastronomía peruana. Su propuesta es simple:  compartir con sus comensales, una experiencia gastronómica diferente, rodeados de un ambiente artístico y cultural. Restaurante eco friendly, restaurante pet friendly. 


Si quieres que visite el servicio que prestas en este destino (o cerca de él)  porque es de calidad y toda confianza o tienes interés en darnos algún dato que no hayamos considerado escríbeme a conwilireano@gmail.com