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El Gabinete de la 2 de Mayo: el aula magna de Pino y Alberto Rubio

Mi opinión

El texto que les paso lo he extraído de una reseña que escribí hace mucho sobre Jiway, en Atiquipa, costa arequipeña, la playa que Pino descubrió en las cartas geográficas que solía llevar al Gabinete de iconoclastas de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, que Alberto Rubio, Tosineta, y él «construyeran» en una habitación de la zona de servicios de la casona donde vivían con toda la prole a fines de los años setenta del siglo pasado.


Guillermo Reaño, con el corazón partido…

Qué difícil hablar de la vida de alguien que acaba de iniciar, maldita sea, el camino del no retorno. Qué difícil y qué doloroso. Héctor Abad, el escritor colombiano ha comentado que todos los recuerdos de su padre muerto a tiros por un grupo paramilitar en Medellín recién los pudo ordenar en un libro mucho tiempo después de haberlo visto partir: fue la distancia lo que hizo que su pluma volviera a correr ágil para decir lo que sentía que debía decir de un hombre bueno, honrado y generoso. Me pasa lo mismo con algunas de las personas que forman parte de mi engranaje vital y he querido con intensidad.

La partida de Pino me produce idéntica afasia emocional, la misma incapacidad para ordenar ideas y convertirlas en un texto. Pero como el oficio obliga y sabe imponer sus condiciones voy a copiarme a mi mismo para empezar a contar por aquí algunos recuerdos del amigo que hace algunas horas despedí tan arropado por el cariño de sus amigos y los suyos más cercanos, esa hermosa familia que supo construir a fuerza de amar como un orate a quienes eligió para andar por este mundo extraño que ha dejado para convertirse en inmortal.

El texto que les paso lo he extraído de una reseña que escribí hace mucho sobre Jiway, en Atiquipa, costa arequipeña, la playa que Pino descubrió en las cartas geográficas que solía llevar al Gabinete de iconoclastas de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, que Alberto Rubio, Tosineta, y él «construyeran» en una habitación de la zona de servicios de la casona donde vivían con toda la prole a fines de los años setenta del siglo pasado. Debo decir que pensaba que el famoso Gabinete había sido una idea suya, completamente suya, pero el mismo Pïno, conversando de esto con Alberto hace un par de semanas, le dio la autoría de esa aula magna al mayor del clan, al buen Tosineta, otro molinero de polendas y gran amigo. En fin, aquí van esos recuerdos:

En la puerta del cuarto que habitaban los hermanos mayores de los mellizos Rubio había un cartelito que decía: el que sabe, sabe, el que no, es jefe. Terminaba la década del setenta y nosotros, mozalbetes a punto de dejar la escuela, solíamos pasar las tardes en esos pagos planeando campamentos y si es que no se podía, cualquier incursión urbana que tuviera como destino la búsqueda de sapos en los estanques del campo de golf cercano o una vulgar cacería de plantas en los jardines de la vecindad.

Me han dicho que por ese barrio, el de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, vivió Gastón Acurio. Mientras él, con la complicidad de los suyos, elaboraba recetas y alborotaba cacerolas; nosotros, imberbes y levantiscos, crecíamos arropando nuestros espíritus con la preparación de viajes a tierras inhóspitas o geografías todavía no descubiertas.

Habíamos crecido leyendo a Salgari, yendo a ver los partidos de fútbol del Federico Blume, en Barranco y escuchando las andanzas de Pino, uno de los mayores del clan Rubio que por entonces ya le había dado media vuelta a Sudamérica y estudiaba ingeniería forestal en la Universidad Agraria.

Fue el propio Pino el que debió poner sobre el escritorio del “gabinete” que habíamos levantado en los extramuros de la casa de sus padres, a un par de cuadras de la tiendecita de los Wong, el nuevo derrotero a seguir: iríamos a descubrir las lomas de Atiquipa, bien al sur de nuestras fronteras iniciales. Casi en el fin del mundo.

Debo decir que el Gabinete de los hermanos Rubio fue uno de los laboratorios de idealismo más espectaculares que parió esa Lima cercada por el gobierno militar y su ideología ramplona. En el gabinete de la Dos de Mayo, barricada de iconoclastas, dimos batallas ejemplares contra el hastío y la vida triste que otros empezaban a diseñar por nosotros. En ese pequeño vestíbulo, Bore, Chino, Laines, Juan, Monero, Avaro y muchos más, compartimos ilusiones con un grupo de ilusos cinco o seis años mayores: Tosineta, Miguel, el propio Fernando. Cada quien era el jefe de un destino singular que habíamos decidido planear sin dejar un milímetro siquiera para lo imposible. Éramos desenfadados, revoltosos, irreverentes; no sabíamos de dubitaciones ni de fracasos.

Atiquipa, amor a primera vista

En esos años iniciales de la década de los ochenta, nadie hablaba de calentamiento global ni de estudios de impacto ambiental en esta ciudad de tipas y garúas matutinas. Sí, en cambio, de revueltas en los andes y desbordes populares. Pino (o Fernando Rubio, como quieran llamarlo) fue ungido por unanimidad capitán general de la hueste y en pocas semanas tuvimos todo listo para salir en busca de esa tierra prometida.

Nunca había visto un plano del IGN, mucho menos podía definir el concepto de loma costera, un ecosistema que solo un adelantado como él podía explicarnos. En la garita de Pucusana nos aupamos a un camión cualquiera y después de infinitas horas llegamos a las proximidades del kilómetro 600 de la Panamericana Sur para sumergirnos en una geografía inusual, esplendorosa, de la cual no hemos regresado todavía y dudo que alguna vez podamos hacerlo.

En ese viaje, o de repente en el segundo, no lo puedo precisar, fuimos conociendo a Julio Sulca, Lino Segura, Bernardino Alva y oímos hablar de los Cárcamo, una estirpe de dueños de la tierra y mandones por antonomasia que imponían condiciones en un paraje perdido entre la camanchaca y los olivos más regios que se podía concebir; también de un señor Palomino que pescaba corvinas en una playa de nombre sumamente expresivo:  Jiway, Jihuay, Jagüey o algo por el estilo.

Me imagino que Laines (a) Jaime Rubio, uno de los pasajeros de esa primera incursión victoriosa, fue el más interesado en esa playita de olas milagrosas y pescas increíbles, los demás solo pensábamos en guardar recursos físicos para las largas caminatas por los vallecitos de Parcanajón y Llactapara que nos esperaban antes de coronar la cumbre del cerro Cahuamarca, morada de los gentiles que alguna vez poblaron estas quebradas sembradas por una andenería que se podía apreciar intacta en medio de un paisaje francamente lunar, definido por la presencia insólita de piedras gigantescas y terrazas, pequeñas y complejas, habitadas por desafiantes olivos, fresnos, taros y eucaliptos.

Lo menciono porque fue Laines, quien años después, en sociedad con el Indio y de regreso de su periplo europeo, de donde volvió con una tesis sobre las lomas costeras de Atiquipa bajo el brazo: “Les lomas de Atiquipa dans la cote sud du Perou. Paris, 1995”, quien clavara pica en Jiway, en nombre de todos nosotros, con la intención de desarrollar un proyecto agroforestal que acabo de visitar, pletórico de nostalgias y tantos buenos recuerdos, capaz de integrar parte de los sueños de una generación, la nuestra, bendecida por el idealismo y las ganas de tocar el cielo con las manos

(El Indio es Carlos Guillén, molinero y por entonces un miembro más de esa misma tribu de urbanitas que después de haberse formado en el Gabinete de la avenida Dos de Mayo empezaba a generar alianzas con otros soñadores).

Ese viaje iniciático, el que hicimos a comienzos de los ochenta, fue el preludio de una invasión, pequeña seguramente, pero reiterada, que fue descubriendo en pocos años el sabor de una región inesperada de la costa arequipeña; me refiero a un bolsón entre Tanaka y Chala, una “ecozona” claramente distinguible donde las lomas definieron desde tiempos remotísimos la vida de sus pobladores. Las lomas constituyen uno de los escenarios más utilizados por los hombres y mujeres del Perú ancestral; desde tiempos remotos la franja costera toda fue una inmensa estepa verde por acción de la nubosidad que los vientos del Pacífico empujan sobre las estribaciones y pendientes andinas de la región también llamada Chala. Estas tímidas nubes al chocar contra los cerros -durante los meses de mayo a octubre- humedecen la tierra generando ciclos biológicos impactantes.

En Atiquipa y alrededores, lo he comprobado en cada uno de mis retornos, la presencia de restos arqueológicos testimonian una intensa ocupación humana beneficiada, obviamente, por la inusual despensa de agua. Desde Puerto Inca, en Quebrada de la Vaca (o Huaca, al decir del investigador Hermann Trimborn, explorador en la zona desde 1967) hasta bien al sur de Silaca, la andenería es el común denominador de una región que en épocas pretéritas debió albergar a mucho más población que la que encontramos en la actualidad en los pueblos del distrito de Atiquipa. Las terrazas de cultivo que llegan hasta el mar, las chullpas, los caminos, los aposentos de gran dimensión, los corrales (que albergaron una nutrida población de llamas, a juzgar por los restos de excremento de camélidos que se ha hallado en estos sitios) se desparraman, eso anoté en uno de mis cuadernos de campo del año 1983, por todos lados. Son las evidencias de una sociedad, citando a Jared Diamond, sumamente organizada que colapsó en algún momento de su desarrollo dejándonos solo las huellas, en la aridez del desierto y las playas de arena y piedras, de su antiguo esplendor.

Trimborn comenta en su trabajo pionero sobre la zona que las condensaciones de las neblinas, la presencia de agua a poca distancia de la superficie y la abundancia de peces y mariscos en las playas y cercanías, debido principalmente al influjo de la corriente de Humboldt, hicieron posible el asentamiento de grupos humanos (y animales) que le dieron vida –orden y concierto- a este oasis en medio de la nada. ¿Cuánta gente vivió en este paraíso?, ¿Se trató de una población que utilizó el espacio durante todo el año o sus integrantes solo se instalaba estacionalmente para sacar provecho de los cultivos agrícolas y marinos, uno de ellos el magnífico cochayuyo? Incógnitas que algún día, espero, esperamos, se irán disipando.

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