Solo Para Viajeros

Huele mal, algo se pudre en el mar de todos

Mi opinión

A mitad de semana conversé con pescadores del Rancherío y el Chucho, en la Reserva Nacional de Paracas, curtidos hombres de mar que decidieron voluntariamente, voy a redundar, convertirse en guardaparques voluntarios para proteger sus áreas de trabajo de los depredadores, no los llaman pescadores, que llegan desde lejos y también desde cerquita para llevarse a la mala, a veces hasta a dinamitazos, los recursos hidrobiológicos de un mar agónico, hecho trizas, destruido.  En el Chucho, un bohío perdido entre el desierto y el océano Pacífico, el más veterano de sus pobladores, un pescador sexagenario gorrita del ministerio del Ambiente en la testa, me lo dijo clarito: “cómo va a haber pescado si ya no hay anchovetas, pejerreyes y tampoco algas, todo ha sido saqueado”.


Por Guillermo Reaño. Foto Gabriel Herrera

El olor a harina de pescado ha sido intenso toda la mañana de hoy en San Bartolo. Y mientras empiezo a trazar estas líneas, seis de la tarde del sábado, el hedor de la quema de anchoveta en las fábricas de  Pucusana, a cincuenta kilómetros de Lima, sigue prolongando mi desasosiego. También mi rabia. Para aplacarla voy a tener que conversar con ustedes. Claro, después de revisar con cuidado los apuntes que guardo en mi ordenador y la data del Ministerio de la Producción (PRODUCE) y el IMARPE a la que puedo acceder en Internet. IMARPE es el Instituto del Mar del Perú, el órgano técnico adscrito a PRODUCE que se encarga de orientar  las decisiones del Estado que  les  permitan a sus ciudadanos, a usted y a mí, aprovechar sosteniblemente los recursos vivos que nos provee el mar.

Adscrito: vinculado, dependiente, perteneciente. Y en el Perú de los recutecos y apuros por arrasar los recursos naturales a cualquier precio, a veces chí cheñó.

Debo decir para entender esta historia (y tratar de encontrar la causa de este súbito mal olor) que la biomasa de la anchoveta (Engraulis ringens), el pez más emblemático y capturado del dominio marítimo de nuestro país, se distribuye según los técnicos del IMARPE en dos stocks o sub-unidades poblacionales, el stock norte-centro (que se localiza del ~4°00’ S al 15°59’ S) y el stock sur (cuyo rango de dispersión se inicia en el 16°00’ S y se extiende hasta el norte de Chile, ~24°00’ S). Lima, debo advertirlo también, se encuentra a 18°21’34” S, lo que supone que la masa anchovetera que se desplaza frente a las costas de la capital se encuentra comprendida en el stock que compartimos con puertos de achorada tradición anchovetera como Pucusana, Pisco, Marcona, Atico, Mollendo, Ilo. Y cuyos especímenes, pequeños y grandes, son también motivo de búsqueda afanosa de la flota anchovetera chilena.

Hace unos días, para ser más precisos el 3 de marzo, PRODUCE dio el visto bueno para el inicio de la primera temporada, que son dos, para la pesca artesanal del recurso anchoveta en el stock sur de nuestro litoral este 2024. De acuerdo con sus mediciones y previsiones, el límite máximo de captura permitido para esta año, ojo, lo recomienda IMARPE, no debería superar las 251,000 toneladas.

Para nadie es un secreto, basta si no escuchar a los pescadores de la costa que baña el Mar de Grau, que la densidad poblacional de la anchoveta está siendo impactada por los cambios en el clima regional. Léase cambio climático y crisis del ambiente global con su secuela de acidificación de todos los mares, incremento del nivel de las aguas oceánicas producto la deglaciación en los polos, extinción de especies y demás armagedones. De hecho, los dos cruceros de evaluación de los recursos pelágicos realizados por IMARPE durante el 2023 estimaron la existencia de una biomasa disponible del recurso para la zona sur del Perú de 278 mil toneladas, el primero, y de 538 mil toneladas, el segundo, muy por debajo del millón de toneladas observadas entre las primaveras del 2018 y 2021.

(Habría que agregar y no son datos menores que entre 1955 y el 2010 se desembarcaron en puertos peruanos 270 millones de toneladas de anchoveta, volumen que representa casi el 10 % de los desembarques marinos globales en dicho período. Y que, para el caso de nuestro país, el 97 % de dicha pesca fue a parar a la industria de la harina de pescado que invariablemente le sirve a la humanidad para elaborar el alimento balanceado que consumimos indirectamente urbe et orbi)).

Si esto es así, cómo se explica, no lo puedo entender, la pretensión de la Sociedad Nacional de Pesquería (SNP), con Eduardo Ferreyros a la cabeza, ex promotor, como ministro de la cartera, del turismo en nuestro país, para que se autorice, ipso facto, el ingreso de la flota industrial  de sus asociados a la Reserva Nacional de Paracas, el área natural protegida establecida hace casi 50 años -que en el 2023 recibió 400 mil turistas- para conservar los ecosistemas marinos costeros y la diversidad biológica que guarda entre sus pliegues.

No quiero creer que detrás de esta búsqueda afanosa por romper el statu quo en Paracas se encuentre el deseo de las empresas del gremio de pescar a sus anchas en una zona que debido al súbito incremento de la temperatura superficial del mar peruano como consecuencia de la evolución del evento El Niño en el Pacífico central y la variabilidad de las condiciones climáticas regionales concentra desde inicios de año, lo he leído en los reportes de IMARPE, una inusitada población de la especie que fundamenta la producción de harina de pescado del Perú, primer productor de harina de anchoveta del planeta por delante de Tailandia y Chile.

De pavor. A mitad de semana conversé con pescadores de Rancherío y el Chucho, en la Reserva Nacional de Paracas, curtidos hombres de mar que decidieron voluntariamente, voy a redundar, convertirse en guardaparques voluntarios para proteger sus áreas de trabajo de los depredadores, no los llaman pescadores, que llegan desde lejos y también desde cerquita para llevarse a la mala, a veces hasta a dinamitazos, los recursos hidrobiológicos de un mar agónico, hecho trizas, destruido.  En el Chucho, un bohío perdido entre el desierto y el océano Pacífico, el más veterano de sus pobladores, un pescador sexagenario gorra del ministerio del Ambiente en la testa, me lo dijo clarito: “cómo va a haber pescado si ya no hay anchovetas, pejerreyes y tampoco algas, todo ha sido saqueado”.

Ese es el panorama en Ica y también en el norte más norte del Perú que recorrí hace un año para entrevistar a pescadores, atención ex ministro Ferreyros, convertidos en emprendedores turísticos debido a la ausencia de pan (pescado en realidad) para llevar a casa. De allí que el Servicio Nacional de Áreas Protegidas por el Estado, en cumplimiento de sus funciones, se haya negado a aceptar las exigencias de la SNP que por cierto ha decidido llevar la controversia al fuero judicial. Presumo que la actitud firme del ingeniero José Carlos Nieto, jefe del SERNANP, guardaparque de profesión, es lo que ha producido las molestias de un sector del Ejecutivo que está forzando su renuncia. O su despido. Que eso suceda sería una lástima, un retroceso: Nieto goza del aprecio y las consideraciones de los guardaparques de las 76 áreas naturales protegidas, de la comunidad ambientalista en general y ha sido sin duda el gestor de la aprobación en estos días de la Ley del Cuerpo de Guardaparques del Perú, el marco legal que por fin brinda protección y seguridad laboral a los guardianes de nuestras Áreas Naturales Protegidas, ley que acaba de promulgar por insistencia el Congreso de la República.

Vamos a seguir atentos al desenlace de esta controversia, su carácter es de clarísima seguridad nacional: el futuro del mar peruano se está decidiendo en estos días. Y que no se diga que la pesca a gran escala que se practica en estas costas cumple con las más exigentes estándares de producción que existen en el mundo, eso ya lo sabemos [ironía], no lo tiene que repetir el presidente de la SNP en las entrevistas que está dando para justificar sus pretensiones: el estado de la salud del mar de todos es grave, lo que toca ahora, aunque el PBI nacional tambalee un tanto, es asegurar su cura, su “sanación” y para ello no hay mejor receta que protegerlo primero y en el caso de Paracas, activar los correctivos que sean necesarios para que la biomasa de la anchoveta, que es la base de la cadena alimenticia marina, lo aprendimos leyendo a Brack, vuelva siquiera a los niveles precrisis para que los pescadores regresen “a la mar” a hacer bien su tarea. Y para que la anchoveta nuestra de cada día se convierta en la proteína que necesitamos para dejar atrás la anemia y generar seguridad alimentaria para todos. El país lo necesita a gritos, resulta infame que solo el 3 % de la producción anchovetera nacional se utilice directamente en el bitute de los peruanos.

Buen viaje…

Deja un comentario