Mi opinión
“A sangre fría”, la novela que Truman Capote empezó a escribir en 1959 a los pocos días del asesinato de una familia rural en Kansas y que fuera publicada en 1966, hace sesenta años, funda al decir de muchos de los entendidos la novelística de no ficción que disfrutamos tanto. Leila Guerriero en “La dificultad del fantasma” describe en tono muy personal los pasos de Capote por la Costa Brava mientras terminaba de cerrar su inmortal relato esperando la ejecución de los asesinos de los Clutter. Guerriero es una maestra del periodismo literario y una rendida admiradora del genio estadounidense.
A sangre fría fue una de las novelas que más me impactó durante mi paso por la universidad, esa época tan definitiva en la que las lecturas juveniles, caseras, casi todas extraídas de la biblioteca familiar, dejan de cumplir el cometido que tuvieron y se hace imprescindible mirar para otro lado e ir en busca de nuevos derroteros. En mi caso, además, atento estudiante de periodismo, toparse de lleno con la obra cumbre de Truman Capote, el legendario escribidor del The New Yorker y Playboy definió el rumbo de mis inquietudes lectoras de entonces para convertirme por largo tiempo en un encandilado adlátere del Nuevo Periodismo, ese género bastante mayor de la literatura cuyos primeros capitostes, dicen, debieron ser Tom Wolfe y Gay Talese, aunque para muchos, incluso para Leila Guerriero, la autora del libro que voy a comentar enseguida, el fundador de ese periodismo narrativo, contestatario y grandilocuente, haya sido su compatriota Roberto Walsh con Operación Masacre, un libro publicado en 1957 que hasta el día de hoy no logro conseguir. Ni he leído.
La dificultad del fantasma. Truman Capote en la Costa Brava el opúsculo que pueden encontrar en la colección Nuevos Cuadernos Anagrama contiene la crónica que escribiera Leila Guerriero luego de pasar un mes en la Residencia Literaria Finestres, en la Casa Sanià, una de las viviendas que alquiló Capote durante los meses que vagó por las calas de Cataluña tratando de encontrar los datos, las historias no contadas, el halo que le permitiera describir la presencia del enfant terrible estadounidense en el verano del sesenta, pocos meses después del crimen de la familia Clutter, en Holcomb, Kansas, el suceso que originó el viaje del novelista (que no había dejado de ser un periodista inquieto) al lugar de los hechos para escribir un reportaje que al final terminó siendo la novela de no ficción más brillante de todos los tiempos.
La dificultad del fantasma también puede leerse como un ejercicio brillante, periodísticamente hablando, de lo mucho que se puede decir cuando no hay mucho qué decir.
O no hay nada qué decir.
Es que el rutilante tour de Capote por la Costa Brava, el litoral al que el escritor llegó desde Francia en compañía de Jack Dunphy, su pareja, un montón de maletas, dos perros y un gato, no dejó rastros memorables ni testigos que pudieran convertir los días de la celebridad por Palamós en algo distinto a lo anodino. De allí que la estancia del autor de Otras voces, otros ámbitos (1948) y Desayuno en Tiffany’s (1958), a diferencia de la de otros visitantes en los balnearios de moda catalanes, Chagall, Dalí, Sinatra o Picasso, haya sido propia de la de un espectro, no la de una celebridad cuyas andanzas pudieran convertirlo en protagonista de un relato de no ficción.
En otras palabras, lo constata en una la Guerriero, las tribulaciones y desplazamientos de Capote durante casi tres años por la Girona, reseñadas con esmero en las guías de turismo locales, apenas fueron un invento muy bien trajeado del marketing de ocasión y las buenas intenciones.
Entonces la argentina nacida en Junín en 1967 y cuyo olfato periodístico es indudable y muy reconocido, tuvo que trocar el relato de su peregrinaje detrás del Capote de la Costa Brava en un juguete literario lleno de guiños para mostrarnos de nuevo, sesenta años después de la publicación de A sangre fría, al agudo periodista que pudo reconstruir el alevoso crimen de los Clutter -padre, madre y dos hijos: un varón y una niña- basándose en los testimonios directos obtenidos de sus asesinos, dos truhanes de mala muerte –Dick Hickock y Perry Edward Smith- que luego de perpetrar su delito huyeron del lugar de los hechos llevándose los 40 dólares que encontraron, unos binoculares y una radio.
(A los dos malhechores, a los policías que diligentemente asumen el caso y a los demás testigos del macabro homicidio, Capote, “un pájaro de ciudad vestido de manera extravagante (sombrero, bufandas y abrigos largos)”, según el retrato de Guerriero, los hará vomitar su verdad, su pequeña historia, utilizando las herramientas del sabueso que hasta entonces jamás había sido).
…
Truman Streckfus Persons, Truman Capote para la eternidad, había nacido en 1924 producto de un embarazo juvenil y no deseado. Su madre, una muchachita de dieciséis años, bella y con ganas de divertirse, no hizo otra cosa que martirizarlo desde pequeño dejándolo encerrado en ocasionales cuartos de hotel y otras barbaridades. El niño logra cierta estabilidad emocional cuando Lillie Mae Fulk, la mamá, lo deposita en casa de unas tías, en Alabama, donde el crío “violentamente rubio, afeminado” combate la soledad y el desasosiego haciéndose amigo de una vecina llamada Harper Lee, precisamente la muchacha que lo acompañó durante los dos meses que duraron sus pesquisas en Kansas, donde fueron asesinados los Clutter, que el mismo año de la llegada de Capote a la Costa Brava publicara Matar un ruiseñor, la novela con la que obtuvo el Pulitzer que la convirtió en otro ícono de la novelística americana.
Capote tomó del segundo marido de su madre, un hombre de negocios de ascendencia cubana, Joseph García Capote, el apellido que lo hizo célebre pero que no pudo librarlo del alcoholismo y un final tan fatídico como el de ella: Lillie Mae se quitó la vida hastiada de la bebida y la desolación cuando el novelista cumplió los treinta. Y con esos datos y los mil otros que la Guerriero va recogiendo de la hagiografía del estadounidense en su retiro en el mismo cuarto que ocupó por unos meses el fantasmagórico escritor y los reportajes sobre su disipada vida, construye un retrato sicológico que nos muestra a un autor consciente de la validez de su literatura y del buen ojo para elegir los temas que perpetúen la fama que obtuvo a los 23 años al publicar su primera novela.
Guerriero confiesa en una de las páginas de La dificultad… que “no siempre sucede, pero hay instantes en los que las historias empiezan a transformarse en otra cosa, en los que un periodista debe deponer las ideas que tenía acerca de aquello que iba a contar, admitir que ha perdido el control y cambiar de rumbo”. Y al deponer esos pre-juicios y buscar otro norte para lo suyo, la argentina vuelve a abrir esa misma “caja de herramientas” que ya había abierto en Zona de obras (Anagrama, 2020) para mostrarnos más claves de su método y sus afanes para escribir tan bien como Capote, Wolfe, Galese y James Breslin. O como lo hacen en esta parte del orbe Rodrigo Fresán, Caparrós o Villoro, el mexicano. Y ese es el grato favor que Leila nos hace otra vez con este libro a los que embriagados por la pluma de Capote acampamos para siempre en el territorio del Nuevo Periodismo o como quiera llamársele a este bendito y endemoniado modo de ficcionar desde la literatura y el mejor periodismo con la no ficción.

La dificultad del fantasma
Truman Capote en la Costa Brava
Nuevos Cuadernos Anagrama, 2024
132 pp.
