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Los cacataibos de la selva central

Mi opinión

Hace unas semanas fui admitido como asociado en el Instituto del Bien Común (IBC), una institución, se lo comenté a Ernesto Ráez, su actual director ejecutivo, que sigo y conozco desde su creación en 1998 y con la que solo he tenido coincidencias como ciudadano, educador y periodista especializado en el tratamiento de temas ambientales. Conocí a inicios de este milenio loco a Dick Smith, su fundador, un estudioso serio y sin desmayo de los yáneshas de la selva central de nuestro país y desde entonces suelo estar al lado de sus posiciones en defensa de los territorios y el respeto al libre albedrío de los hombres y mujeres que pueblan la floresta peruana.


Hace unas semanas fui admitido como asociado en el Instituto del Bien Común (IBC), una institución, se lo comenté a Ernesto Ráez, su actual director ejecutivo, que sigo y conozco desde su creación en 1998 y con la que solo he tenido coincidencias como ciudadano, educador y periodista especializado en el tratamiento de temas ambientales. Conocí a inicios de este milenio loco a Dick Smith, su fundador, un estudioso serio y sin desmayo de los yáneshas de la selva central de nuestro país y desde entonces suelo estar al lado de sus posiciones en defensa de los territorios y el respeto al libre albedrío de los hombres y mujeres que pueblan la floresta peruana.

A través de Richard Chase Smith, Dick para sus amigos, conocí a Margarita Benavides, otra estudiosa de la Amazonía y su destino y a algunos otros compañeros de ruta, como Renzo Piana, que se alejaron en su momento de la institución para asumir otros encargos en la misma tarea.

Tanto a Smith como a Margarita, así como a Alfredo Ferreyros, amigo de juventud del fundador del IBC y en la actualidad presidente de la institución, y a Ernesto Ráez quien propuso mi nombre y el del periodista Luis Eduardo Cisneros ante la asamblea de socios del instituto, los tengo como referentes en la lucha sin cuartel por el buen uso y gestión de los bienes comunes.

El convencimiento del papel que deben cumplir los ciudadanos para preservarlos ad infinitum es uno de los motivos que animan mi ejercicio profesional. De allí, el agradecimiento hacia los nombrados por haberme incluido en el equipo de asociados de la institución. Honor que habré de cumplir con creces.

Dicho lo anterior les dejo por aquí un texto que escribí hace algunos años sobre un libro publicado por el IBC que define una de las líneas de su trabajo institucional en una región del Perú donde los indígenas, sobre todo sus dirigentes, siguen siendo acosados hasta la muerte por una gavilla de defensores de un modelo de economía extractivista caduco,  abusivo e inmisericorde.

Hablar de los pueblos en aislamiento voluntario en nuestro país resulta peligroso. Y no porque exista una prohibición expresa para hacerlo, sino porque la presencia de estos peruanos invisibles en territorios repletos de recursos naturales por extraer molesta a algunos, subvierte intereses de los que vienen apostando por una geografía solo dispuesta a la voracidad de las industrias extractivas y los megaproyectos siglo XXI. Genera escozor y rabia. Sin embargo, su presencia es un hecho insoslayable, una contradicción más de las tantas que existen en este país inconmensurable y lleno de extravíos.

El texto de Beatriz Huertas sobre los pueblos indígenas en aislamiento del 2002 constituye una de las piezas más lúcidas que conozco sobre tamaño problema sin resolver. Allí la antropóloga comenta que son catorce los pueblos indígenas que siguen huyendo del contacto con occidente y se repliegan en lo más recóndito de las selvas de Madre de Dios, Ucayali, Cusco y Loreto. Recuerdo que hace unos años, como lo comentó con rigor la Sociedad Zoológica de Frankfurt, un grupo de ellos, mashco-piros presionados por la tala ilegal que destruye sus territorios, atacó a un joven de la localidad de Monte Salvado en el interior de la Reserva Territorial que el Estado les ha asignado. El caso, felizmente, no sirvió aquella vez para cacerías de brujas y nuevas correrías.

El libro de Huertas, editado por IWGIA; el magisterio de Alberto Chirif; la lectura de los relatos de Paul Marcoy, el francés que recorrió la Amazonía del sur en 1846; las conversaciones con Lelis Rivera, de CEDIA, durante un viaje a través del Mainique y la terca lucha de la gente del Instituto del Bien Común (IBC) -Richard Smith, Margarita Benavides, en su tiempo Renzo Piana y Valeria Biffi, Carlos Soria y María Rosa Montes- han ido alimentando mi interés y preocupación por estos hombres y mujeres que resisten, armados de lanzas y piedras, la invasión que les sigue llegando desde los Andes y amenaza con evaporarlos. ¿Por qué se afanan en vivir, desnudos y sin ninguna posibilidad de imponerse, en esos bosques que otros ambicionan?, ¿Qué es lo que los incita a diáspora tan triste y silente? Para la Dra. Huertas su aislamiento no debe entenderse como una situación de no contacto con respecto al resto de la sociedad, sino como una actitud de supervivencia. Se rehúsan al contacto porque históricamente éste ha sido desfavorable para sus congéneres. La respuesta cae por su propio peso: siguen huyendo para no morir.

No voy a explayarme en tema tan controversial y lleno de detalles antropológicos, biológicos y éticos. Valga esta introducción para presentar el maravilloso libro que el IBC acaba de poner en circulación sobre los cacataibos en aislamiento voluntario de las nacientes del río Aguaytia, al sur de la Cordillera Azul, a un paso de la congestionada Pucallpa y la tristemente célebre Marginal de la Selva. Se trata de la edición del trabajo de Abner Montalvo (Los Kakatai Etnia amazónica del Perú, 2010), un antropólogo que visitó la región a inicios de la década del cincuenta y que después de todos estos años se animó a publicar esta historia alucinante sobre los ancestros de los cacataibos del 2010, un relato vivido sobre los que se asimilaron a la nación peruana y los que aún continúan indómitos.

El libro, Los Kakatai, etnia amazónica del Perú, resulta en ese sentido una especie de piedra de la Rosetta para quienes se han dedicado por años al estudio de este pueblo indígena. Un hallazgo casual, una suerte de pergamino perdido en los confines del pasado. Abner Montalvo era un estudiante de la facultad de Etnología de la Universidad de San Marcos cuando se subió a un camión, el primero de los muchos vehículos que tuvo que tomar, para llegar al río San Alejandro, uno de los afluentes del Aguaytia. Ocho días le tomó culminar la odisea que comenzó en Lima aquel verano de 1952. Dos años vivió entre los kakatai del río Nöka-San Alejandro, sesenta años le ha tomado regresar para contar su historia.

A los profesionales del IBC, que no conocían el trabajo de Montalvo, la noticia del manuscrito del estudioso les debió haber sonado a música celestial. Me imagino los rostros de Dick Smith y de Margarita Benavides después de la primera lectura de este vademécum sobre los kakatai y los kamanös o camanos, los calatos a los que hacen referencia los pobladores de las comunidades nativas próximas a sus territorios cuando hablan de los indígenas no contactados que suelen ingresar a sus chacras o atisban en el bosque.

Montalvo permaneció con los kakatais, adultos y ancianos en su mayoría, entre los años 1952 y 1953, gracias a los buenos oficios de un curaca local que lo presentó como «representante del presidente del Perú». La información que recogió de los mayores de la comunidad hacía referencia al modo de vida kakatai durante las primeras décadas del siglo pasado, una época de guerras interétnicas y correrías alentadas por los caucheros. Con excepción del curaca, todos los kakatai que conoció se apellidaban Bonzano, en honor a un cauchero de origen italiano que los había sometido pacíficamente poco tiempo atrás. Montalvo se contactó con los kakatai cuando estos vestían como occidentales y solo se desplazaban sin ropa cuando se internaban en el bosque. Los más jóvenes ya hablaban castellano y algunos se habían licenciado en el ejército.

Recomiendo el trabajo de Montalvo, en realidad un atlas etnográfico sobre el pueblo kakatai. Diré algo más: dos son los conceptos básicos, siguiendo el relato del joven estudiante de etnología sanmarquino, para entender la cosmología kakatai: ñushí y nö. El ñushí es el espíritu de los seres animados e inanimados. Todos los elementos del bosque, los ríos, la tierra, los cielos tienen un ñushí que les da vida. La palabra nö kakatai, en cambio, designa a los enemigos y puede aplicarse a los ñushís de los seres que habitan el cosmos (animados o inanimados). También se aplica la palabra nö, usada como sufijo, a los otros, a los que no pertenecen a la comunidad kakatai. Pueden ser ajenos al mundo kakatai como los shipibos (chamas), asháninkas (campas) o mestizos (mozos) o, también puede aplicarse el término a kakatais con los que no hay cercanías o con los que simplemente existen distanciamientos.

He gozado con el libro de Abner Montalvo y estoy seguro que sus páginas serán de mucha utilidad para los estudiosos que siguen tercos en la defensa de los pueblos en aislamiento voluntario, de estos hermanos que decidieron evitar el contacto para salvarse de lo peor de nosotros. Y felicito a mis amigos del IBC, especialmente a Margarita Benavides, editora del recientemente publicado Atlas de las Comunidades Nativas y Áreas Naturales Protegidas del Nordeste de la Amazonía Peruana, otra maravillosa contribución de su institución al estudio y valoración del Perú.

Buen viaje…

 

 

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