Fuente de Soda Yumi’s / Lurín

Los que hace mucho peinamos canas crecimos en una Lima que ya no existe en la que en cada esquina de sus barrios había una bodega repleta de abarrotes y de todas las chucherías habidas y por haber regentada por un chino. El chino de la esquina de mi barrio en Magdalena se llamaba Julio, lo recuerdo laborioso y sumamente solícito; el de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, donde vivían mis mejores amigos, tenía en cambio un nombre más circunspecto: Erasmo.

Cómo imaginarse entonces que don Erasmo Wong se convertiría con el correr del tiempo en el dueño de una impresionante cadena de supermercados que, aunque en manos ajenas, ha seguido marcando tendencias por aquí.

Esta nota no pretende rememorar a las bodegas de antaño sino a las cafeterías o fuentes de soda, ese salón de estar –y comer- en manos por lo general de un ciudadano japonés que le permitía a la familia hacer un alto en la jornada para llevarse a la boca un voluminoso sánguche de limeñísima estampa o un dulce criollo.

“Vamos donde el japonés”

Fuentes de soda, cafeterías, que estoy seguro acrecentaron su audiencia y su bien ganada fama sobre la que habían obtenido a partir de los años treinta del siglo pasado los cafetines de los japoneses que  se fueron asentando en el Perú una vez iniciada la migración de los primeros contingentes de trabajadores que llegaron desde Okinawa y Kunamoto.

Amalia Morimoto, estudiosa de este flujo migratorio, observa que casi todos fueron a parar a las haciendas de la costa donde una vez libres de las cadenas del ominoso régimen laboral que tuvieron que soportar se avecindaron en Lima y el Callao para dedicarse a dos oficios que caracterizaron por años a la naciente colonia: cocineros de cafetines, fondas y restaurantes de platos criollos con indudables toques orientales y peluqueros de armas tomar.

Campeones de las chanfainitas, los tallarines rojos, los escabeches, el cau-cau, el arroz con pollo y tantas otras maravillas, entre ellas el chicharrón de chancho, un animalito muy presente en la cocina okinawense, los japoneses que se establecieron en mercados y locales con puerta a la calle de los barrios de la Lima que se fue se convirtieron con el paso de los años en una presencia cotidiana, infaltable, necesaria.

En sus fondas se hicieron fuertes el achiote, el ají molido, el culantro, la pimienta, el shoyum, el miso, el kión…

En el japonés de Lurín

El japonés de la mitad de la cuadra o el de la esquinita fue el encargado de mitigar el hambre de numerosas generaciones de limeños con la exquisitez de sus sánguches y dulces tradicionales. Sus tentempiés fueron tan importantes como las salchipapas y los burguerking de las tías veneno de nuestros días.

La cafetería que frecuenté en Magdalena quedaba en el Mercado principal. Se llamaba “Epicentro” y allí probé los mejores camotes, fritos y arrebozados, que he comido en mi vida. Alicia era el nombre de la propietaria del cafetín barranquino que me recibió tantas veces durante mi permanencia laboral en la distrito bohemio  y un renovado local de uno de los célebres hermanos Nakandakari, fundadores de la mejor tradición de chicharronerías en Lima,  es el  que me sigue deteniendo en Chorrillos. Lo máximo.

Hace unos días me tropecé con la Fuente de Soda Yumi´s de don Germán Toma Tawata  y familia del jirón o bulevar Bolognesi en Lurín, una cafetería que respira tradición por todos lados que me hizo rememorar estas cosas que les cuento.

En la bulliciosa y atosigante ciudad que habitamos sobreviven todavía rinconcitos donde es posible encontrar sabores de antaño en las leches asadas, los arroces con leche, las mazamorras moradas y el famoso combinado. En las gelatinas y también en el Champús de fruta con guanábana;  en los jugos de fruta o en el café bien cargado; en los Sánguches de chicharrón –de panceta, con su adecuada dotación de grasa-, en los panes con asado y en las más contemporáneas hamburguesas.

Y todas estas ricuras a precios alturados, como lo exige el barrio.

En el corazón de Lurín, en la peatonalizada arteria que conduce a los paseantes hacia su sesquicentenaria plaza de Armas, he probado un Sánguche de pavo con salsa criolla, delicioso, suavesísimo, cuyas lonjas de carne debieron reposar el tiempo suficiente sobre los elixires propios de lo mejor la inventiva peruano-japonesa. Lo mismo debo decir del Sánguche de asado que llevado a casa o simplemente devorado en una de las bancas de la mencionada plaza resulta imbatible.

Recomiendo este huarique limpísimo y atendido con esmero y absoluta sencillez por una familia nikkei que ha extremado, cómo debe ser, los protocolos de seguridad para continuar una añeja tradición de la comida al paso, criolla y contundente, de este Perú fusión que tanto nos gusta y estamos en la obligación de frecuentar hasta el fin de los tiempos.

PD: Su cuidadoso sistema de atención al público en estos meses pandémicos son un testimonio clarísimo de la hospitalidad, seriedad y responsabilidad de estos buenos amigos nikkei  que han sabido heredar se sus ancestros las buenas formas y el respeto por los demás…

Buena mesa…

Fuente de Soda Yum’is
Jr. Bolognesi 210 Lurín
Teléfono
970 330 655
Todo casero: hamburguesas, sánguches, postres, jugos.
Atiende todos los días  8 am a 10 pm
Delivery a partir de las 6 pm


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