Entrevista
Por Jesús Sancho, lavanguardia.es

Bernardo Gutiérrez y “Calle Amazonas”

bernardo

Con una mirada inquieta y alejada de los tópicos, el periodista Bernardo Gutiérrez (Madrid, 1975) retrata su viaje durante años por la selva amazónica brasileña en el libro “Calle Amazonas” (Ediciones Altaïr). A caballo entre la crónica y la literatura de viajes, el autor desnuda uno de los rincones más olvidados de Brasil. Bernardo, que ha colaborado con numerosos medios de comunicación, entre ellos ‘La Vanguardia’, residió en Brasil desde enero de 2004 hasta finales del año 2008, con sede en Río de Janeiro y Belém do Pará, en la Amazonia. Ahora ha regresado a tierras brasileñas en busca de nuevas historias y seguro que algunas de sus crónicas tendrá como escenario la selva amazónica. “La Amazonia es un cóctel imprevisible y probablemente sea la última frontera del mundo. Es uno de los campos de batalla de la actualidad”, afirma el autor.

¿Por qué la Amazonia brasileña?
El pasado esplendoroso de Manaos o el mundo del caucho te cautivan pero también está lleno de lagunas. Parece que desde que Francisco de Orellana la descubrió no ha pasado nada. Y eso es absolutamente mentira.

¿En qué ha cambiado?
En el libro habló de todo lo que ha pasado y de las etnias indígenas pero también reflejo la parte urbana de la selva, las multinacionales que traen la soja transgénica, los desplazados, los aviones que echan pesticidas, el acceso a internet y las redes sociales.

 ¿Está muy urbanizada la selva amazónica?
La mayoría de la población de la selva vive en ciudades, ya sean de 100.000, 300.000 o dos millones habitantes, como en Manaos. Hasta los años 70 en la selva había poca población y no fue hasta entonces, con la construcción de la autopista Transamazónica, que empezó a venir mucha gente de cualquier rincón de Brasil y del mundo a buscar oro. Se aglomeró todo el mundo en pequeñas aldeas que fueron creciendo y empezaron a deforestar la zona. Luego siguió un proceso de urbanización muy fuerte donde también se han instalado grandes fábricas.

¿Las multinacionales también han llegado hasta la Amazonia?
En Manaos está la fábrica de Honda, la más grande de la marca en América Latina. Fabrican coches, microchips, pantallas táctiles…tú llegas con esas idea del ruiseñor en la selva y de repente estás en una fábrica alucinante, curiosamente llena de indígenas desplazados. Todo es un golpe muy fuerte, un choque de mundos tremendo que acaba en cierto modo deconstruyendo todas las culturas milenarias de allí. La Amazonia es un cóctel imprevisible y probablemente sea la última frontera del mundo. Es uno de los campos de batalla de la actualidad. Se está librando una batalla de la globalización y de las culturas autóctonas.

En uno de sus capítulos habla sobre las reservas indígenas, ¿cómo están actualmente?
El Gobierno federal tiene reservas indígenas. Históricamente han estado abandonadas y mal gestionadas con líderes desde el Gobierno. Yo estuve en una reserva y te encuentras una situación precaria con camisetas y banderas de Estados Unidos, zapatillas Nike falsas, botellas vacías de Coca-Cola…

¿De veras?
Yo les pregunté por su religión y me dijeron que eran católicos o evangelistas. Nada de antes. El pueblo tiene un pasado milenario con unas creencias mitológicas fuertes que ya no existen. Ya no hay ni payés, los curanderos naturales. Es una situación delicada pero con un cierto orgullo indígena creciente.

¿Cuántos indígenas hay en Brasil?
Cada vez hay más indígenas que se autoproclaman como indígenas. En Brasil hay un censo de muchas razas mezcladas donde la persona se autodefine. Históricamente había tanto prejuicio con los indígenas que casi nadie se autodefinía como indígena. Hace 20 años había unos 200.000 indígenas y actualmente hay unos 800.000. No es que haya crecido el número de indígenas, ya que va disminuyendo y se va mezclando, pero sí que hay un poco más de orgullo y la gente ya se autodefine como indígena. También hay que desmitificar el indígena del taparrabos. Hay pueblos indígenas articulados internacionalmente a través de internet.

¿Hoy en día resulta peligroso desplazarse por la Amazonia?
Es un lugar complicado y caótico. Si vas como turista es asequible pero si eres periodista y te metes en la boca del lobo es peligroso.

Por ejemplo…
Cuando acompañé a la policía federal liberando esclavos. Hay pistoleros en cada esquina. Los fazenderos son oligarcas poderosos que tienen a paramilitares.

Sin embargo, tal como refleja el libro, se podría pensar que su viaje parece fácil y muy fluido…
Realmente soy un poco temerario y no me he recreado en el propio miedo. A mí me interesaba más escuchar a la gente y que me contase sus historias.

Vamos que una de las miradas de ‘Calle Amazonas’ es periodística…
Si tú eres periodista no puedes evitarlo. Desentrañas la realidad, cuestionas los datos oficiales y no crees lo que te cuentan los libros de textos, que casi siempre son una manipulación histórica, política y nacionalista. En Brasil hay un nacionalismo fuerte y se intenta explicar todo desde su prisma. También desde fuera hay muchos clichés. Como periodista hay una mirada periodística y mi trabajo ha ido en esta línea.

Durante su viaje por la Amazonia, ¿qué es lo que más le atrajo?
Muchas cosas. Por un lado, los pueblos de indígenas y de quilombolas, formados por descendientes de esclavos que huyeron de los portugueses. Me impactó que no existiera la propiedad privada. Toman decisiones muy asamblearias y funcionan a nivel grupal. También me llamó la atención la simbiosis que tienen con la naturaleza. Están a merced de los elementos y de un planeta que les domina. En Occidente lo domesticamos y conseguimos manejarlo. En Amazonia el ritmo es cósmico.

¿Y cómo es el río del Amazonas?
Es ingobernable. El río Amazonas es una avenida que se parte en mil brazos. Por ese río pasan todo tipo de embarcaciones, desde las más pequeñas hasta transatlánticos. También ves islas enteras que flotan en medio del río y con una vaca en medio. Ahí está la última frontera de la que hablo en ‘Calle Amazonas’.

¿El turismo de masas también ha llegado a la Amazonia?
Yo creo que sí. El turismo de masas es uno de los grandes enemigos del planeta. Hay escritores de viajes que dicen que todos somos turistas. Pero sí que hay diferencia entre el viajero y el turista. Al viajero le mueve un ansia desconocida, una curiosidad brutal. Es como un proceso de autoconocimiento. Viajar te acerca más a ti mismo y el turismo de masas te aleja de ti, de tu rutina. El turismo lo defiendo siempre que sea sostenible pero el de masas no lo comparto. El turismo de masas es un enemigo de los destinos y del ser humano.

 En lo que se refiere a las autoridades políticas, ¿bajo el mandato del ex presidente de Brasil  Lula da Silva se ha mejorado la situación en la selva amazónica brasileña?
No hay duda que el Gobierno de Lula ha tenido grandes aciertos. Ha sacado mucha gente de la pobreza, ha creado un mercado interno con ciertas ayudas y ha tenido una política internacional audaz. Pero Lula es una persona del Sertão que viene de una familia pobre, analfabeta y creció en una fábrica en el cinturón industrial de São Paolo. Para Lula el desarrollo de un país es construir carreteras, hacer presas, hidroeléctricas y esto es lo que ha ido haciendo también en la Amazonia.

¿Y cómo prevé que irán las cosas con la nueva presidenta de Brasil, Dilma Rousseff?
Es cierto que Dilma va en la línea de Lula y del desarrollismo. Pienso que la situación de la Amazonia solo va a mejorar con mucha presión internacional y de las ONGs. No estoy tan convencido de que el crecimiento tan fuerte que está teniendo Brasil vaya a ser sostenible e incluso están cometiendo los mismos errores que el primer mundo.

¿Con el paso de los años la selva amazónica cada vez estará más deforestada?
Sin duda. El ritmo de deforestación se ha reducido un poco pero sigue. Existen las condiciones para que se mantuviera y hasta se incrementara la masa forestal pero hay demasiadas presiones internacionales. Muchas multinacionales y mucho primer mundo consume soja y madera sin mucha conciencia ya que realmente también dependería mucho de nosotros con una etiqueta verde. En realidad, no solo es deforestación sino también hay sangre corriendo en la Amazonia. Hay desplazados de la soja pero también hay paramilitares que están matando gente.

No toda la culpa será del primer mundo, ¿no?
He escuchado decir a gente en Brasil que ha visto un mapa donde la Amazonia es un estado de Estados Unidos. El Gobierno cada vez echa la culpa a los extranjeros. Esto es una cortina de humo y es peligroso. Manaos era multimillonaria y había tranvías cuando no los había en Boston o tenía electricidad cuando no la tenía São Paolo pero todo se fue al traste. Las semillas del caucho se las llevaron a Londres y desde allí a Asia. Entonces empezó a producirse muy barato y los precios cayeron. Fue una debacle.

¿Y qué se cuenta en Brasil?
Existe la leyenda de que un inglés malvado, Henry Wikcham, considerado el padre de la biopiratería, les robó el caucho y lo llevó de contrabando. Entonces no había ni ley de biopiratería y Henry Wikcham era un campesino inglés que intentó vender las semillas a los brasileños. Pero nadie le hacia caso y las vendió a un botánico de Londres. Compró un billete de barco para volverse a Inglaterra y ni siquiera se hizo rico. Hay tantos mitos y se echa siempre tanto la culpa al extranjero que ven poco su propia parte de culpa. No estoy diciendo que el primer mundo y las compañías, incluso españolas como madereras, tengan su parte de culpa. Hay una responsabilidad muy grande no solo de Brasil sino de los países amazónicos en mantener la selva y su cultura.

¿En su viaje por la Amazonia llegó a encontrar su particular El Dorado?
Lo encuentras en rincones. La Amazonia puede ser un infierno en muchos momentos y en otros un paraíso. Pero está claro que El Dorado no existe. Es otro de los mitos de la selva amazónica.

¿Volverá a la Amazonia?
Sí seguro. Me instalo otra vez en São Paolo. Me interesa mucho el foco amazónico y sin duda seguiré haciendo reportajes.