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Entre Paris y Galicia en bicicleta

Mi opinión

Todo lo que se puede hacer con una bicicleta. Con una bicla y una cuota chiquita de espíritu aventurero. El argentino Alejandro Canala, 45 años, se lanzó a los caminos que unen Paris con Galicia y en veinte días hizo la ruta. Como la suya, miles de historias se multiplican por todo el planeta. Hay que dejarnos seducir por la fortaleza de ánimos del bípedo de metal que tenemos guardado en casa.


Con sol o nublado. Con temperaturas bajas o calor intenso. Miles de vecinos salen a pedalear por la costa del río. Solos o en familia. Alejandro Canala (45) es analista de sistemas y profesor de spinning en Olivos y trasladó su pasión por las bicicletas a Europa: recorrió en dos ruedas 2.000 kilómetros entre Francia y España. Tardó 20 días.

El 4 de abril de 2016 comenzó su aventura. Arrancó la travesía en la Catedral de Notre Dame, en París. Cruzó una buena parte del país galo hasta entrar a España y realizar el “camino francés” hasta Santiago de Compostela. “Pasaba la noche en albergues o refugios para peregrinos. No importaba dónde dormir sino descansar bien para seguir pedaleando”, señala.

Bicicleta.

La pasión por las bicis la heredó de su abuelo, quien le regaló su primer rodado. Luego su padre lo ayudó a armar una de carrera. La idea de recorrer grandes distancias ya tenía un precedente pero en Sudamérica: “Siempre me gustó la naturaleza gracias al grupo scout Hipólito Bouchard de Olivos. En 2013 crucé Los Andes en una bici de montaña (mountain bike), desde Catamarca hasta Copiapó, en Chile. Dos años después repetí el cruce pero en solitario”, cuenta. Y agrega: “Conociendo la tradición del camino de Santiago de Compostela –ruta que recorren los peregrinos para llegar a la ciudad–, se me ocurrió hacerlo en bici. Al estar ahí decidí incrementar la dificultad y tomar el trayecto más largo. Siempre me pongo objetivos, mientras más complicados son, mayor es la satisfacción al superarlos”.

París.

París.

Tuvo que pasar momentos difíciles, aunque tras sobreponerse a ellos asegura que la aventura se hizo aún más sorprendente. “Muchas veces tuve la impotencia de, ante vientos fríos o intensas lluvias, no poder moverme y casi ni respirar. Pero siempre, después de eso, venía la mejor bajada, el paisaje más lindo y el incomparable sentimiento de sentirme vivo”, asegura. Y recuerda: “Pedaleando bajo pleno diluvio, totalmente tapado por mi capa y abrigos impermeables en una tediosa subida por alguna parte de Galicia, miré a mi derecha y había un ciclista abajo de un techito muy relajado fumando un cigarrillo. Al pasar, me sonríe y me dice ‘oxígeno’. No sabía si reírme o llorar”.

“Argentino, argentino”, le gritaron decenas de familias que transitaban a pocos kilómetros de llegar a Santiago de Compostela, en lo que fue su última gran subida, el “Monte do Gozo”. “Jamás me voy a olvidar de ese momento, único e irrepetible. La sensación de sentir a todos esos desconocidos alentándome fue algo mágico, me dieron fuerza para seguir”, explica.

Esta aventura no sólo le dejó kilómetros a sus ruedas, sino que también valiosos aprendizajes: “Cuando emprendés un viaje de características extremas, que salís de tu casa, de tu rutina y entorno, todo se basa en la toma de decisiones, buenas o malas. Qué camino tomar, cuándo parar por una posible tormenta o cuándo seguir. Siempre pensé que la experiencia te daba eso, en cualquier aspecto de la vida, como trabajo, amor o estudio. Podría decir que aprendí que nunca es tarde para tomar una decisión realmente estúpida –entre risas–, y que sólo hay que aceptarlas”, señala.

De cara al futuro tiene en vista una par de viajes que quiere hacer: “Quiero preparar uno o dos por las provincias de Argentina y otro afuera, me tienta mucho Nepal”, avisa.

29/8/2016

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