Mi opinión
Walter Wust es un viajero tenaz y un analista muy enterado de las dinámicas ecosistémicas que se dan en el extenso territorio de un país que ha recorrido como pocos; de allí que sus comentarios sobre la mortandad aviar que se está produciendo a lo largo de nuestro litoral como consecuencia del tremendo Niño que venimos soportando, sumado a los rezagos de la crisis sanitaria que golpeó duramente a la avifauna marina en los últimos años, sean tan preocupantes. La población de aves marinas, señala el experto, disminuyó en medio millón de individuos solo entre diciembre de 2022 y junio de 2023 debido al impacto de un virus de influenza altamente patógeno que se propagó como un reguero de pólvora por toda la costa peruana afectando también a lobos de mar y otros mamíferos.
Lo lamentable de la situación actual es que el interludio entre la malhadada gripe aviar y los zarpazos del Niño actual ha sido tan corto que el proceso de regeneración natural que suele alentar la recuperación demográfica de la especies afectadas no nos garantiza que algunas aves cuyas poblaciones fueron duramente afectadas, como pingüinos de Humboldt, pelícanos, piqueros, entre otras, logren recuperar los estándares poblacionales que permitan la restauración ecosistémica necesaria para seguir soñando con un mar lleno de vida y abundante en recursos.
Tremendo, la situación es francamente dramática y la reacción de las autoridades y la comunidad científica, debo decirlo, no se deja notar. Y eso agrava las cosas, no nos queda ninguna duda, Ojalá que las llamadas de atención de profesionales serios como Walter Wust sirvan para modificar respuesta tan errática de la comunidad ambiental ante un problemón que se sabía iba a ser muy duro para las especies que viven y moran en el mar de todos.
Por Walter Wust para Actualidad Ambiental, texto y fotos.
Son las diez de la mañana en alguna playa de la costa central del Perú. El sol golpea con fuerza desde temprano, anunciando un radiante día de verano… en pleno inicio de la primavera. Los chicos juegan en la orilla y sus risas resuenan entre las olas en medio de un paisaje de postal. Muchas aves se han congregado cerca de la sección de la playa que escogimos para pasar la mañana. Hay medio centenar de ostreros, una veintena de gaviotas grises, unos treinta pelícanos peruanos y unos cuarenta cormoranes. Pequeños grupos de playeros blancos corretean la zona intermareal en busca de artrópodos. Su presencia a principios de octubre es otro recordatorio de un clima anómalo que parece ser el preludio a un evento El Niño de proporciones gigantescas.
Cualquiera que no tenga experiencia en la ecología de las aves de nuestra costa podría pensar que la imagen descrita en el párrafo anterior es el escenario perfecto del sueño de verano. Sin embargo, yo veo señales inquietantes y hasta perturbadoras en este, aparentemente, apacible escenario playero. El mar muestra un color rojizo, señal de que el incremento de temperatura ha causado mortalidad masiva en el plancton, alimento microscópico que actúa como la gran base de la pirámide alimenticia del mar peruano. Una señal de alerta que no hay que soslayar.
Con el calentamiento progresivo del mar, los enormes cardúmenes de anchoveta (Engraulis ringens) han empezado a desplazarse hacia aguas más frías al sur o a mayores profundidades, quedando fuera del alcance de las aves marinas.
Las aves que vemos no están aquí para descansar y reponer energías. En realidad, se han congregado para morir. Una mirada atenta revela una docena de aves muertas entre aquellas que languidecen o buscan frenéticamente algo que comer (y son solo las de hoy). Piqueros, gaviotas grises, zarcillos y hasta un pingüino de Humboldt yacen en la arena mientras una montaña de cangrejos carreteros de color anaranjado intenso se congrega para aprovechar el festín.
Basta observar un momento para percibir el estrés en el aire. Las aves se muestran irritables y las disputas por una minúscula presa arrancada a la arena se suceden a cada momento, arrebatándoles la valiosa energía que necesitan. Un ostrero captura una almeja palabrita y corre escapando de la aglomeración, mientras cuatro gaviotas grises vuelan raudas para intentar robárselo. Las aves, claramente, están dedicando más tiempo a perseguir y robar alimento que a intentar atraparlo, posiblemente porque saben que hay escasez. Un grupo de cormoranes, expertos buceadores que capturan peces en las aguas someras, permanece de pie en la arena como observando el mar sin peces. Irónicamente, podrían bucear y desenterrar con facilidad los muymuyes que están bajo la arena, pero es algo que no saben hacer y morirán de hambre teniendo enfrente una despensa bajo el fondo arenoso.
Pude presenciar los terribles efectos de los eventos El Niño en estas mismas playas hace más de 20 años. El espectáculo de miles y miles de aves muriendo lentamente de hambre en los cerros de arena o bandadas enteras de gaviotas que se arremolinaban por un pedazo de pan en la playa, era dantesco… pero hoy a la amenaza climática se superpone el efecto demoledor de la gripe aviar que afecta a las aves marinas peruanas.
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La pandemia de gripe aviar –un virus de influenza altamente patógena H5N1– llegó a las costas peruanas en noviembre de 2022. Aunque poco notorio para la mayoría, fue un evento extraordinario para la fauna marina peruana: entre diciembre de 2022 y junio de 2023 el virus aniquiló a más de medio millón de aves marinas de al menos 14 especies. Las más afectadas fueron guanayes, piqueros peruanos y pelícanos. La enfermedad también afectó fuertemente a las colonias de pingüinos de Humboldt y de lobos marinos, con miles de animales muertos.
Pero la historia no terminó completamente ahí. Después del enorme pico de mortalidad de 2022-2023, el virus continuó circulando y produciendo eventos más pequeños. Según la información epidemiológica de WOAH (Organización Mundial de Sanidad Animal), el Perú siguió registrando casos de mortalidad en aves silvestres hasta la fecha. El último brote, reportado al 22 de julio de 2026, afectó principalmente a pelícanos.
El Niño golpeará este año con fuerza y el escenario para las aves marinas de la costa peruana es desesperanzador. El último comunicado oficial de ENFEN, emitido el 14 de septiembre, señala que El Niño Costero tiene la mayor probabilidad de alcanzar magnitud extraordinaria entre septiembre de 2026 y enero de 2027 frente a las costas del Perú y Ecuador.
Con sus poblaciones diezmadas por la gripe aviar, especies como el pingüino de Humboldt y el pelícano peruano, casi desaperecidos de nuestras playas e islas, deberán luchar contra la extinción. Los guanayes y chuitas (estas últimas, además cazadas por su carne) atravesarán una situación muy similar. Los piqueros, zarcillos y cormoranes, han logrado pasarla algo mejor… pero un mega evento El Niño podría ser devastador.
Las grandes bandadas que pude admirar cuando niño en la costa del Perú ya no volverán. Pajaradas de diez mil piqueros y pelícanos lanzándose al agua en picada en medio de manchas de anchoveta que ennegrecían el mar, o bandadas de guanayes que cruzaban el horizonte por horas mientras volaban de sur a norte para alimentarse son cosas del pasado. Pero me cuesta imaginar nuestra costa sin el reclamo constante de las gaviotas, el vuelo acrobático de los pelícanos y la colorida presencia de los ostreros en las playas. Que la suerte –y la resiliencia–acompañe a nuestros emplumados compañeros en este duro trance que se avecina.
