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Maestro Constantino, ciudadano Carvallo / Alberto Vergara

Hoy pasé por el colegio Los Reyes Rojos de Barranco, la escuela que construyó Constantino Carvallo donde fui maestro por casi treinta años y testigo muy cercano de sus desvelos por inventar un modelo educativo que fuera capaz de fundar (o refundar) una patria verdadera para sus tantos alumnos, peruanos y algunos extranjeros viviendo en uno de los guetos de Lima. Una patria, me refiero, definida como un lugar cálido y receptivo al que se siente ligado el individuo por sólidos vínculos emocionales. De esa lucha, tenaz, por crear una escuela realmente inclusiva, útero social de una república digna, dan cuenta muchos de sus escritos, sobre todo los que pergeñó en un libro auroral y poco conocido: “Los ojos de los cuervos”.

No voy a ahondar más de la cuenta en el magisterio de Carvallo, ni voy a hacer mención del vínculo que desarrolló con los que fuimos sus compañeros de travesía, temo que me está sucediendo lo que le ocurrió a Héctor Abad, el autor de “El olvido que seremos”, con respecto a la muerte de su progenitor: las páginas en blanco, por mucho tiempo, se fueron amontonado en su gaveta cada vez que se imponía el deber de escribir algo sustancial sobre el ausente. De allí que mi cacería de esta semana allá sido de una precisión salvadora. La cita que les propongo la he extraído del libro de Alberto Vergara “Ciudadanos sin república”. Guti, que fue su alumno, dice al intentar agrupar los retazos sueltos del pensamiento del ciudadano Constantino Carvallo, lo siguiente:

“El maestro, le oí varias veces, no debe ser un “ejemplo” de vida para el alumno (en el sentido cucufato del término), sino un “ejemplo” vital. Debe mostrarse con aciertos y errores, como un ser humano imperfecto del cual los alumnos puedan aprender y formarse una imagen de la vida. No porque el maestro les entrega esa imagen ya masticada, sino porque cada día en el aula los nutre con elementos vitales que forman la autonomía y la libertad de los niños. Autonomía y libertad eran las dos virtudes principales de la docencia de Carvallo”.  Totalmente de acuerdo, esos fueron dos pilares de su eros pedagógico.

“Constantino creó un colegio para que los niños (al menos sus niños) estuvieran libres de maltratos físicos, de autoritarismo escolar y de toda coerción religiosa. Educación en libertad para la libertad. Ahora bien, creo que solo le interesaba la libertad si iba de la mano de la autonomía. La libertad en la escuela debía dar forma a seres autónomos, a individuos que no fueran manipulables, que pensaran por ellos mismos, que no pudieran ser marionetas de la demagogia ni cruzados de secta alguna” De nuevo concuerdo con Alberto, Constantino fue un decidido impugnador de las ideas simplonas, de las capillas ideológicas, de los profetas de ocasión. Lo suyo era el gusto por la autenticidad, por el ejercicio libre, valga la redundancia, del libre albedrío. “Su idea de libertad no se fundaba en hacer lo que nos da la gana. Había un interés por la libertad corporal, pero también un interés por la libertad del alma. Había en su prédica libertaria, entonces, más de autonomía kantiana que de alpinchismo individualista (si me permiten la sofisticación)”.

“Y en esa escuela de calor carvallana, el niño debía aprender el ejercicio de la voluntad. Creo que a Constantino le atribulaba que los individuos no pudieran sobreponerse a la mano invisible del infortunio, que se resignaran a ser sacudidos por el viento de la adversidad.  Carvallo se rebelaba contra esas biografías que parecen escritas de antemano. Creía en la voluntad de los individuos y en que su escuela formase en libertad esas voluntades vitales, aguerridas, guerreras que no se doblegan frente a los obstáculos”. Y en esa lucha, Constante, Constantino, batalló hasta el final de sus días sobre este plano. Así, lo recuerdo, combatiente fosco contra la tiranía de la herencia y atribulado profeta de los tiempos mejores, de una patria amorosa y buena. O como dice Alberto Vergara, uno más de sus discípulos, felizmente, de una república con ciudadanos.

Me olvidaba de mencionarlo. Hoy pasé por el colegio Los Reyes Rojos de Barranco, los chicos de sexto de primaria se enfrentaban a los de quinto de media, a los mayores, en un singular rito de iniciación que debía dejarlos prestos para ingresar a la secundaria, al espacio físico y emocional donde van a seguir forjando su autonomía y libertad. Lograron superar la dificultad.  Viéndolos a ellos y a sus maestros, fui inmensamente feliz.

PD: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”, esta cita de Albert Camus le gustaba mucho a Constantino. Y a Juan Cruz, el editor español, para quien la traducción de María Teresa Gallego era muchísimo mejor: “Aquel calor hermoso que imperó en mi infancia me vedó cualquier resentimiento”. Mutatis mutandi, la escuela que soñamos los que nos adherimos al modelo carvallano tendría que privarnos de todo resentimiento.

Alberto Vergara
Ciudadanos sin república
De la precariedad institucional al descalabro político
2022



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